CAPÍTULO IV #2
—¡Auch! ¡Zorra! —susurra Layla, quejándose en voz baja mientras se muerde el labio para no soltar un grito y conseguir que la expulsen de la biblioteca.
—¡Déjame en paz, loca! —dice Rebeca con un tono seco y contundente—. ¡Y no vuelvas a meterte conmigo en la puñetera vida! ¡¿Te ha quedado claro?!
Layla respira hondo, ruborizada por el dolor y la rabia, intentando no explotar allí mismo.
—¡Pero si no me he metido contigo! Desde que volviste he querido decirte algo…
—¿Que quieres decirme algo? ¡No tenemos nada de qué hablar! ¿Es que no lo entiendes? —responde Rebeca, tensa.
—¡Ya cállate y escucha, jopetas! —dice Layla, apoyando las manos sobre la mesa y acercando el rostro hacia ella.
Rebeca endurece la expresión y guarda silencio.
Layla continúa:
—Quería decirte que lamento mucho lo que le pasó a Sarah.
Rebeca, sin suavizar todavía la expresión, se echa hacia atrás, incapaz de entender aquel repentino comportamiento. La mira sin creerse del todo sus palabras. Aun así, su gesto cambia poco a poco hacia la incertidumbre, aunque permanece alerta, con los escudos levantados.
—¿De verdad lo sientes? ¿Y por qué te metías con nosotras, entonces, si de repente quieres hacerte pasar por buena persona?
—Yo no he dicho que nunca me metiera con vosotras —responde Layla, nerviosa—. Pero vosotras también os reíais de mí. ¿Recuerdas la nota que apareció en mi mochila haciéndose pasar por Joseph? Estoy segura de que la escribió tu hermana. Comparé las letras. ¡Eran idénticas!
Rebeca enmudece para no delatar a su hermana… y sonríe al comprender la situación.
Layla toma aire y prosigue:
—A pesar de nuestra rivalidad… esta vez no quería burlarme de ti, tonta. Solo quería darte mis condolencias, como buena compañera. Cuando me mandaste a esa palabrita que empieza por eme… entendí que tal vez me lo merecía, hasta cierto punto.
Rebeca arquea una ceja y rechista.
—«Hasta cierto punto», dice… Lo que hay que oír —murmura, cruzándose de brazos y negando con la cabeza.
—¡Oye! Que vosotras tampoco erais unas angelitas —replica Layla, defendiéndose.
—Por lo menos no seas hipócrita, Layla. ¿Te caía mal Sarah y aun así dices que sientes su pérdida? ¿Quién va a creerse eso?
Layla pone los ojos en blanco y sacude la cabeza mientras resopla, haciendo un esfuerzo por conservar la paciencia.
—¡Que no me caía mal! ¡Te lo digo en serio! Sarah era genial. Popular, simpática, segura de sí misma… y tenía dos ovarios como dos pelotas de tenis. Siempre quise ser su amiga… pero era tu hermana, y contigo de por medio no había manera. La rivalidad entre nosotras lo arruinó todo.
—¿Qué rivalidad? ¡Tú te metías conmigo sin motivo! —Rebeca la mira sin dar crédito a lo que oye.
—¡Mira, guapa! Yo no soy la mala del cuento, ¿vale? —dice Layla, sacudiendo las manos para soltar tensión antes de tragarse el orgullo por un instante—. Bueno… dejando a un lado nuestras diferencias del pasado, siento mucho lo de Sarah. Y lo siento también por ti, aunque no te lo creas.
—Vaya, qué tierno —dice Rebeca con cierto sarcasmo—. ¿Y ahora cuál es tu excusa para ir de cabrona con las chicas que no son populares por el campus? ¿Que tu familia es disfuncional?
Layla alza la barbilla con orgullo.
—¡Pues claro que mi familia no es disfuncional! —aclara, ofendida—. Mis padres me dan todo lo que quiero. Mi padre me compra de todo, y mi madre y yo vamos juntas a danza y a la pelu cada dos semanas. Somos una familia requetefeliz y perfecta.
Brenda, que hasta ese momento no había dicho ni una palabra, murmura:
—Pero tu padre nunca está en casa… Ni siquiera vino a tu último cumpleaños. Tú dijiste que sospechabas que estaba con otra mujer…
Layla la fulmina con la mirada, chasquea los dedos y señala la puerta, indignada.
—¡Fuera, Brenda! Esto es una conversación privada. Y no te atrevas a volver a hablar jamás de mi familia en público. Estás vetada de mi próximo cumpleaños.
—¿Pero por qué? —pregunta Brenda, mostrando las palmas de las manos, desconcertada.
—¡Ains, mira que eres pesadita, eh! Aquí no aportas nada, monada.
Brenda baja la cabeza, se levanta con desgana del asiento y se marcha apenada, sin protestar. Rebeca la sigue con la mirada, sintiendo algo de lástima por ella, pero no se entromete. Piensa que lo mejor que le ha podido pasar es alejarse de Layla.
Cuando Brenda se marcha, Layla vuelve la mirada hacia Rebeca con una expresión más suave.
—Quiero arreglar las cosas entre nosotras. ¡Ya sé! Te invito a la graduación de mi prima, en serio. Tal vez podamos… no sé, empezar de cero. Eso me gustaría mucho.
Rebeca la observa en silencio, incrédula. Por un momento, su mente empieza a plantearse la posibilidad de que no esté mintiendo, aunque sus sentimientos todavía no se fían del todo.
«Tal vez Layla, en el fondo, no sea tan horrible como creía. Tal vez… solo tal vez… también tenga sentimientos».
