CAPÍTULO V #2
Conduce en dirección a la cafetería de todas las noches. Avanza por una carretera larga y despejada, flanqueada por densos bosques, mientras sujeta el móvil entre el hombro y la oreja para hablar con su hija Annika.
Ella está en la cama de su cuarto, sosteniendo un teléfono con forma de hamburguesa que le cubre casi media cara.
La luz cálida del techo revela una habitación ordenada y llena de vida, con muñecos de peluche apilados en una esquina, pósters de grupos de cantantes adornando las paredes, un estante repleto de libros de fantasía épica y un pequeño escritorio donde dibuja sus propias tiras de cómics.
En otro mueble, varios estantes exhiben perfumes y productos de belleza ordenados de forma decorativa.
Lleva puesto uno de sus pijamas favoritos de tela polar color chicle, decorado con un unicornio multicolor, y está sentada sobre los talones encima de una mantita suave y cálida mientras habla con su padre, mostrando la frenética emoción que la caracteriza.
—Pero, papá… llevas tiempo diciéndome que estás reparando la casa. Quiero estar contigo… ¿qué haré en casa de mamá todo este fin de semana? —dice la adolescente, desanimada.
—Lo sé, cariño, lo sé. Te lo compensaré, te lo prometo. En cuanto me den vacaciones iremos de viaje adonde tú quieras, ¿de acuerdo?
—¿Adonde yo quiera? —pregunta, sorprendida e incrédula—. Jo, papá… ¡pues quiero ir a París!
La joven empieza a entusiasmarse. Con el teléfono en una mano, agarra un cojín con la otra y se lo lleva a la cara mientras chilla y lo muerde, rebosando alegría. Da pequeños saltitos sobre la cama, impulsándose con cada rebote.
—No me lo creo… ¡Llevo toda mi vida preparándome para este momento! El glamour, su gastronomía y… ¡mi selfie junto a la Torre Eiffel! —su voz se acelera—. ¡Jo, gracias, gracias, gracias, papá! ¡¡Por fin una foto de verdad junto a la Torre Eiffel sin que sea un montaje de edición!!
Y, dejando caer el teléfono hacia un lado, termina hundiendo el rostro en la almohada, encogiéndose como una bolita para ahogar un chillido del que escapa una risa temblorosa y eufórica.
—He estudiado el idioma un montón, ¡te lo juro!
David sonríe al otro lado del teléfono al escucharla animarse de tal manera. No puede evitar soltar una carcajada mientras le responde:
—De acuerdo, cariño, iremos a París. Si es ahí donde quieres ir… iremos. Buenas noches, cielo. Sé buena con mamá.
—¡Sí, papá, me portaré bien! Te quiero, papá. ¡Adiós!
Y, desde el otro lado del teléfono, sin haber colgado aún, se escucha de fondo la voz de Annika hablando emocionada con su madre, que llega para darle las buenas noches.
—¡Mamá, mamá! ¡Papá dice que me va a llevar a París!
—¿¡A París!? Qué suertuda eres, mi bichito —responde la madre con humor, dejando escapar una risa—. Ya me lo cuentas mejor por la mañana, ¿vale? Ahora a dormir, tesoro.
—Mamá… ¿puede quedarse a dormir Elain mañana por la noche?
—Ya veremos, cielo.
—Es que este sábado sus padres salen a cenar y nos gustaría pasar el día jun… —empieza a explicar Annika justo antes de colgar el teléfono.
David sonríe al otro lado, contagiado por la alegría de su hija.
Poco después, llega a la cafetería del surtidor con el rostro marcado por el insomnio.
Lo que parecía un poltergeist, o tal vez problemas eléctricos que ni siquiera los profesionales han sabido resolver, no le ha dejado descansar en absoluto.
Aparca el vehículo, entra en la cafetería y avanza directo hacia la barra, sin saludar ni mirar a nadie.
Desde el otro extremo del local, una voz lo saluda y trata de bromear con él para romper el hielo:
—¿Cómo va eso, David? ¡Tienes cara de tener problemas de próstata!
Pero David ni siquiera gira la cabeza e ignora la broma por completo.
Estrella lo recibe con la costumbre de haber aprendido a medirle el humor con solo echarle un vistazo.
—Buenas noches, David. ¿Te sirvo lo de siempre?
Él hace el gesto de una negación con un gruñido breve, sin levantar la cabeza. La luz del local le molesta tanto que entrecierra los ojos, irritado.
—No… hoy no. Sírveme un whisky doble con hielo… y un café solo muy fuerte, por favor —responde, agotado.
Su voz suena rasposa y cansada. Se pasa la mano por el rostro, con el cuerpo al límite por el cansancio, mientras juguetea con la llave del vehículo, sin pensar en nada.
Estrella parpadea, sorprendida por el pedido, pero se lo sirve sin hacer preguntas. Aun así, después de darse media vuelta, se detiene y regresa hacia él. Siente curiosidad por saber qué le ocurre, ya que cada día regresa peor que el anterior.
—No tienes buena cara, David. ¿Qué ocurre? ¿Mandy y Annika están bien?
David alza la mirada por primera vez. Sus ojeras son profundas y su rostro parece más somnoliento que de costumbre.
—Sí, ellas están bien… —responde, sin mucho ánimo de conversar.
—¿Y tú, David? ¿Estás bien? —pregunta con tono cauteloso.
