CAPÍTULO VI #2
No sabe si está perdiendo la cordura o si realmente existe algo mucho más profundo relacionado con la misión que está a punto de emprender junto a sus amigos. Pero nada de eso importa ahora. Porque, por primera vez en mucho tiempo, ha conseguido comunicarse con el alma de su hermana.
Con el corazón latiéndole a mil y una sonrisa amplia entre las lágrimas de emoción que todavía no consigue contener, Rebeca se viste a toda prisa sin perder mucho tiempo en secarse del todo.
Desde el exterior, el claxon de Colin interrumpe el momento.
El sonido corta de raíz la experiencia sobrenatural y, casi al mismo tiempo, toda la actividad del lugar desaparece. Los grifos se cierran, las luces dejan de titilar y la estancia recupera de nuevo su aparente normalidad.
Rebeca sale de la zona de duchas y corre por el pasillo hacia la salida, decidida a reunirse con los chicos cuanto antes. Presiente que están a punto de descubrir algo importante cuando encuentren el teléfono de Sarah.
Pero apenas ha avanzado unos metros tras salir del cuarto de aseo cuando varios golpes violentos retumban a su espalda haciendo que se detenga sobresaltada.
Dentro de la zona de duchas, las papeleras salen disparadas por el cuarto provocando un estruendo. Una de ellas cruza incluso la puerta y se estrella contra la pared del pasillo mientras las luces vuelven a parpadear como si Sarah tratara desesperadamente de captar su atención.
—¿Qué…? —murmura, confusa... entonces regresa a la zona de duchas, desconcertada. Las luces continúan parpadeando y pequeños chispazos eléctricos recorren algunos de los focos.
Entonces vuelve a escuchar el sonido del dedo sobre el espejo.
Y, un nuevo mensaje aparece:
«¡Que cojas el bate!»
—Cierto… casi se me pasa —exclama, reconociendo su despiste y quedándose más tranquila al comprender por fin la insistencia de Sarah.
Al salir del aseo se dirige corriendo directamente al gimnasio. Justo cuando está llegando a la entrada, el claxon vuelve a resonar desde el aparcamiento.
—Ya voy… ya voy. Solo dadme un minuto, por favor —masculla para sí misma tratando de darse prisa.
Abre las puertas del gimnasio y las cruza de golpe.
Una vez dentro, corre hacia la zona donde se almacena el material deportivo y comienza a buscar entre enormes cestas, repisas y estanterías altísimas.
Aparta equipaciones, revisa varios estantes e incluso vacía algunas cestas llenas de material suelto.
Pero no encuentra ningún bate.
El claxon vuelve a sonar.
—¡Sí, ya voy!
Las prisas empiezan a bloquearla. Mira rápidamente a su alrededor, sin saber dónde continuar buscando.
Y, de repente algo se mueve al fondo. Desde un rincón parcialmente cubierto por varias cajas, un bate sale disparado por sí solo con una fuerza invisible y cae justo detrás de ella.
El característico golpe de la madera del bate contra el suelo la hace darse la vuelta.
Rebeca se agacha, lo recoge y lo sujeta con fuerza mientras se le dibuja una sonrisa de victoria en el rostro.
No sabe por qué Sarah insiste tanto en que lo lleve, pero después de todo lo ocurrido ya no siente ninguna necesidad de cuestionárselo.
—¡Gracias, Sarah! —grita con una sonrisa mientras sale corriendo del gimnasio.
Lo dice simplemente porque le gusta mantener aquella comunicación con ella, aunque Sarah ya no pueda responderle con su propia voz.
Entonces sale de la universidad y cruza el aparcamiento hasta alcanzar el coche de Colin. Abre la puerta y sube al vehículo, reuniéndose finalmente con sus amigos.
Sus amigos la reciben con alegría y el coche arranca rumbo a aquella misteriosa ubicación, con Colin y Edward en los asientos delanteros y Elvis y Rebeca en los traseros. Les esperan aproximadamente seis horas de carretera.
Durante los primeros minutos, Elvis observa discretamente a Rebeca con cierta extrañeza, sin quitarle ojo de encima. Ella trata de disimular que no se da cuenta pero es inútil, van a conducir horas y prefiere abordar la situación.
—¿Qué ocurre, por qué me miras tan fijamente…? —pregunta con media sonrisa tratando de ser simpática con él.
Y, por primera vez desde que murió Sarah, Elvis se contagia de aquella expresión y deja escapar también una pequeña sonrisa antes de responder:
—En primer lugar, hueles al perfume que usaba Sarah… y, en segundo lugar, ¿te parecemos poco refuerzo nosotros cuatro como para llevar también un bate?
Entonces al comprender de qué se trata, Rebeca lo mira a los ojos, percibiendo la nostalgia y el cariño asomando en sus palabras y responde.
—Oh, bueno… me puse una de sus chaquetas y, por más que la lave… —se encoge ligeramente de hombros—. Sí, sigue impregnada de su perfume.
Elvis mantiene la mirada unos segundos antes de hablar de nuevo.
—Me habría gustado mucho que hubiésemos acabado siendo cuñados, ¿sabes? Nunca te lo dije, pero estoy seguro de que habrías sido como una hermana de las de verdad… me gustaba cómo os llevabais y me hubiera gustado sentirme parte de vuestra familia.
