Te declaro culpable CAPÍTULO IV #3
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CAPÍTULO IV #3

En apenas un instante, la temperatura vuelve a subir y se normaliza de golpe. El silencio reina de nuevo en el lavabo.

Cuando Elvis aparta la mano del espejo, descubre una segunda huella casi junto a la suya, más delgada y más pequeña.

Está marcada justo sobre la posición donde había colocado su palma, como si fuera una prueba definitiva de que Sarah realmente había apoyado la suya desde el otro lado.

Aunque la experiencia lo ha dejado exhausto, a Elvis le produce cierto alivio haber podido sentir a su amada una vez más. Hay quienes jamás tendrían un privilegio semejante.

Aun así, aquel contacto no consigue calmarlo del todo. Ahora, más que antes, está decidido a descubrir la verdad…

¿Qué le sucedió realmente a Sarah?

Mientras tanto, en el pasillo de la biblioteca…

Al salir de la biblioteca, Layla alcanza a ver a Brenda hablando con Nancy Winston y su séquito: las divas rivales más polémicas del campus, con sus risas exageradas, sus gestos teatrales y esa nube de perfume empalagoso.

Layla no está dispuesta a permitir que una de sus chicas se le escape para unirse al reino de Nancy.

Sin salir de su asombro, se dirige hacia Brenda, indignada.

—¡¿Qué?! —grita, atónita—. ¡¿Qué narices crees que haces?! ¿¡Me estás cambiando por Nancy y sus petardas?! ¿Es que has olvidado que yo fui la única que te tendió la mano cuando nadie te hacía caso y estabas más sola que la una? ¿Dónde quedó tu lealtad, Brenda?

Brenda la mira incómoda e insegura. Se ajusta el asa de la mochila sin saber muy bien qué decirle, pero finalmente responde con cierto azoramiento:

—Tú… tú me vetaste de tu cumpleaños —dice con voz baja, casi infantil.

Layla parpadea repetidamente, fingiendo sorpresa.

—¿Yo dije eso? —pregunta rápidamente, como si de verdad no lo recordara.

Nancy, que no pierde la oportunidad de picarla, interviene con un veneno dulce:

—Espantas a tus amigas, Layla. A este paso, cuando llegue tu cumpleaños, te vas a cantar tú sola el «Cumpleaños feliz» —dice con una sonrisa de picardía y satisfacción.

Layla mantiene su pose impecable, devolviéndole una sonrisa fría y estirada. Pero Brenda ya está bajando la mirada y dando un paso atrás. Layla se acerca, llevándose una mano al corazón y, teatral hasta la médula, dice:

—Jopetas… retiro lo de la vetada, en serio. Creí que éramos superamigas: de las que comparten pintalabios y dramas existenciales. Pensé que nuestra amistad era tan, tan fuerte como una piruleta. ¡Así de sólida…! Y no frágil como una gominola mal envuelta.

Brenda alza la mirada, conmovida, aunque sin estar muy segura de estar de acuerdo con aquella comparación. Pero antes de que tome una decisión, Nancy se adelanta y lanza la puntilla final:

—Anda, ve con ella, Brenda. Mi club está completo. Y, por lo que veo, Layla se está quedando solita —dice, dándose la vuelta con una burla descarada.

Layla entrecierra los ojos, furiosa, pero no puede quedarse callada después de aquella puya delante de todos en el pasillo. Así que extiende los brazos dramáticamente y corre a abrazar a Brenda.

—¡El mío también está a reventar…! ¡Como un globo a punto de explotar! Pero siempre hay sitio para ti, ¡mi Brendi!

La estrecha con fuerza y, mientras están abrazadas, aprovechando que Brenda no puede verla, Layla saca la lengua a Nancy por encima de su hombro, como una niña vengativa en plena guerra fría de pasillo.

Luego se aferra al brazo de Brenda con aire triunfal y, juntas, se marchan hacia la cafetería del campus, donde las espera el resto de las chicas del grupo.