—No. Joder, no he pegado ojo en… ni sé desde cuándo —libera un resoplido desesperado—.
Me están volviendo loco. Las luces parpadean, los teléfonos suenan a todas horas con números ocultos y nadie contesta.
¡Nadie! La radio se enciende sola y la televisión también.
Ayer la jodida nevera se abrió a las cuatro de la mañana y las cervezas acabaron estrelladas contra el piso.
Estrella no sale de su asombro mientras le sirve el whisky. Muestra inquietud, pero durante unos segundos la traiciona una risa que consigue contener; por un instante ha pensado que David le está describiendo un caso de fantasmas.
Él la ve sonreír y recalca, sin molestarse:
—No estoy vacilando, Estrella. Todas las cervezas estaban reventadas en el suelo.
—Te creo, David… —responde ella, aunque su tono revela que intenta restarle hierro al asunto—.
Algún gamberro te estará gastando una broma.
Ya sabes cómo son estos jóvenes hoy en día…
Mi hijo, sin ir más lejos, me apaga la televisión con una aplicación de control remoto que se descargó en el móvil, solo por hacer la gracia.
David asiente con la cabeza, resignado, mientras agita la bolsita de azúcar antes de echársela al café.
En una de las mesas del fondo, la misma desde donde gastaron la broma cuando David entró por la puerta, están sentados tres de sus colegas habituales del local: Larry, Bobby y Lance.
Con ellos ha compartido incontables noches de risas y confianza a lo largo de los años, aunque esta vez ninguno parece reparar en el cansancio que se le escurre por los ojos.
Al escuchar la conversación que mantiene con Estrella sobre los fenómenos que le están ocurriendo, no tardan en intervenir con bromas livianas, tomándose su situación a la ligera.
—¡Eh, David! —grita Bobby entre risas desde su asiento, alzando la jarra de cerveza—. ¡Deberías llamar a un cura para que te bendiga la casa!
David se gira hacia ellos y les dedica una sonrisa forzada, cortés, pero sin ganas de seguirles la corriente.
Larry remata, como quien no sabe leer el ambiente:
—Seguro que es cosa de alguna mujer despechada —su carcajada retumba en el local—. ¿No será que Daniels te está haciendo la faena? Dicen que aún no ha superado el lío que tuviste con su mujer.
Los tres estallan en carcajadas descontroladas; uno incluso se seca las lágrimas.
El sonido de sus risas crece y David empieza a sentirse ofendido, cansado de que no le muestren respeto. Los observa a los tres, desconfiado, con los ojos entrecerrados. La sospecha se le clava como una astilla:
¿Podrían ser ellos quienes le están gastando esas bromas?
¿Por qué parece que disfrutan tanto riéndose de lo que le ocurre?
Una cosa está clara… a él no le hace ninguna gracia.
La vena le late en la sien y tensa los labios. Los puños comienzan a cerrarse por pura rabia e impotencia. Ya cansado de las bromas, finalmente estalla con un grito furioso:
—¡Ya está bien, ya basta!
David descarga un puñetazo contra la barra, haciendo temblar las tazas y los cubiertos.
Luego, con un manotazo, golpea el vaso de whisky, que sale despedido y se estrella contra la puerta del servicio, haciéndose añicos.
El estruendo es tal que detiene todas las conversaciones del local, dejando a los comensales boquiabiertos y sumidos en un silencio repentino.
Malhumorado, se incorpora de golpe, recorre el pasillo hacia sus amigos y se abalanza sobre Bobby. Lo agarra por las solapas de la camisa, lo levanta del asiento y lo zarandea con violencia mientras grita:
—¡¿Has sido tú, Bobby?! ¡Maldito hijo de perra! ¡Respóndeme! ¿¡Tú has manipulado mi casa, cabrón?!
Bobby alza las manos a la altura del torso, tembloroso, tratando de apaciguarlo. Al ver que el hombre no responde a ninguna de sus preguntas, David lo suelta de un empujón y se dirige, tenso, hacia Larry.
Este se levanta instintivamente, intentando calmarlo, pero David también lo agarra por la chaqueta y lo arrastra parcialmente por encima de la mesa y hacia el borde, derramando las bebidas y rompiendo un par de jarras al atraerlo hacia sí mientras lo saca del hueco.
Luego lo empuja en dirección a la barra y lo zarandea una y otra vez, hasta que finalmente Larry tropieza con una banqueta y cae de espaldas al suelo.
—¡Maldita sea, David! ¡¿Pero qué demonios estás haciendo?! —grita Larry desde el piso, con más cobardía que rabia.
David lo señala con el dedo, acusándolo también.
—¡¿Tal vez has sido tú, Larry?! ¡Cerdo vengativo! ¡Yo no atropellé al gato de tu hija! ¡Fue Royers! ¡Él te mintió! ¡Él fue, no yo!
Lance intenta intervenir por detrás y posa una mano sobre su hombro, intentando devolverlo a la cordura.
—Tranquilo, amigo… Déjalo ya, ¿quieres?
Pero él, cegado por la ira, se gira con rapidez, le aparta la mano del hombro con un movimiento brusco y lo encara también.
—¡¿O tal vez has sido tú, Lance?!
—¡¿Pero qué estás diciendo, hombre?! —dice Lance, dando unos pasos hacia atrás, desconcertado—. Yo no he sido. Tranquilízate, por favor.
Pero la ausencia de un culpable solo aviva el incendio dentro de David.