CAPÍTULO V #3
—¡Cabrones de mierda! ¡Conmigo no se juega! ¡Como pille a uno solo de vosotros en mi casa, juro por Dios que no me temblará el pulso para volarle la tapa de los putos sesos con mi escopeta! ¡¿Me habéis oído bien?!
El local vuelve a quedar en silencio absoluto.
Estrella se queda paralizada con la cafetera en las manos, estremecida. Lo mira sin hallar una reacción posible, con el miedo y la compasión disputándose en su rostro.
—David… —dice Bobby con la voz entrecortada, intentando mantener la situación bajo control—. Nosotros nunca te haríamos eso, hombre… Nos conoces.
—Sí, David —añade Larry, incorporándose y apoyándose en la barra—. Te apreciamos. De verdad que no sabíamos que estabas pasándolo tan mal. Lo que necesites… cuenta con nosotros.
Él respira hondo, se obliga a calmarse y luego recorre el local con la mirada.
Todos los comensales permanecen inmóviles y atónitos, con las miradas dirigidas hacia él, haciéndole sentir que acaba de destrozar su imagen delante de todos.
Ni siquiera el cocinero se ha atrevido a plantarle cara al verlo estallar de aquella manera.
—Yo… —balbucea—. No sé qué me ha pasado.
Agarra la tacita de café y se la bebe de un trago. Luego mete la mano en el bolsillo, saca la cartera y deja varios billetes arrugados sobre la barra. Se coloca el abrigo, evitando buscar la mirada de nadie. Se gira hacia Estrella y se disculpa:
—Lo siento mucho… De verdad. Yo no soy así. No estoy pasando por un buen momento. Alguien me está jodiendo… y no sé quién.
Estrella asiente con suavidad, sin reproches.
—No te preocupes, David —dice a media voz.
Lance intenta romper la tensión con un gesto conciliador:
—Claro, David. Lo entendemos. No pasa nada, ¿verdad, chicos?
Varias voces del local, gente que lo conoce bien, comienzan a mostrarle comprensión y apoyo sincero. Segundos después, más personas se suman desde distintos puntos del local, también con gestos de ánimo.
—No te preocupes, tío.
—Cuenta con nosotros para lo que necesites.
—Sabemos que eres buen tipo.
—Ánimo, David.
Entonces baja la cabeza, avergonzado por el espectáculo que ha causado.
—Gracias… en serio… Yo… siento mucho el percance, muchachos. ¿Estáis bien? —murmura mientras saca del bolsillo las llaves del vehículo.
Uno de ellos responde:
—Estamos bien, amigo. Solo ha sido un malentendido.
David se da la vuelta, devastado, y se marcha, dejando tras de sí alivio para algunos… y no tanto para otros. La puerta se cierra con un chirrido áspero y, en cuanto David desaparece, algunos comensales empiezan a opinar entre ellos sobre lo que no se atrevieron a decir en su presencia.
—¿Pero qué bicho le ha picado?
—¡Se ha vuelto loco!
—¡Tiene suerte de que no me levanté de la silla! ¡Lo hubiese puesto en su sitio! —dice un comensal, jactándose de su hombría, mientras su mujer le riñe.
—¡Calla, George, no seas fantasma! ¿Quieres?
—¡¿Pero qué dices, mujer?! Estaba a punto de levantarme antes de que se calmara.
—¡Calla y come, George! Podría entrar y escucharnos.
—Debe de estar pasando un momento realmente difícil… ¿no creéis, muchachos? —termina diciendo un anciano con la hamburguesa a medio morder.
La tormenta avanza esa noche y el cielo comienza a tronar con más fuerza. Los rayos hacen sus primeras apariciones, alterando por completo la tranquilidad de la estación.
A la mañana siguiente, Oliver Gray agradece el silencio que lo separa del bullicio de la ciudad desde una de las mesas de la biblioteca de la universidad.
Esa tranquilidad antes de la primera hora de clase resulta muy reconfortante.
Solo hay unos pocos estudiantes repartidos entre las mesas, empollando a última hora con la esperanza de sacar en el examen del día un aprobado raspado.
En el fondo de la sala se escucha el zumbido intermitente del mecanismo de una impresora y el golpeteo constante de las teclas en la zona de ordenadores, que crean un ambiente curiosamente terapéutico.
Después de pasar unos momentos con los ojos cerrados, tratando de ordenar su mente, comienza a corregir exámenes con un inseparable bolígrafo en la mano que le regaló su mujer.
Mantiene una expresión de concentración, aunque en realidad trabaja en piloto automático.
Su mente vaga muy lejos del aula, alejada de los números, las fechas y las respuestas de los exámenes escritas a medias.
Está pensando en los chicos, en Elvis, en Rebeca…
y va juntando las piezas: si Rebeca tiene un problema, Edward también estará metido casi con total seguridad.
Tiene la sensación abstracta de que puede ayudarlos de alguna manera y de que debe confiar en esa intuición que le dice que los chicos están en peligro.
Es una inquietud de la que no logra desprenderse por más que intente sacudírsela de la cabeza, porque siempre regresa.