Mientras tanto, Elvis empuja una de las puertas del lavabo del gimnasio con un golpe seco. Es su único lugar de confort, el sitio donde puede respirar y recomponerse cuando todo va mal. Entra, cierra la puerta echando el cerrojo interior y se asegura de que está completamente solo.
Se dirige directamente al lavamanos y se observa en el espejo…
pero ya no se reconoce a sí mismo. Las ojeras rodean sus ojos cansados.
Se apoya en el borde de la pieza, completamente tenso, y abre el grifo.
El agua fría salpica la cerámica con brusquedad.
Luego abre el agua caliente y se lava el rostro una y otra vez, como si intentara borrar la pesadilla que está viviendo.
—Vamos… reacciona, capullo… ¡Eres el puto titular de este año, céntrate en eso, joder! —murmura, tratando de alentarse a sí mismo frente al espejo y de encontrar la fortaleza que tenía antes de perder a su chica.
Pero sus propios pensamientos terminan volviéndose contra él y comienza a humillarse a sí mismo.
—Joder… Eres un perdedor. ¡Un puto perdedor! —se dice frente al espejo.
Aprieta los dientes, furioso consigo mismo, y añade con resignación:
—Debería darte vergüenza…
Entonces, de pronto, siente que la temperatura desciende bruscamente a su lado derecho. Es un frío muy parecido al que sintió en su casa cuando estaba de pie en la bañera, justo antes de contemplar aquel espectro.
Pero esta vez el frío no invade toda la estancia. Se desliza junto a él como si algo le acariciara el hombro, erizándole la piel. Es exactamente la misma sensación que experimentó en el cuarto de baño. Al alzar la vista, se encuentra con su reflejo… Pero descubre que no es el único.
A su lado, una figura borrosa emerge lentamente en el espejo empañado.
Se parece a ella…
A Sarah.
Sin embargo, el vapor no le permite distinguir bien su rostro. La figura lo abraza por detrás, apoyando la cabeza sobre su hombro con cierta dulzura.
—¿Quién eres? ¿Eres tú… Sarah? —pregunta con voz entrecortada.
La silueta reflejada es translúcida. Su piel es pálida como la niebla y sus ojos, inicialmente negros, cambian poco a poco hacia un azul intenso, parecido al color que tenían los de Sarah en vida, aunque ahora resultan mucho más inexpresivos.
Su aspecto no deja lugar a dudas de que no está viva. Pero está allí mismo. Presente frente a él. Elvis sabe perfectamente que no está soñando.
La figura se desplaza hasta situarse frente a él dentro del espejo. Mueve los labios, pero Elvis no consigue escucharla con claridad. Solo percibe un susurro proveniente del más allá, distorsionado, como una voz filtrada desde una enorme distancia, del cual únicamente logra distinguir su nombre:
—Elvis… (…) (…).
El joven limpia rápidamente el vapor del cristal, pasando la mano con fuerza para intentar distinguir su rostro con claridad.
Pero, al devolverle la nitidez al espejo, la figura comienza a desaparecer, borrándose como si cada movimiento de su mano estuviera eliminando poco a poco la pintura de un retrato.
Cuando el reflejo de Sarah desaparece por completo, Elvis rompe a llorar frente al espejo y baja la cabeza, devastado por el dolor.
—No… no… Me estoy volviendo loco… Si eres tú, Sarah… hazme una señal…
El espejo vuelve a empañarse lentamente por el vapor. Y entonces escucha un sonido extraño. El cristal comienza a resquebrajarse, produciendo un sonido similar al del hielo cuando alguien pisa una superficie congelada y esta empieza a agrietarse.
—¿Sarah…? —susurra, paralizado, sin levantar todavía la vista del lavamanos.
Y de pronto la voz regresa. Distorsionada, pero más nítida que antes. Más clara.
—Elvis… no lo hagas… por favor… Debes continuar tu vida… —dice la voz fantasmal.
Él sacude ligeramente la cabeza, impresionado al escucharla.
«Esa voz… Ahora sí… Reconozco ese tono. Es ella» , piensa, sintiendo un fuerte impacto emocional en el pecho.
Consigue reunir la fortaleza necesaria para atreverse a mirar el espejo y levanta la cabeza muy despacio.
Sarah está allí. Su rostro fantasmal refleja un amor inmenso, envuelto en una tristeza desgarradora. Ella alza una mano hacia el espejo, y él hace lo mismo, colocándola junto a la de ella.
Acerca su palma temblorosa contra el cristal.
Pero no llegan a tocarse… El frío que desprende la mano de Sarah atraviesa el cristal como una caricia fresca.
No es cálido, pero resulta agradable. Al sentirlo, los labios de Elvis comienzan a temblar, a punto de romper de nuevo a llorar.
En vida pudo experimentar el calor de su cuerpo cuando estaba junto a ella y ahora experimenta una sensación completamente opuesta, pero igual de emocionante. Siente su frío.
Como si fuese la temperatura de una mujer hecha de hielo.
—No te vayas más… Te echo de menos… —balbucea él, con las lágrimas cayendo sin control.
Ella ladea la cabeza con suavidad, mostrando una expresión tierna y comprensiva, sin apartar la mirada de él.
Luego su rostro comienza a desvanecerse, deshaciéndose lentamente en bruma mientras exhala:
—Sé fuerte… —susurra, como un último aliento que se aleja en la distancia hacia otra dimensión.
Elvis parpadea, buscando desesperadamente su reflejo.
—¡Sarah, no te vayas…! —exclama, desolado.