CAPÍTULO VI
MENSAJES
Se hacen las cuatro de la tarde. Al acabar las clases, Rebeca aprovecha para darse una ducha relajante en la universidad. No le da tiempo de regresar a casa, ya que sus amigos la recogerán en el aparcamiento para iniciar la ruta de seis horas hacia la ubicación del teléfono de su hermana.
La ducha le ofrece un pequeño momento de calma y soledad antes del viaje.
El agua caliente sale a presión, llenando el cubículo de vapor, y al golpear contra su cuerpo le proporciona una especie de masaje natural que consigue relajarla casi al instante.
Ella mantiene los ojos cerrados y la boca ligeramente entreabierta, dejándose envolver por aquella sensación cálida y protectora.
Desde ahí escucha el viento filtrarse entre las persianas de los altos ventanales, situados cerca del techo, por donde se filtra la luz grisácea de un día lluvioso.
El suave golpeteo de la llovizna contra los cristales se mezcla con el silbido del aire que se filtra entre las rendijas, creando un sonido ambiental que acaricia sus oídos y reduce poco a poco las tensiones acumuladas en su cabeza.
La tormenta se va calmando a ratos, dejando un momento de sol antes de volver a nublarse.
Al enjabonarse el pelo, siente el champú deslizarse entre sus dedos mientras estos se hunden con suavidad en el cabello mojado, pegado a su espalda.
Durante unos instantes experimenta una conexión genuina consigo misma.
El aroma afrutado del gel, la suavidad de su piel al recorrerla con las manos y aquella sensación de sentirse íntimamente suya y libre la envuelven en un bienestar que no suele permitirse demasiado a menudo.
Se siente atractiva para sí misma, sexy y cómoda en su propia intimidad.
Durante unos diez minutos consigue liberarse de buena parte de la ansiedad que acumula en su interior, regalándose ese pequeño respiro privado antes de volver a enfrentarse a todos los problemas que la esperan ahí fuera.
Quizá esa misma tarde descubran alguna pista que revele qué le ocurrió realmente a Sarah.
Sería maravilloso poder hacerle por fin justicia. Tal vez entonces todos podrían respirar un poco más en paz.
Fuera de las duchas, las luces comienzan a parpadear ligeramente.
Rebeca lo percibe al instante extrañada y se queda inmóvil durante unos segundos, mirando hacia fuera hasta que las luces recuperan la estabilidad. Lo más probable, piensa, es que el mal tiempo esté provocando algún fallo momentáneo en la red eléctrica, sin darle mayor importancia.
Con un suspiro relajado se termina de asear.
Luego descuelga una de las toallas que había dejado colgada y se envuelve el torso con ella.
Acto seguido toma una segunda toalla y comienza a secarse el pelo, frotándolo con energía.
Entre el roce de la tela contra su cabello se cuela un sonido extraño e intermitente que la hace dejar de frotarse en seco.
Contiene la respiración y permanece completamente quieta, atenta por si vuelve a percibir ese misterioso sonido para ver si logra identificarlo.
Al repetirse, parece provenir de fuera de la zona de duchas, pero prefiere esperar unos segundos por si vuelve a escucharlo y así poder asociarlo con algo.
Pero nada... el sonido no regresa, y relajando ligeramente los hombros, retoma el movimiento de la toalla y continúa secándose el pelo.
Y de pronto, lo escucha de nuevo… y esta vez consigue reconocerlo. Es un sonido muy particular.
Es el sonido de un dedo deslizándose lentamente sobre un cristal húmedo.
La incomodidad la invade de inmediato poniéndose algo tensa. A esas horas se supone que ya no queda nadie en la zona de duchas. Toda la calma que había conseguido durante la ducha desaparece de golpe y su respiración comienza a acelerarse.
—¿¡Holaa!? ¿¡Hay alguien ahí?! —pregunta con incomodidad. Pero nadie responde.
Rebeca permanece atenta unos segundos más antes de decidirse a salir del cubículo. Teme que algún pervertido esté escondido observándola o que sea una broma de mal gusto. Todavía está mojada y descalza cuando, de repente, la temperatura cae en picado de forma inexplicable.
El cambio es tan abrupto que todo su cuerpo se estremece.
El frío que la envuelve resulta tan repentino y penetrante que le recuerda al golpe gélido que escapa de un congelador al abrirlo.
Desde el cuarto de aseo, justo frente a ella, se halla un enorme espejo alargado que cubre buena parte de la pared, bajo el espejo hay ocho pilas de lavamanos alineadas y, en el reflejo, se pueden ver los cuatro cubículos de ducha separados por amplias divisiones de azulejos.
El sonido reaparece mucho más nítido. Tan claro que Rebeca consigue localizar el punto exacto del espejo del que procede.
Entonces decide avanzar lentamente, tiritando y exhalando vapor de su boca, con la toalla apretada contra el cuerpo, encogida sobre sí misma.
Y sobre el cristal empañado, como si un dedo invisible estuviera acabando el trazo final de un mensaje justo en ese instante, aparece una «e» recién dibujada, completando una palabra.
