Te declaro culpable CAPÍTULO V
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CAPÍTULO V

LA UNIÓN HACE LA FUERZA

Colin y Rebeca llegan a la casa de Elvis preocupados por su amigo, y las nuevas noticias y teorías sobre dónde pudo haber estado Sarah por última vez les han removido por dentro.

Atraviesan el porche de la casa y, tras un par de golpes suaves, la puerta se abre ante ellos.

El señor Petterson —un hombre de mediana edad, calvo, con canas en los laterales, rostro afable y voz templada— los recibe con una cordialidad que no rebosa demasiada alegría.

—Hola, muchachos. Disculpad, pero Elvis no se encuentra muy bien hoy. ¿Veníais a buscarlo para salir?

Los jóvenes intercambian una mirada cargada de preocupación. Rebeca es la primera en reaccionar y comienza a hablar.

—La verdad, señor Petterson… es que sabíamos que Elvis no se encontraba muy bien.

En clase ha estado ausente en todo momento y, en la última hora, no tuve ocasión de hablar con él…

Hemos venido a ver si podríamos ayudarlo.

Queremos saber cómo está —responde ella con un tono dispuesto a ayudar, aunque la preocupación se refleja claramente en sus rostros.

—Ah, bueno, en ese caso, adelante, pasad, pasad. Él está arriba, en su habitación. ¿Queréis tomar algo?

—No, gracias, señor —contestan ambos al unísono.

El hombre se detiene y mira a Rebeca con cierta duda, como si buscara la manera más sutil de abordar un tema delicado.

—Ehm… jovencita, no tengo intención de abrir heridas que quizá aún estén cicatrizando.

Elvis no ha querido contarnos nada de lo que le ocurre.

No duerme, come poco y tiene algunos arrebatos de pronto…

Sé perfectamente que no está relacionado con las drogas, pero sí sé que algo muy profundo le duele.

Hace una pequeña pausa y se frota la barbilla, tanteando el terreno con una delicadeza que muestra lo consciente que es de lo delicado que resulta el tema para ella. Luego prosigue:

—A veces, cuando duerme, pronuncia su nombre… ya sabes… el de tu hermana, Sarah. Disculpa la pregunta, pero entiende que solo busco la manera de ayudar a mi hijo. ¿Sabes si había algo entre él y tu hermana?

La pregunta la deja estupefacta. Se siente cohibida, atrapada entre el deber de proteger la privacidad de Elvis y la necesidad de ser honesta.

Ni siquiera él les ha contado nada todavía a sus padres.

Entonces mira a Colin, buscando alguna señal en su rostro que le indique qué debería hacer.

Él, sin decir nada, simplemente mete las manos en los bolsillos y baja la mirada, invitándola a confiar en su propio instinto.

Rebeca respira hondo antes de responder. Antes de hacerlo, ordena sus pensamientos y se prepara para contestar con neutralidad, sin revelar demasiado, pero respetando al mismo tiempo la privacidad de su amigo:

—Tal vez, señor Petterson… eran muy cercanos, pero no sé mucho más. Mi hermana nunca me contó nada sobre una relación de pareja con él.

El señor Petterson asiente sin presionarla y, justo antes de dejarlos subir, reúne el valor para plantear una última pregunta que considera crucial.

—Si supierais algo más sobre lo que le ocurre a mi hijo… ¿me lo diríais? La otra noche arrojó la minicadena a la bañera. No estamos seguros de cuál era su intención, porque estaba desconectada de la corriente —dice, sintiendo un leve temblor en la garganta.

La insinuación los petrifica, como si les acabaran de arrojar un cubo de agua helada que les corta la respiración.

—No se preocupe, señor Petterson. Estamos aquí para ayudar, se lo prometo —responde Rebeca con suavidad, procurando infundirle un poco de tranquilidad y confianza.

En ese momento, la joven se percata de que la señora Petterson los observa desde el umbral de la cocina, sin interrumpir la conversación.

Cuando sus miradas se cruzan, la mujer baja la vista, preocupada, frotándose las manos en el delantal.

Luego les dedica un gesto tímido de saludo antes de volver al fogón para terminar la cena.

—Subid. Edward está arriba con él —indica el hombre—. ¿Estás bien, Rebeca? No pretendía sacarte el tema de tu hermana… es solo que…

Antes de que termine la frase, ella responde con tranquilidad:

—Estoy bien, gracias, señor Petterson —dice, dibujando una sonrisa que sugiere que todo está en orden.

Él asiente sin decir nada más.

Los chicos suben las escaleras con paso tranquilo, sabiendo que Ed está con él. El ambiente en la casa es inusualmente silencioso. Normalmente, Elvis tiene el televisor encendido con algún canal de rock de fondo.

Cuando llegan a la puerta de su cuarto, descubren que está entreabierta.

Desde el hueco alcanzan a ver a Edward sentado en la cama, atento, mientras Elvis permanece de pie, nervioso, de espaldas a ellos, sosteniendo un mapa que le muestra a su amigo mientras comenta algo en voz baja, prácticamente inaudible para ellos.

Rebeca se acerca y llama con suavidad:

—¿Elvis?