Más tarde, sobre las seis y media de la tarde, Rebeca llega casi una hora tarde a su cita con Colin.

El cielo empieza a encapotarse por el mal tiempo que se avecina y una brisa moderada acaricia los árboles del campus, zarandeando las copas de un lado para otro.

Colin la espera apoyado en su coche, mirando el reloj cada cinco minutos, ya casi sin esperanzas de que ella se presente.

Pero, al verla aparecer corriendo hacia él, su rostro amargo cambia y se ilumina al instante con una sonrisa torcida.

Mete una mano en el bolsillo y cruza las piernas, adoptando una postura varonil.

—Se me estaban agotando las esperanzas de que te presentaras —bromea, claramente feliz de verla.

Rebeca se detiene frente a él, algo sonrojada y recuperando el aliento.

—Lo siento muchísimo, Colin. He tenido un día de locos. Coincidí con Elvis en la última clase… y estaba rarísimo. Como ausente, ¿sabes?

Colin la observa de arriba abajo, fascinado, sin prestar demasiada atención a lo que ella dice.

Rebeca lleva el pelo suelto y se ha maquillado ligeramente para la quedada.

Viste una camiseta de tirantes blanca con un dibujo abstracto de colores vibrantes, un pantalón vaquero de pitillo y unos zapatos decorados con pequeñas florecillas.

Al notar que Colin se ha quedado absorto contemplándola, se ruboriza.

—¿Qué pasa? ¿Por qué me miras así? —pregunta ella con una sonrisa tímida.

—Nada… Es solo que estás preciosa, Beca —responde él, saliendo del trance.

Ella baja la mirada, como si así pudiera ocultarse por un segundo, y luego responde:

—Muchas gracias… Colin.

Él carraspea y retoma el tema del que ella hablaba, intentando recuperar el hilo.

—¡Oh! Perdona, ¿qué decías de Elvis?

—Ehm… Sí, decía que ha estado muy raro estos días, pero hoy… creo que le ha pasado algo. Estoy preocupada por él.

—Sí… yo también. Últimamente no es el mismo. Y… tengo la sensación de que me evita. Espero que no esté pensando en hacer ninguna locura… con ese plan, lo de Sarah.

Rebeca se queda paralizada, sin comprender.

—¿Lo de Sarah? ¿Qué plan? No entiendo nada…

Colin suaviza la voz y adopta un tono serio, casi paternal.

—¿No te lo ha contado Ed?

Ella niega con la cabeza y él continúa:

—Pues… Edward me dijo que Elvis lo llamó esta tarde.

Le comentó que localizó el móvil de Sarah desde una aplicación.

Al parecer, recordaba que usaban juntos un juego en línea…

uno de esos de buscar monstruos urbanos escondidos por la ciudad para competir.

Podían hacer equipos y ver sus ubicaciones.

Y, al parecer, todavía muestra la última señal antes de que se apagase el móvil. Según él… está a seis horas de aquí.

La expresión de Rebeca cambia de inmediato y se queda perpleja. Su mundo se congela durante unos segundos mientras su mente trata de encajar las piezas a toda velocidad.

—¿¡Dónde, Colin!? ¡Tenemos que ir con él ahora mismo! —exclama con urgencia.

Colin le coloca las manos sobre los hombros para calmarla.

—Pues no lo sé, Ed no me ha dicho nada más…

Rebeca se lleva una mano a la frente.

—Espera, Beca. Tranquilízate. Ed me comentó que planeaba ir mañana por la noche.

Ni siquiera saben si el móvil continúa en esa ubicación.

Dice que aprovecharía que su padre no madruga para salir sin que nadie lo detenga.

Pero tranquila, seguro que no irá a ningún lado a seis horas de aquí en plena madrugada.

Rebeca se muestra desbordada y Colin se alarma al verla así.

—¿Qué? ¿Qué ocurre, Beca? Dímelo, por favor.

Ella respira hondo, pero la voz le tiembla por la ansiedad.