CAPÍTULO VI #3
Antes siquiera de entrar, el grupo se queda fascinado al ver a los camareros cruzar el restaurante llevando varias pizzas recién hechas.
Una de ellas está cubierta de mejillones y ostras todavía en sus conchas, acompañadas de gambas enormes y anillas de calamar que le dan un aspecto de frescura bestial.
Otra lleva carne, pepperoni, pimiento y cebolla.
Incluso desde fuera, el aroma que escapa cada vez que se abre la puerta resulta tan delicioso que parece invitarlos a entrar directamente.
—Pues no se hable más. Adentro, chicos —remata Colin, frotándose la panza justo cuando empieza a llover.
Al entrar en el restaurante, un camarero atento los recibe y les indica una mesa situada junto al ventanal. El lugar resulta perfecto para comer mientras la lluvia golpea suavemente contra el cristal, creando una vista agradable y acogedora desde el interior.
Rebeca, todavía intrigada por una de las pizzas que había visto pasar, llama la atención del camarero.
—Perdona, ¿qué lleva la pizza de mariscos que vi servir antes en aquella mesa?
—Permítanme decirles, con orgullo, que es una obra maestra del chef —responde él con entusiasmo—.
Después de estirar bien la masa fina, le ponemos una reducción de nuestra salsa de tomate casera, una receta secreta de la casa.
Luego añadimos mozzarella, anillas de calamar y unas aceitunas negras antes de meterla en el horno de piedra.
Después cocemos las gambas y los mejillones al vapor, y mantenemos las ostras jugosas, ligeramente templadas, con una crema de mantequilla, perejil finísimo y ajo.
Para terminar, cuando la pizza ya está cocinada, añadimos todo el marisco y un poco de rúcula fresca.
Los cuatro miran al camarero casi perplejos. A medida que explica la preparación, ninguno parece necesitar más argumentos para decidir qué quiere pedir, pero continúan imaginando aquella pizza hasta que el propio camarero los devuelve a la realidad con una pregunta:
—Y bien, señores… ¿desean la pizza Sueños del Mar ?
Colin reacciona primero.
—Dos familiares, por favor, y unos refrescos.
Cuando las pizzas llegan a la mesa, Rebeca empieza a devorar su porción con un apetito despreocupado, sin percatarse de que sus amigos la observan con cierta extrañeza.
Por su actitud, cualquiera podría pensar que están de excursión y no viajando hacia un lugar donde quizá encuentren una de las pruebas más importantes relacionadas con la muerte de Sarah.
Con la boca todavía medio llena, Rebeca comenta con entusiasmo:
—Mmm… esta pizza está buenísima… —dice mientras mastica sin demasiado pudor—. Y la salsa casera… es deliciosa.
Los demás continúan observándola, entre extrañados y descolocados. Cuando finalmente se da cuenta, se detiene con medio trozo de pizza de camino a la boca y los mira uno por uno, incómoda ante tanta atención.
—¿Qué pasa? ¡Tengo hambre!
Edward mantiene la mirada sobre ella durante unos segundos. No sabe muy bien qué pensar. Por un lado le alegra verla más animada, pero por otro no puede evitar sentir cierta inquietud al comparar aquella Rebeca sonriente con la chica completamente hundida que ha visto durante los últimos meses.
Finalmente decide hablar.
—Es que… con todo lo del teléfono de tu hermana… no sé. Estos meses has estado completamente hundida y ahora te veo así, tan normal, tan tranquila… y no consigo entenderlo. ¿Sabes que probablemente vamos a un sitio del que quizá no salgamos vivos, verdad?
—Lo sé —responde ella en tono juguetón, sin perder el apetito.
Entonces adopta una voz exageradamente tétrica y continúa:
—A lo mejor nos descuartizan con una motosierra y morimos de la forma más horrible… ¡brrrum, brrrum!
Mientras lo dice, hace gestos exagerados como si manejara una motosierra imaginaria, acompañándolos con una risa genuina. Más de una ceja se levanta alrededor de la mesa, porque ninguno comprende del todo aquel cambio tan repentino en su estado de ánimo.
Poco a poco, la risa de Rebeca se desvanece. Deja la porción sobre el plato, se limpia la boca con una servilleta y adopta una expresión algo más seria.
—Chicos… hay algo que quiero contaros.
Los tres centran inmediatamente la atención en ella.
—Es posible que no vayamos los cuatro solos en este viaje. Y eso… en parte me anima mucho.
Colin frunce ligeramente el ceño, intrigado.
—¿A qué te refieres? ¿Quién más se nos unirá en el camino?
Rebeca respira hondo. No sabe muy bien cómo van a reaccionar, pero decide abrirse con ellos y contarles lo ocurrido, aunque incluso a ella le resulta extraño ponerlo en palabras.
—Me siento muy bien porque hoy… —se aclara la garganta con un ligero carraspeo— hoy he contactado con Sarah. Me comuniqué con ella… con su espíritu.
Lo suelta de una vez y permanece pendiente de sus reacciones.
Edward cambia la expresión al instante. Con una mirada comprensiva, teñida de empatía, estira el brazo sobre la mesa y posa una mano sobre la de ella, tratando de transmitirle apoyo antes de responder con delicadeza:
—Ey, nena… sé que la extrañas, pero, por favor, no te hagas esto. Lo que hace esa gente no es real.
