CAPÍTULO V #4
Después de cerrar la conversación con aquella pequeña lección empresarial, reanuda el paso.
Pero antes de cruzar la puerta les dedica una última mirada por encima del hombro para asegurarse de que se sienten en la misma mesa donde ha dejado la grabadora.
Y, efectivamente, así es, el plan le está saliendo redondo.
Cuando el profesor se marcha, los cuatro se sientan en la misma mesa que ocupaba él.
Oliver ha cruzado una línea que nunca habría imaginado traspasar… pero se justifica a sí mismo con un pensamiento contundente:
«Si con esto averiguo si están en peligro, valdrá la pena».
Rebeca deja la mochila en el suelo y se cruza de brazos mientras los demás se acomodan alrededor de la mesa.
—Entonces, ¿vamos esta noche? —pregunta ella.
Edward asiente mientras despliega el mapa sobre la mesa y empieza a alisarlo dando unos golpecitos con los puños.
—Shhh…
—Shhh…
Varios alumnos que intentan estudiar los hacen callar, y Edward se gira y rechista en voz baja:
—Está bien, perdón, perdón… Desde luego, qué sensibles estamos hoy.
Otro siseo le cae encima desde el fondo:
—¡Shhh! ¡Intentamos prepararnos para el examen, tío!
Edward pone los ojos en blanco, sin paciencia, y espeta:
—¡Eh! ¡Que os zurzan!
Todos se inclinan sobre el mapa, centrando la atención en los trazos del rastreo del móvil de Sarah.
La señal no se ha movido ni un milímetro desde hace días, a pesar de que el teléfono ya no está operativo.
Permanece fija en el mismo punto: un lugar perdido a seis horas en coche, en un pueblito remoto…
y, lo más inquietante, a pocos kilómetros del pueblo donde vive el padre de Rebeca.
De pronto, todos se dan cuenta de que ella comienza a respirar con fuerza, con una expresión de pura rabia.
—¿Qué te ocurre, Beca? —pregunta Colin.
—David… el tipo del juicio. Dijo que vivía cerca del pueblo de mi padre, que le quedaba de camino llevar a Sarah hasta allí. Siempre he estado segura de que él fue quien la mató.
—Tranquila, Beca —dice Edward—. No sabemos qué hay allí ni quién puede estar en concreto. Pero, si vamos… hay que ir preparados, con la cabeza bien fría y completamente organizados.
—¿Vamos todos? —pregunta Colin, excitado, con muy poca prudencia.
—No, relájate, musculitos —responde Edward, tajante pero sin malicia—. No podemos ir todos. Si es una casa o una propiedad privada, un grupo grande llamaría demasiado la atención. Podrían arrestarnos… o, peor aún, sería peligroso enfrentarnos a un psicópata.
—¡¿Peligroso?! ¡Somos cuatro contra uno! —rechista Elvis, convencido de que aquello tiene toda la lógica del mundo.
Edward le lanza una mirada como si acabara de escuchar la mayor estupidez de la mañana, pero mantiene el control y trata de hacerle reflexionar.
—¿Tú has matado alguna vez a alguien? Espera… ya lo respondo yo por ti: ¡nooo! En un encontronazo así, una pelea por supervivencia podría acabar en una desgracia. ¡No es tan sencillo cargar con una muerte en la conciencia!
—Pero él es… —trata de responder Elvis.
Edward lo corta antes de que pueda terminar la frase, manteniéndose firme en su postura.
—¡Da igual que sea un asesino! La carga de esas cosas no funciona así de simple. Te la llevas de por vida como un lunar en el culo.
Rebeca afirma con total decisión:
—Quiero ir yo.
—No, Rebeca. Tú menos que nadie —responde Edward, tratando de mantener toda la sensatez posible mientras se dirige a ella—. Si allí hay alguien peligroso… en fin, no quiero que te hagan daño. Hazme caso, por favor.
—¡Pero es mi hermana! ¡No, Ed! ¡Tengo derecho a estar allí!
—Y yo tengo sentido común —responde él con un ligero tartamudeo—. Además, necesitaré a alguien fuerte y en forma por si toca un enfrentamiento. Si esto se descontrola, lo último que quiero es veros a todos metidos en un marrón.
Colin levanta las manos para hacer un inciso en mitad de la discusión. Ed lo señala con la mano abierta, cediéndole la palabra.
—Ed… ¿se supone que, porque hablas así, con esa confianza y autoridad, tenemos que asumir que tú vas a ir y que estás al mando de la operación?
Edward lo mira perplejo durante unos segundos y responde:
—Ehm… ¡síii! —como quien aclarara una obviedad.
—Ah, perfecto. Entonces… ¿quién va contigo?
—Podríamos ir Elvis y yo —dice Edward—. Él tiene rastreado su móvil en la aplicación.
Y yo puedo manejarme si la cosa se pone fea.
Vosotros dos os quedáis en el coche. Si todo sale bien, recuperamos el móvil y fin del asunto.
Pero, si no… necesito que llaméis a la policía. Ese sería un buen protocolo.
—Vale… —dice Colin, asintiendo despacio—. Pero si vemos que estáis en peligro, entramos.
—No. Actuamos como un equipo. Nada de locuras. Vosotros llamaréis a la policía —insiste Edward, mirando especialmente a Rebeca.
Ella asiente… pero a regañadientes. Aunque, en el fondo, no piensa quedarse atrás mientras sus amigos ponen sus vidas en juego.
