Te declaro culpable CAPÍTULO IV #4
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CAPÍTULO IV #4

—Colin… él estaba enamorado de Sarah. ¡Y ella… ella estaba embarazada! —dice como si acabara de comprender el peso completo de la revelación—. ¡Claro que va a hacer algo! ¡Imagina si se topara con ese asesino! ¡Tenemos que ir ahora mismo! ¡No podemos dejarlo solo!

Colin palidece al enterarse de la fuerte noticia.

—¿Qué estaba qué? ¿¡Embarazada… de Elvis, dices?! —balbucea, incapaz de articular nada más durante unos segundos.

Sin pensarlo más, saca inmediatamente las llaves del coche del bolsillo para ponerse en marcha.

—Vamos. Iremos a su casa. Pero no te preocupes, ¿vale? Ed está al tanto de todo. Él sabe manejar este tipo de situaciones mejor que nadie. Seguro que estará bien, ya lo verás —dice, tratando de mantener la calma.

Los dos suben al vehículo y parten rumbo a la casa de Elvis.

Casa del profesor Oliver...

La luz del día se extingue lentamente detrás de las persianas, con una hermosa puesta de sol que baña el hogar en un tono cálido. El cielo se tiñe de naranja con pinceladas rosadas que anuncian el final del día.

En el dormitorio, Oliver está tumbado en la cama, con las gafas de vista puestas y un libro de psicología entre las manos.

A su lado, su esposa Grace, vestida con un camisón moderno, hojea distraídamente una revista sobre temas sociales.

Sus piernas están entrelazadas bajo las sábanas, aunque el calor entre ellos se ha ido disipando con la rutina y el silencio de la tarde.

Grace decide que ya ha tenido suficiente de esa desconexión fría. Lo observa de reojo, deja la revista a un lado y se acurruca contra él, acariciándole el pelo. Acto seguido, intenta iniciar una conversación.

—¿Qué lees, cariño? —pregunta con suavidad, apoyando después la cabeza en su hombro.

Oliver no parece prestarle atención. Está absorto, con la mirada clavada en las páginas.

Grace desliza la mano por su pecho, dibujando círculos suaves con la yema de los dedos, buscando atraerlo con cariño, pero él permanece distante a pesar de su intento.

Ella se acerca, pegándose aún más a él, rodeándolo con su pierna cálida y suave a la altura de la cadera, y continúa tratando de seducirlo en un segundo intento por provocarlo con delicadeza, besándole el cuello despacio, con roces y una respiración suave, luchando por deshacer esa distancia que se ha colado entre los dos durante casi todo el día.

—Hmm… ¿Y si dejamos los libros un rato? —susurra juguetona, arrastrando la voz sensualmente, con una sonrisa suave mientras se muerde el labio inferior.

Oliver, sin mirarla, cierra los ojos y aparta su mano con delicadeza.

—Hoy no, cielo… Lo siento. No estoy de humor.

Grace se incorpora de golpe, ofendida y decepcionada, aunque mantiene la calma.

—Voy a preparar café… —refunfuña.

Ella se levanta descalza y se dirige hacia la puerta. Oliver suspira, se quita las gafas y las deja sobre la mesita. Antes de que Grace salga de la habitación, trata de detenerla:

—Espera, Grace… Perdóname. No es por ti. Es por los chicos. Desde lo de esa chica… Sarah.

Grace se detiene en el umbral, cruza los brazos mostrando enfado y le lanza una mirada que dice claramente: «Más vale que lo que digas ahora tenga sentido… o esta noche duermes en el sofá».

Él continúa explicándose:

—No dejo de pensar en cómo lo están llevando los alumnos que la conocían. Doy clase a su hermana y a sus amigos… están rotos por dentro. Y lo peor es que no me dejan ayudarlos.

Ella finalmente baja los brazos y adopta un tono más empático.

—Oli, tú no eres Superman. Eres profesor, y un buen profesor, pero también eres marido y padre. Tú no eres psicólogo ni terapeuta. No puedes cargar con todo.

Oliver se pone de pie y le da la espalda mientras comienza a abrocharse la camisa con un gesto lento y pensativo. Luego comenta:

—¿De verdad crees que solo sirvo para dar clases, Grace? Yo… esperaba que me vieras capaz de algo más… pero lo entiendo.

Grace frunce el ceño y le aclara lo que piensa:

—No digas eso. Claro que te valoro. Eres un gran padre para Samira y un hombre noble. Pero te exiges demasiado. Siempre quieres salvar a todos…

Él se detiene y se sienta en el borde de la cama, tratando de calmar la tormenta que tiene en la cabeza.

—¿Y qué sugieres que haga? ¿Ignorar los problemas que percibo en esos muchachos? —pregunta mirando al suelo, frustrado, con las manos apoyadas sobre las rodillas.

Grace se acerca hacia él, se sienta a su lado y entrelaza sus manos con las suyas, queriendo guiarlo hacia algo más claro y realista antes de que siga cargando con todo él solo.

—Te conozco, sé que no puedes evitar implicarte. Tú eres así. Pero no estás solo, Oli. Hay otras formas de ayudar. Habla con la dirección. Pide apoyo. Deja que alguien con experiencia maneje este tipo de situaciones.

Oliver asiente, aunque sin convencerse del todo. Grace le acaricia la mejilla y le da un beso corto.

—Tienes razón… Tengo mucha suerte de tenerte —susurra él.

Grace le sonríe, pero lo conoce demasiado bien. Sabe que, pese a sus palabras, Oliver ya tiene una decisión tomada.

Y acierta plenamente. Porque él sigue pensando:

«Voy a ayudar a esos chicos. Como sea».