CAPÍTULO V #5
—¿Qué? ¿A qué te refieres? ¿Soy raro? —pregunta él, contagiado por la risa.
—¡No, no! —dice Olivia, levantando ambas manos en un gesto de rendición con una media sonrisa alegre mientras se explica—.
No quería sonar impertinente. Me refería a que no hay muchos profesores que se preocupen tanto por sus alumnos como lo hace usted.
Tiene esa fama en este centro, ¿sabe? Cada vez que algún alumno pasa por un mal momento, usted aparece por aquí pidiéndome un libro relacionado con sus problemas. Es admirable.
Oliver sonríe, agradecido por sus palabras.
—Gracias, Olivia. Y dime… ¿qué haces trabajando aquí? ¿No decías que estabas estudiando Medicina para abrir tu propia consulta? Hace tiempo que no te veo en mis clases de Economía… ¿Qué ocurrió?
—¿Bromea? —ríe ella, apoyándose en el mostrador con los codos—.
He encontrado mi verdadera vocación. Empecé trabajando aquí mientras estudiaba, solo para ganarme una calderilla y pagarme los estudios mientras asistía a sus clases de Economía…
sí, pero descubrí que esto me encanta. Me relaciono con la gente del centro, con profesores y alumnos que buscan respuestas para todo tipo de situaciones curiosas…
y me ofrecieron un puesto fijo porque les gusta cómo gestiono la biblioteca.
Y la universidad paga bien, para qué negarlo.
—Vaya… ¿Quién diría que encontrarías tu vocación en algo que solo pretendías utilizar como un escape temporal? Me alegro muchísimo por ti. A veces la vida da ese tipo de vueltas, es fascinante —dice con una sonrisa relajada—. Entonces nos veremos más a menudo por aquí.
—Claro que sí, profesor… —dice con picardía—. Sobre todo cada vez que venga a pedirme libros para ayudar a alguno de sus alumnos en crisis.
—Mmm… ¡listilla! —comenta él entre risas, señalándola como quien reconoce una jugada bien hecha—. Bueno, debo irme a clase. Ha sido un placer charlar contigo, Olivia. Vendré a buscar el libro al final del día.
—Lo mismo digo, profesor. ¡Y salude a Grace y a la pequeña Samira de mi parte!
—¡Lo haré! Gracias —responde él mientras se aleja levantando la carpeta, dispuesto a recuperar discretamente su móvil.
Cuando llega a la mesa donde había dejado el teléfono e introduce la mano para cogerlo, descubre que ya no está allí.
La ansiedad le sube de golpe, brutal, y siente cómo el corazón se le dispara.
Mira a su alrededor desesperado, girando rápidamente la cabeza de un lado a otro mientras busca entre las mesas.
—¡No me fastidies…! ¿Quién demonios ha cogido mi móvil de la cestilla?
Hasta que, de pronto, identifica desde la distancia al que lo encontró.
Se encuentra al fondo, sentado en la última mesa, con un grupo de jóvenes reunidos a su alrededor que parecen estar curioseando el móvil.
Es uno de los chicos más rebeldes de la universidad…
se trata de Austin, que, para colmo, es muy popular por ser el centro de atención de muchos alumnos que le ríen las gracias.
Está rodeado de espectadores mientras cotillea el teléfono que, evidentemente, Oliver sabe que no es suyo.
Oliver, con gesto desesperado, se lleva una mano a la frente y la otra a la cintura.
«No… no puede ser… ¡Tenía que encontrarlo este idiota! Esto me va a causar problemas, fijo. Como hayan escuchado lo que traman los chicos y me denuncien a la directora, me van a crucificar por esto. Vale, Oliver… no te queda otra. Solo serán unos minutos. Respira… Saca pecho… ¡Tú puedes!»
Cierra los ojos, inspira hondo y exhala despacio, como un actor que se prepara para interpretar un papel.
Cuando los abre, su expresión cambia radicalmente; ahora su mirada es más intensa, casi depredadora, al fijarla en su presa.
Se ajusta las gafas con ambas manos, endereza la espalda y da sus primeros pasos hacia el grupo.
Su entrada en escena es tan poderosa que parece grabada a cámara lenta, transformándose en el Oliver que acaba de invocar desde sus pensamientos.
Con el grado justo de seguridad para imponer respeto a los estudiantes, se acerca con un andar elegante y los hombros relajados. Levanta la muñeca y se ajusta el reloj con una sacudida suave, cuyo tintineo metálico anuncia su acercamiento con cierto aire de advertencia.
Varios alumnos levantan la cabeza y, al ver esa figura acercándose con semblante frío e ímpetu, algunos se apartan de Austin como si se estuviese acercando el director de un instituto militar, abriéndole paso.
Solo tres permanecen a su lado, sacando suficiente valentía como para jugarse una incidencia.
Ya cerca de ellos, Oliver reduce aún más la velocidad, dando pasos más pausados y tomándose su tiempo para tensar el ambiente entre los chicos. Está listo para recuperar lo que es suyo y preparado… o eso intenta aparentar, para manejar la situación con la autoridad que el momento requiere.
—Buenos días, chicos. Me acaban de informar en los pasillos de que un alumno perdió su teléfono aquí, en esta sala. ¿No habréis encontrado uno por los alrededores, verdad?
Mientras describe el modelo del móvil y el color exacto, finge sorprenderse al ver el mismo dispositivo en las manos de Austin.
—¡Vaya! La descripción coincide con el que tienes en la mano, Austin. ¿Lo encontraste aquí? Déjamelo ver.
Austin levanta la cabeza y lo mira con una sonrisa burlona que deja claro que la historia no ha colado, acompañada de una expresión arrogante y desafiante. Luego alza el móvil y pregunta con retintín, como si hubiera descubierto algo que compromete al profesor, lo cual lo tensa al instante.
—¿Se refiere a este? Profe, cuando lo encontré estaba grabando… Se me hace que alguien estaba espiando por aquí…
Ambos se miran con los ojos entrecerrados, pareciendo dos duelistas en un western.
—Entrégame el móvil, Austin —exige el profesor.
—Mmm… creo que no es de ningún alumno. Contésteme a una pregunta: ¿es suyo? —pregunta con una sonrisa ladina.
—¡Ya te he dicho que un alumno denunció la pérdida en los pasillos!
—No sé yo, profe… —responde Austin, recreándose en el juego—. Digo yo que aquí hay un fondo de pantalla con la imagen de una pareja que se parece bastante a usted y a su mujer… —añade con un deje burlón.