Rebeca se acerca con cautela, incapaz de apartar la mirada. Y, cuando finalmente consigue leer lo que está escrito, se queda petrificada.
«Rebe».
Durante unos segundos su cuerpo y su mente no consiguen reaccionar.
Nadie la llama así...
Ni siquiera sus padres...
Nadie excepto…
Su hermana, Sarah...
Mira rápidamente a su alrededor. Escudriña las duchas y después entra en el vestuario contiguo, comprobando las taquillas y cada rincón en el que alguien pudiera haberse escondido para gastarle alguna broma pesada mediante algún truco.
Pero no encuentra absolutamente a nadie.
Todas las zonas están vacías.
La puerta principal de acceso continúa cerrada y, además, sus viejas bisagras producen un chirrido tan característico que habría escuchado perfectamente a cualquiera que hubiese intentado entrar, incluso tratando de abrirla con todo el cuidado del mundo.
Rebeca gira sobre sí misma despacio, mirando desconfiada en los rincones, sobrecogida, con el corazón golpeándole con fuerza mientras recorre lentamente el lugar con la mirada. Detiene su vista en cada rincón, en cada sombra, procurando que no se le escape el más mínimo detalle extraño.
Su mente trabaja a toda velocidad, aferrándose a cualquier razonamiento que le permita encajar el puzle de lo que está sucediendo antes de dejarse llevar por la locura de que pueda ser su hermana.
El sonido del dedo en el espejo vuelve a escucharse sobresaltando a la joven.
Y contempla claramente cómo los trazos van apareciendo sobre el cristal. Se acerca corriendo hacia el espejo para descubrir qué ha escrito ese dedo invisible. Frente a sus propios ojos distingue un nuevo mensaje que dice:
«Rebe, coge un bate de béisbol del gimnasio».
La emoción la desborda de golpe llevandose las manos a la boca impactada.
Solo con imaginar que su hermana podría estar comunicándose con ella desde el más allá, siente que las piernas comienzan a flaquearle y apoya las manos en el lavamanos mientras rompe a llorar, incapaz de contenerse.
—Sarah… ¿eres tú? —pregunta con una sensibilidad que le hace temblar la voz. Pero no obtiene respuesta.
El silencio perturbador vuelve a apoderarse de la estancia, transformándola de repente en un espacio tétrico y opresivo.
Rebeca observa las luces del techo.
—Si eres tú… hazme una señal. No sé… Haz parpadear las luces, igual que hiciste antes.
Ella da tiempo, esperando que suceda algo.
Poco después, las luces parpadean con una descarga brutal, alcanzando una iluminación extrema, y se apagan a los pocos segundos.
Rebeca retrocede y contiene la respiración sin poder creer lo que está ocurriendo.
Finalmente se da la vuelta, dispuesta a abandonar el aseo. Pero justo cuando está a punto de cruzar el umbral… una sobrecarga eléctrica retumba de repente en toda la estancia de nuevo.
Las luces parpadean como locas con una intensidad violenta, desprendiendo algunas chispas hasta que uno de los focos revienta. Un fogonazo blanco ilumina por completo el cuarto de aseo durante un instante antes de devolverlo a aquella penumbra inquietante.
—¡Dios mío, Sarah! ¿De verdad eres tú? ¡Te echo tanto de menos! —exclama a media voz—. ¡Siento tanto haberte dejado ir con ese cerdo! ¡Fue él, ¿verdad?!
El cuarto de duchas ruge como si las tuberías crujieran bajo presión en respuesta.
Todos los grifos, tanto los de las duchas como los de los lavamanos, se abren de golpe uno detrás de otro, escupiendo agua a presión como si una fuerza invisible hubiera pasado corriendo por toda la sala.
Las luces titilan con destellos erráticos y aquel frenesí eléctrico transforma el aseo en un festival descontrolado de luces y sombras.
Y, entre todo aquel efecto de poltergeist, Rebeca vuelve a escuchar el inconfundible sonido del dedo de su hermana recorriendo el espejo.
Gira la cabeza de inmediato. Y sobre la neblina del cristal aparece otro mensaje, formándose trazo a trazo frente a sus propios ojos y escribiéndose esta vez a toda velocidad:
«¡Joder, tía, date prisa!»
Esa forma de hablar. Ese tono descarado. Esa manera tan enérgica de decir las cosas… Es tan... Sarah.
Una ráfaga de emociones la desborda sin tregua.
Se dobla ligeramente sobre sí misma, con una mano sobre el pecho y la otra cubriéndose la boca, mientras una explosión de tristeza, miedo, alegría, nostalgia y ternura estalla dentro de ella como un torbellino imposible de controlar.
Es como volver a sentir a su hermana viva.
La siente allí mismo. Junto a ella.
Como si Sarah estuviera respirando a apenas un palmo de su piel, atravesando por unos instantes la frontera entre dos mundos para conseguir alcanzarla.
Y en ese preciso momento, algo dentro de Rebeca se fortalece.
El vínculo con su hermana renace con una potencia inesperada al volver a sentirla tan cerca.