Rebeca frunce el ceño, completamente confundida.
—¿De qué hablas? ¿Qué gente?
Edward se toma un instante antes de aclararlo.
—Pues ya sabes… esa gente. Los timadores, los que te cobran por hacerte creer que hablan con alguien del otro mundo.
Rebeca esboza una pequeña sonrisa al comprender por fin la confusión de su amigo y niega con suavidad.
—No ha sido nada de eso, Ed. Esta tarde, en las duchas… vi cómo Sarah escribía un mensaje en el espejo con un dedo invisible. Revisé toda la estancia y allí no había nadie.
La expresión de Edward se queda prácticamente congelada. No sabe muy bien cómo tomarse aquella confesión y, aunque intenta no juzgarla, la preocupación por su mejor amiga crece al mismo ritmo que la sensación de que todo empieza a ir demasiado lejos.
Toma una servilleta con calma y se limpia la boca mientras termina de masticar, aprovechando aquellos segundos para ordenar en su cabeza lo que acaba de escuchar.
Colin, que también percibe la incomodidad del momento, decide intervenir con mucho más tacto.
—Beca, sabemos que lo de tu hermana fue un golpe durísimo, de verdad… No dudamos de lo que sientes, pero quizá sería razonable pensar que todo esto podría estar afectándote emocionalmente de otra forma. A veces la vida nos juega esas malas pasadas…
Rebeca niega con la cabeza, convencida de lo que vio, y está a punto de responder cuando Edward parece encontrar de repente la explicación que estaba buscando.
—¡Sugestión! —exclama—. Esa es la palabra. Es cuando una idea se te mete en la cabeza y tu mente termina aceptándola como si fuera real. El cerebro puede crear una sensación de realidad aunque lo que percibes no esté ocurriendo de verdad.
—Yo sí la creo —interviene Elvis con absoluta convicción.
Los demás vuelven la mirada hacia él.
—Yo también he visto a Sarah. Ella me salvó. Yo… intentaba quitarme la vida en la bañera, con la radio enchufada, y fue ella quien la desconectó de la corriente. Además, la vi. No fueron imaginaciones mías. Su rostro y su voz estaban distorsionados, pero sé que era ella. Me dijo: «No lo hagas» .
Colin se frota la barbilla, pensativo, con el ceño ligeramente fruncido mientras comienza a encontrar una posible conexión entre las experiencias de ambos.
Siempre ha mantenido la mente abierta respecto a lo paranormal, así que no descarta por completo que lo que cuentan sus amigos pueda tener una explicación distinta a la simple sugestión.
Edward, en cambio, se queda petrificado durante un instante al escuchar la confesión de Elvis.
Entonces se levanta de golpe, empujando la silla hacia atrás.
—¡¿Que intentaste qué en tu bañera?! No, no… Se acabó. Escuchadme bien, tíos. No es buena idea seguir con esto. Os está afectando demasiado. Hacedme caso, sé lo que digo. Abortamos la operación.
—No sé, Ed… —interviene Colin con cautela—. Son nuestros amigos y cuentan con nosotros. Tal vez deberíamos escucharlos antes de tomar una decisión así.
Pero Edward niega con la cabeza, cada vez más desbordado por lo que acaba de descubrir.
—No, no, ¡y rotundamente no! Precisamente porque soy vuestro amigo me preocupo. Yo he estudiado la psicología del cerebro humano. En clase hicimos una simulación de cómo puede contagiarse una sugestión colectiva entre varias personas. Sé perfectamente de lo que hablo.
Rebeca se inclina despacio hacia él y lo agarra con suavidad por el brazo, tratando de contener su impulso de marcharse. Lo mira fijamente, combinando la firmeza con una súplica sincera.
—Ed… por favor… créeme. Sabes que jamás me inventaría algo así. Nunca te he pedido nada. Te lo ruego, no me falles en esto. ¡Te necesito, Ed…!
Edward la observa durante varios segundos.
La preocupación no desaparece de su rostro. Sigue convencido de que algo no marcha bien y de que continuar con el plan podría ser un error, pero tampoco es capaz de dejarla sola ahora que ella le está pidiendo ayuda de aquella manera.
Finalmente suspira y termina cediendo.
—Está bien, está bien… pero antes juradme que ninguno va a hacer una estupidez como esa de la bañera con la radio.
—Lo juramos —responden al unísono.
Los chicos terminan de comer y regresan al coche para continuar la ruta.
Durante el resto del trayecto se muestran algo más animados.
Ese ambiente deprimente que llevaba meses acompañándolos comienza a disiparse poco a poco mientras vuelven a estar todos juntos, compartiendo bromas y conversaciones como antes, casi como si fueran una pequeña familia que trata de recuperar algo que había perdido.
Unas horas después, ya entrada la noche, toman el desvío hacia el pueblo y comienzan a acercarse por fin a la ubicación del teléfono.
Avanzan despacio por una carretera secundaria flanqueada por árboles y casas terreras, siguiendo las indicaciones del mapa hasta alcanzar finalmente el punto exacto.