Pasados veinte minutos, Oliver termina de desayunar y se limpia con la servilleta, listo para regresar a la biblioteca, ansioso por recuperar su teléfono y averiguar qué traman los chicos.
«Por fin… Espero que hayan hablado de algo importante. Si todo sale bien, descubriré qué ocurre y si puedo ayudarlos» , piensa mientras se incorpora.
Está a apenas un cuarto de hora de que comience la primera clase y, en los últimos minutos, el edificio se ha llenado de estudiantes que atraviesan los pasillos como una corriente viva.
Cuando llega a la biblioteca, le sorprende ver a tantos alumnos todavía allí, demasiados como para estar tan cerca del inicio de las clases.
Con esa duda rondándole, aligera el paso hacia la bibliotecaria, que permanece de espaldas tras el mostrador, estampando el sello del centro sobre una tanda de libros recién llegados esa misma mañana.
—Buenos días, Olivia —saluda Oliver con cortesía mientras se acerca al mostrador, acomodándose la carpeta bajo el brazo.
La bibliotecaria se vuelve hacia él con una amplia sonrisa amable, sujetando aún el sello entre los dedos.
—¡Buenos días, profesor Gray! No me había dado cuenta de que estaba usted en la sala —dice mientras pasa rápidamente un paño por uno de los libros—. No es muy habitual verlo por aquí tan temprano. ¿En qué puedo ayudarle?
Oliver echa un vistazo a la gran cantidad de alumnos repartidos por la biblioteca y arquea ligeramente una ceja, sorprendido. Hay estudiantes ocupando las mesas, los ordenadores y hasta los sofás laterales. Frunce el ceño y se inclina un poco hacia el mostrador, adoptando un tono confidencial.
—¿No te parece extraño? Muchos de estos chicos deberían estar de camino a las aulas de las plantas superiores. ¿Qué hacen aquí? Hay, por lo menos, una clase entera.
Olivia ladea la cabeza, con los ojos entrecerrados, como si recordara algo importante.
—Vaya… ¿no le dijeron nada en la sala de profesores hace una hora?
—No —responde Oliver, apoyando ambas manos en el mostrador—. Hoy no pasé por allí. Me quedé corrigiendo exámenes y ahora vengo de desayunar… ¿Por qué lo preguntas? ¿Me he perdido algo?
La bibliotecaria deja el sello en la mesa, cruza los brazos y suspira con expresión de preocupación.
—Pues… sí. Me encontré con la profesora Margó cuando salía de la sala de profesores y me comentó, entre cotilleos, que la profesora Kripke ha faltado hoy al centro.
Al parecer, a su hija, Janice, le ha dado otro episodio…
Así que estos chicos estarán aquí toda la primera hora viendo memes en los ordenadores y contándose sus historias.
—Señala hacia la ventana, donde el agua resbala sin pausa por los cristales empañados por la tormenta—.
A no ser que quieran ir al patio, pero con esta tormenta dudo mucho que alguien tenga ganas de empaparse.
—¿Otro episodio…? —murmura Oliver, llevándose una mano al mentón—. Ya van cuatro veces este mes… Pobre niña. Solo tiene ocho años. Ojalá algún día pueda curarse definitivamente… Debería estar viviendo su infancia de forma plena y feliz.
—Ojalá, profesor… —dice Olivia con un suspiro—.
Los médicos dicen que aún no hay un tratamiento definitivo y que, mientras tanto, tendrá que ir al hospital cada vez que le dé un episodio.
Lo que ocurra con su salud dependerá de que los laboratorios logren crear alguna solución que mantenga a raya la enfermedad.
Oliver asiente despacio.
—Ojalá lo consigan.
Acto seguido, saca un libro de su carpeta.
—Por cierto, te devuelvo este libro. Y, si tienes tiempo… ¿podrías buscarme algún ejemplar que hable sobre cómo manejar a adolescentes deprimidos? Me sería de gran ayuda y te lo agradecería muchísimo.
La mirada de Olivia se suaviza al instante, comprendiendo por qué el profesor suele llevarse libros de ese tipo tan a menudo, y responde:
—¡Claro que sí! —dice, apoyando ambas manos en la mesa—. Es por Rebeca Johnson, la hermana de la fallecida Sarah Johnson, ¿verdad? Tengo entendido que usted le da clases… ¿no es así?
—Sí. Entre otros… —responde él—. ¿Suele venir por la biblioteca con frecuencia?
—No, no demasiado… aunque a ella y a Sarah les encantaban los libros de animales cuando eran pequeñas.
Rebeca tiene un blog, ¿lo sabía? Sube fotografías de animales que toma ella misma.
Son preciosas y trata de sacarlas desde posiciones difíciles y arriesgadas.
Aunque, después de lo que ocurrió con su hermana…
lo ha tenido bastante abandonado, la verdad.
—¿Conoces bien a Rebeca? Quizá podrías ayudarme…
—Bueno… —Olivia se aparta de la frente un mechón rebelde que insiste en colarse en medio—.
Estudiamos juntas en primaria, pero no creo que pueda ayudarle demasiado.
Hablábamos mucho de niñas, pero al crecer nos distanciamos.
Ella se mudó y… ahora solo nos cruzamos por los pasillos y nos saludamos.
A veces intercambiamos alguna frase, pero ya no es como antes.
Con el tiempo, la confianza se ha ido enfriando de forma natural.
Esboza una risa tierna y añade:
—Es usted un profesor muy peculiar, señor Gray.