Lleva un buen rato enredado en las mismas preguntas:
«¿Qué traman estos chicos? ¿Qué puedo hacer si no me cuentan nada? Algo no va bien… Elvis cada día está más derrotado, Beca marchándose a toda prisa detrás de él… y Edward… ay, Edward, ese travieso siempre acaba metido en algún lío, sobre todo si Beca está implicada».
De pronto, la puerta se abre de forma brusca, contrastando con la calma del interior, y entran en la biblioteca Rebeca, Colin, Edward y Elvis.
Los cuatro avanzan apenas un par de pasos antes de quedarse perplejos al ver al profesor sentado frente a ellos, rodeado de papeles, libros abiertos y anotaciones desperdigadas.
Oliver levanta la vista y, sin poder evitarlo, deja escapar en voz alta el pensamiento que le cruza la mente:
—¡Y claro, cómo no… Ed!
Edward parpadea, sorprendido por el tono entre resignado y acusatorio, y se señala a sí mismo, desconcertado.
—¿Yo, profe? ¿Quería algo de mí?
—Joder… —susurra Elvis al comprobar que tampoco allí consiguen encontrar un lugar donde trazar el plan a solas.
Oliver disimula el sobresalto y se marca un farol con toda la naturalidad del mundo:
—No, disculpa… Justo estaba corrigiendo tu examen en el momento en que has entrado.
—Ah… ¿y… qué? —pregunta Edward, acercándose un poco hacia él con curiosidad.
—¿Qué de qué? —replica Oliver, devolviéndole la pregunta con un tono cortante y una indiferencia que intenta ocultar que ni siquiera estaba mirando su examen.
Edward insiste, sin captar la evasiva:
—¿Qué va a ser, profe? ¡La puntuación! ¿Qué nota tengo en Economía?
Antes de que Edward siga enredándose en una conversación con el profesor, Colin interviene con sutileza, tratando de reconducirlo hacia el plan original:
—Ed… —murmura entre dientes, acompañando el comentario con una risa nerviosa—. Ed, ¿podrías dejar lo de la nota para otro momento? Tenemos que hacer aquello… ya sabes… la… otra… cosa.
Al enfatizarlo, levanta las cejas de forma exagerada, con la intención de recordarle para qué están allí.
Oliver los observa por encima de las gafas, afinando ligeramente la mirada. Al ver que hablan en clave, percibe que podría tener una oportunidad única para averiguar qué están tramando.
Pero Edward, completamente intrigado por saber la nota, continúa:
—No, no… necesito saberlo. Tengo pensado montar un bar chill-out en la playa, ¿entiende? Y necesito saber si he aprobado Economía. Mi futuro depende de eso —dice con una risa forzada, incapaz de disimular la ansiedad.
Oliver se ajusta las gafas con serenidad.
—Pues lo siento, Ed. Tendrás que esperar al lunes.
Entiende que no sería justo que supieras la nota antes que tus compañeros.
Yo no concedo ese tipo de privilegios a mis alumnos.
Esto es lo que hay —responde con elegancia, volviendo la vista a los exámenes y refugiándose en el reglamento para quitárselo de encima.
Edward se queda boquiabierto e insiste:
—¿Cómo que «esto es lo que hay»? ¿Por qué se porta así conmigo? ¿No puede decirme la nota y ya está? ¡Nadie tiene por qué enterarse de que me la dijo!
Oliver se quita las gafas con un movimiento lento pero fluido y se frota los ojos con los dedos. Al volver a mirarlo, deja bastante claro que no piensa ceder y que se mantendrá firme.
—Ed, escúchame. He leído tu historial escolar y ya me han comentado que discutías con tus profesores desde primaria… entre tus debates morales y tu lógica tan peculiar. Ya te digo que conmigo no te va a funcionar.
Edward queda descolocado ante la contundente respuesta del profesor.
—Usted no lo entiende… —dice inquieto—. Cuanto antes sepa si he aprobado, antes podré quedarme tranquilo.
Oliver vuelve a colocarse las gafas, se yergue y comienza a guardar los exámenes en la carpeta con tranquilidad.
Los chicos se miran entre sí con caras de circunstancias, esperando a que Edward termine su debate.
Rebeca mira el reloj y se sobresalta al comprobar que solo les quedan cuarenta minutos para hablar a solas antes de que comiencen las clases, así que interviene con premura:
—Chicos… ¿vamos al gimnasio?
—No, no os preocupéis, no será necesario —responde Oliver con una sonrisa amable.
Mientras termina de guardar sus cosas con parsimonia, deja discretamente el móvil grabando en silencio bajo la cestilla metálica de la mesa, sin que ninguno de ellos lo note. Luego se incorpora del asiento y continúa:
—Yo ya he acabado aquí. Voy a la cafetería a desayunar… Espero que aún queden cruasanes mixtos y pueda tomarme un cafecito antes de que empiecen las clases. Me esperan unos cuantos exámenes más a lo largo de la jornada.
Edward abre la boca para replicar, pero Oliver le hace un gesto elegante con la mano, tajante y definitivo. A medio camino hacia la salida, se detiene y vuelve la mirada hacia él para rematar:
—Ah, por cierto, Ed… Si tu tranquilidad depende de obtener resultados rápidos, quizá deberías pedirle a tu médico un adelanto de pastillas para la ansiedad. La paciencia es una virtud, y las inversiones se basan en estrategia… y tiempo. Recuérdalo.