Elvis se gira hacia ellos sobresaltado, con la tensión propia de alguien al que acaban de pillar con las manos en la masa, ya que no esperaba ninguna visita.

Dirige su mirada desorbitada hacia la puerta, con la respiración agitada, y distingue a Colin y a Rebeca observándolos a través del hueco de la puerta entreabierta.

Elvis tiene el mapa arrugado entre las manos y trata de ocultarlo a toda prisa detrás de su espalda.

Los chicos empujan suavemente la puerta y entran despacio en la habitación.

—¡¿Qué hacéis aquí?! ¡Tenéis que marcharos, no es un buen momento! —exclama con tono nervioso, poniéndose a la defensiva.

Edward, sentado en la cama, les dedica un saludo incómodo con la mano mientras hace una mueca con los labios, sin saber muy bien qué hacer.

Elvis intenta echarlos, empujándolos con suavidad para evitar que pasen del todo, pero Colin reacciona antes de que la puerta se cierre. Coloca la palma de la mano sobre ella para frenarla y le comenta:

—Estábamos preocupados por ti, colega —dice mientras empuja suavemente la puerta y entra despacio—. Me he enterado de lo tuyo con Sarah… y lo del bebé. No tenía ni idea. Queremos ayudarte.

Elvis aprieta los dientes, recordando de golpe el dolor asociado a Sarah y a su embarazo, pero sacude la cabeza y procura mantenerse firme.

—Estoy bien, chicos, de verdad. No os preocupéis por mí y marchaos… por favor.

Edward se levanta y se interpone, sin soportarlo más. Sabe que la ayuda de Colin y Rebeca es exactamente lo que necesitan, y tampoco considera justo dejarlos al margen cuando han venido con intención de ayudar. Entonces decide regañar a Elvis para intentar que entre en razón.

—¡Elvis! ¿Qué estás haciendo? ¡Son tus amigos! No puedes cerrarles la puerta en las narices después del trayecto que han hecho para venir hasta aquí. Están preocupados, hombre. Y, además, esto les concierne… especialmente a Rebeca. ¡Era su hermana, por Dios santo!

Elvis baja la vista, nervioso, dudando sobre qué hacer mientras contempla el mapa que estruja con una mano. Luego mira a Edward, después a Rebeca y finalmente a Colin. Se queda atrapado en un estado de indecisión muda.

Edward, empezando a perder la paciencia, lo impulsa a decidirse a dejarlos pasar, insistiendo con más ahínco:

—¡Venga, espabila! ¿A qué estás esperando? No tenemos toda la noche, joder.

Edward es la voz sensata del grupo. Todos lo respetan. Cuando él habla con razón, los demás escuchan. Y esta no es la excepción.

Elvis reacciona, haciendo caso a su amigo, y su respiración se acompasa poco a poco.

—Está bien… podéis quedaros.

Colin y Rebeca avanzan hacia el interior del dormitorio, formando un pequeño grupo reunido y decidido a participar en algún plan para impartir justicia por su querida amiga fallecida.

Edward toma con firmeza, pero sin brusquedad, el mapa que Elvis sostiene en la mano y se lo muestra a los chicos.

Está marcado con trazos rojos, anotaciones y una señal en el margen norte del estado.

—Veréis —empieza Edward—. Elvis me pidió ayuda, pero me alegra que vosotros dos os unáis.

Estábamos trazando un plan. Elvis consiguió rastrear el móvil de Sarah con una aplicación que sincroniza ubicaciones.

El móvil está apagado, pero deja el rastro de dónde estuvo por última vez antes de apagarse, porque el recorrido queda grabado en un historial.

Aún hay una ubicación concreta guardada.

Cabe la posibilidad de que el lugar donde se encuentra el móvil…

pudiera ser también el último sitio en el que estuvo Sarah durante su secuestro.

No quisimos deciros nada para no comprometeros, sobre todo a ti, Rebeca.

Pensamos que remover todo esto podría hacerte daño y afectarte negativamente.

Rebeca se queda en silencio, comprendiendo el motivo detrás de aquellas palabras bien medidas.

Mientras observa el mapa, puede reconocer el recorrido que hicieron durante sus vacaciones, los trazos marcados e incluso la señal que apunta hacia la pequeña cafetería de la estación de servicio donde comieron juntas por última vez.

Edward continúa, con sinceridad en la mirada y un alto grado de empatía hacia Rebeca:

—Sé que debimos contártelo antes… pero te vi mal cuando volviste a la universidad. No ha sido fácil para ti desde que ocurrió lo de tu hermana, el juicio, el velatorio, la terapia… y todo eso. Hace menos de un año que pasó y no sabíamos si te sentirías preparada.

Los tres la miran sin juicio y con verdadera preocupación, preguntándose si realmente puede seguir adelante sin venirse abajo.

Rebeca se mantiene fuerte y, tomando una bocanada de aire, sin dudarlo, se reafirma mientras algo despierta en su interior:

—Estoy preparada. Quiero saber qué le ocurrió a Sarah.

Mientras tanto, David acaba su jornada. La llovizna avanza entre truenos que se expanden por el cielo, y una luminiscencia pálida tiembla sobre las nubes con un ritmo inestable, anunciando una tormenta que apenas empieza a despertarse.