Rebeca se queda mirándolo boquiabierta sin saber qué decir. No esperaba una confesión tan bonita por su parte, y mucho menos de una forma tan repentina.
—Elvis…
—No, déjame acabar… por favor.
Edward los observa en silencio a través del retrovisor, sorprendido por la sensibilidad que percibe en la voz de su amigo y por el tono tan intenso con el que se dirige a Rebeca.
Elvis continúa:
—Sé que fui el último en entrar en el grupo.
Cuando Sarah y yo empezábamos a tontear, Edward y tú ya os conocíais desde primaria.
Luego llegó Colin, y él me presentó a Sarah cuando se lo pedí…
—hace una pequeña pausa antes de continuar—.
No quiero que salgas de mi vida, Beca. Siempre he sido hijo único y quiero que sepas que, si algún día necesitas cualquier cosa, puedes contar conmigo ...
como si fuese tu propio hermano. Todos podéis contar conmigo.
Rebeca comprende perfectamente lo que está intentando decirle y responde con la misma amabilidad:
—Vaya… Elvis. Son unas palabras muy bonitas. Descuida, tú también nos tendrás cuando necesites apoyo. Eso no va a cambiar nunca, sí... después de oírte decir todo eso, ya empiezo a sentirte como si fueses mi hermano.
Edward los sorprende sonriéndose el uno al otro a través del retrovisor y levanta las cejas, entusiasmado.
—¡Joder, la leche! ¡No me lo puedo creer! Beca, ¿te has dado cuenta de que… ¡has hecho que Elvis sonría!?
Todos reaccionan entre risas al comentario, aunque Rebeca y Elvis quedan algo cohibidos al verse convertidos de repente en el centro de atención.
Edward continúa, todavía emocionado:
—¡Tíos, esto es histórico! Hacía muchísimo tiempo que no estábamos todos así de bien.
Colin deja escapar una risa leve y se cubre los ojos con una mano, de acuerdo con él.
—Tiene razón. Es un alivio volver a estar en un ambiente más relajado entre nosotros.
Al cabo de unas horas de ruta, Colin y Edward intercambian los asientos delanteros y es Edward quien continúa conduciendo.
El atardecer encapota aún más el cielo de gris. Apenas algunos rayos azulados consiguen filtrarse desde el horizonte a través de pequeños huecos abiertos entre las nubes negras, mientras los truenos comienzan a escucharse suavemente en la distancia.
Al cabo de un rato, todos quedan en silencio, hasta que Edward decide romperlo.
—Emm… tengo hambre, chicos…
Todos lo miran sorprendidos, como si hubieran esperado cualquier frase menos esa.
—Hay una chocolatina en la guantera. No me puedo creer que no hayas almorzado antes de ir a recogerte.
—¿Y qué quieres? Cuando me pongo nervioso me da hambre.
Colin gira ligeramente la cabeza hacia él, viendo una oportunidad perfecta para fastidiarlo.
—Vaya… Bueno, a algunos les dan apretones en situaciones como esta y se rajan, y a otros les da hambre.
Los demás intentan contener la risa mientras Edward se queda con una expresión que prácticamente dice «no puedo creer que me haya dicho eso» .
—Eh, oye, ¿qué insinúas? No tengo miedo, ¿vale? —aclara, ligeramente ofendido.
—Tranqui, tío, todos lo entendemos. No pasa nada por sentir miedo. Es algo completamente normal… hasta te hace adorable y todo.
La frase de Colin termina de romper cualquier intento de contención, y todos comienzan a reír.
Edward los mira, indignado.
—¡¿Pero de qué estás hablando?! ¡Yo no tengo miedo, hombre! ¿Adónde creéis que vamos, a Disneylandia? ¡Sois unos inconscientes! Yo solo digo que estoy nervioso, como lo estamos todos, aunque finjáis que no.
—Que sí, Ed —responde Colin entre risas—. Solo estaba tocándote las narices.
—¿Ah, sí? ¡Pues a la mierda! Primero iremos a comer una pizza. Conozco un local por aquí cerca donde las hacen buenas. Sé que no es el mejor momento para pensar en comida, pero tengo hambre y frío. No he comido nada en todo el día.
Desde el asiento trasero, Elvis estira la mano hacia él y comienza a masajearle la oreja con gesto juguetón.
—Uh… ¿tienes frío, cariño? ¿Quieres que te caliente esta noche?
—¡Quita, coño! —refunfuña Edward, apartándole la mano como si estuviera espantando una mosca cojonera.
Rebeca, todavía con una sonrisa, aprovecha para intervenir:
—Yo también tengo hambre, la verdad, chicos. Y estoy bastante más animada. Además… necesito ir al lavabo.
Aparcan frente a una pizzería llamada Pizzolo’s Tomato .
Desde fuera, a través de una enorme cristalera, se distingue un interior bastante acogedor.
Hay mesas blancas con servilleteros, un menú expuesto de pie junto a la entrada y asientos de cuero rojo que conservan ese aspecto característico de los restaurantes de carretera con años de experiencia.
—¡Ya veréis cuando probéis las pizzas, os van a encantar! —comenta Edward con una expresión de felicidad y una pizca de nostalgia—. Mis padres me traían aquí de pequeño. ¡Qué recuerdos!