CAPÍTULO V #6
Oliver, al ver que el joven ha esquivado por completo su táctica de tutor serio, cambia de método y se dispone a hablarle en su idioma.
—¡Mira, no me marees! ¿Vale? Dame el maldito teléfono ahora o te vas a enterar —exige, esperando que el chico ceda.
—¡Cuidadito con el profesor, eh! Se nos ha vuelto un matoncillo —bromea Austin, y los tres alumnos que lo acompañan se doblan de la risa.
El profesor queda de nuevo en evidencia.
Parece que tampoco ha funcionado esa baza. Tendrá que ser más persuasivo si quiere recuperar el dispositivo.
—Oye, Austin, vamos a hablarlo…
El joven lo mira atento, esperando su propuesta con una expresión que parece decir «impresióname» , mientras contiene la risa.
—No, no te rías, Austin. Hablemos. Habrá alguna manera de resolver esto. En el fondo, tú y yo sabemos que eres un joven listo y razonable. Tú sabes que no tienes ningún problema conmigo ni ajustes pendientes, ¡lo sabes! No seas así, anda. Sé buen chico y dame el teléfono, ¿sí?
—¿Pero qué dice, profe? El otro día me expulsaste de clase por comer Cheetos.
—Sí, pero fui legal contigo… ¡Te avisé tres veces! ¡Tres oportunidades te di! No me fastidies, Austin. Sabes que no puedes comer Cheetos en clase. Son normas del centro, no mías.
—¡Que tenía hambre, hombre! —protesta, disfrazando la seriedad con una ingenuidad teatral—. Es usted una persona cruel, sin sentimientos… Pss… dejar que un alumno se maree por no permitirle comer unos Cheetos…
Remata con dramatismo y, acto seguido, estalla en risas junto a sus colegas.
El profesor queda boquiabierto e indignado.
«No puedo creer que este imbécil se esté riendo… ¡en mi cara!» , piensa.
Entonces decide jugar su última carta:
—Está bien, negociemos. Tú me entregas el móvil y yo dejaré que comas Cheetos y lo que quieras en mi clase… ¡solo por una semana!
Oliver pone cara de haber cazado al ratón y añade:
—Porque los dos sabemos que eso te molaría: poder ser rebelde delante de los demás chicos sin consecuencias, el príncipe intocable que come lo que quiere en clase de Economía, demostrando que destaca entre los otros, siendo el macho alfa delante de esa tal…
Oksana… ¡Nazglinky! ¿No es cierto? —pregunta con una sonrisa que prácticamente grita «¡te pillé! » .
—Se dice Nazaruglinsky. Oksana Nazaruglinsky, profe.
—¡Como sea, qué más da! ¡¿Hay trato o no?!
Austin hace como si se lo pensara durante unos segundos y finalmente responde:
—¡Nooo!
Los amigos empiezan a pasarse el móvil entre risas, burlándose. Oliver no sabe qué más hacer para recuperar el teléfono con discreción, pero se pone nervioso cuando los chicos empiezan a lanzarlo al aire.
—¡Cuidado! Ese teléfono es caro. ¡Vamos, chicos, ya está bien, por favor! —exclama, pidiendo un poco de compostura.
—Profe, no sabíamos que le gustaba espiar a los estudiantes… Qué acosador —bromea Austin mientras los otros ríen.
—¡Austin! Que soy tu profesor. ¡Un poco de respeto, hombre!
Finalmente, Austin termina de «darle la paliza» al profesor, deja de jugar y le entrega el teléfono.
—Tranquilo, profe, tenga el móvil… La verdad es que me da igual si espía a universitarias —dice con tono juguetón mientras se marcha.
—Gra-cias… Y no estaba espiando universitarias. Tomaba notas mientras corregía los exámenes. No propagues esos comentarios por ahí, ¿me oyes, Austin?
Oliver alza un poco más la voz antes de que se aleje demasiado:
—¡Y esto no significa que te deba ningún favor! ¡Y nada de Cheetos en clase!
—Lo que usted diga, profe —responde Austin desde la distancia mientras dobla la esquina.
—¡Eh, Austin, espera! ¡¿Estamos en paz?!
—¡Que sí, profe! —responde desde el otro pasillo, poniendo los ojos en blanco, ya sin divertirse con la situación.
Por fin Oliver siente alivio. Con el móvil de nuevo en sus manos, conecta los auriculares estilo pinganillo por Bluetooth y, cuando pasa delante del mostrador, Olivia, que más o menos lo había visto todo, levanta las cejas con una expresión resignada y comenta:
—Austin a veces puede parecer un poco difícil, ¿eh?
—Sí… bueno —responde él con la cabeza agachada, avergonzado.
—Tranquilo, le conozco. Es amigo de mi hermano.
En el fondo no es mal chico. Una vez cargó con la culpa de otro estudiante porque aquel ya tenía tres faltas y lo iban a expulsar.
Lo vi todo desde los ventanales de la biblioteca que dan al patio.
Gracias a eso, ese estudiante obtuvo otra oportunidad para terminar la universidad.
Oliver levanta la cabeza de golpe, sorprendido.
—¡¿Quéee?! ¿Austin hizo eso? Me cuesta creerlo. ¡A mí me hace las clases imposibles! —responde atónito.
—No todos son lo que parecen, profesor. Es rebelde y bastante inmaduro, pero no tiene mal corazón. Aunque tampoco deja ver demasiado ese lado suyo.
Oliver se queda pensativo durante unos instantes, procesando aquella información inesperada sobre el muchacho. Finalmente esboza una sonrisa y se dispone a marcharse.
—Bueno, me voy a clase. Hasta luego.
—Hasta luego, profesor.
Oliver abandona la biblioteca y, ya en los pasillos, se ajusta los auriculares y abre la grabación mientras piensa:
«Vamos a ver qué estabais tramando, muchachos…»