Te declaro culpable CAPÍTULO IV
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CAPÍTULO IV

EL PLAN

Al día siguiente, en la universidad, el profesor Oliver Gray se encuentra en su aula terminando la última clase de la jornada.

A sus treinta y ocho años conserva una presencia que destaca incluso entre el murmullo del campus: delgado, atlético, con ese porte tranquilo que suele atraer más miradas de las que él imagina.

Luce el pelo corto, ligeramente despeinado con cera, y una barba recortada que enmarca unos ojos azules de brillo penetrante.

Sus gafas le aportan un aire intelectual casi magnético.

Viste una camisa blanca de botones, con los dos primeros desabrochados, bajo un suéter azul marino sin mangas que resalta la línea de sus hombros.

Lleva, además, un reloj plateado y unos pantalones beige que se ajustan con naturalidad a su figura.

Es, sin pretenderlo, el profesor por el que medio campus suspira.

—Y recordad, chicos: os queda poco tiempo para terminar el trabajo que os asigné el viernes.

Quiero que lo tengáis listo para el lunes, el del estudio de marketing —recalca mientras cierra un libro de economía y marketing empresarial—.

¿Qué ideas tenéis para revolucionar el mercado actual?

Estoy deseando leer vuestras propuestas, sobre todo las de quienes aspiráis a convertiros en verdaderos expertos del sector.

Ahora podéis iros a casa. Sed buenos —concluye con una broma y un gesto entusiasmado.

Mientras los estudiantes recogen sus cosas, Oliver nota que Elvis ha permanecido completamente ausente durante toda la sesión. Con el ceño fruncido, se acerca al joven y le posa una mano sobre el hombro.

—¿Va todo bien, Elvis? —pregunta preocupado, con voz suave—. ¿Ha pasado algo en casa o en tu entorno que te esté afectando?

El joven no responde y evita la mirada del profesor mientras guarda sus materiales en la mochila. Está pálido, con ojeras, y se nota a distancia que no ha pegado ojo durante días. Su lenguaje corporal transmite un desasosiego profundo.

Algunos compañeros lo observan con inquietud.

—¿Qué le pasa a Elvis? —murmuran entre ellos.

Solía ser un chico alegre, bromista, sociable y algo arrogante —como casi todos los del equipo de fútbol universitario—, además de destacar por su talento natural para los deportes.

Ahora, en cambio, parece apagado, sin rastro de motivación.

Oliver se sienta sobre la mesa situada frente a Elvis e insiste una vez más:

—Me preocupa tu bienestar, Elvis. Parece que no has descansado bien. Quiero que sepas que estoy aquí para ayudarte en lo que necesites. Para lo que necesites —repite, enfatizando cada palabra de la frase.

Mientras los demás van saliendo del aula, se escucha el comentario de una compañera que trata de bromear sin medir demasiado la situación:

—Búsquele una chica, profesor, a ver si le levanta el ánimo… ¡y algo más! —murmura entre risas.

El profesor hace un gesto de calma con las manos.

—Vamos, chicos, por favor. Sed más empáticos con vuestro compañero.

Elvis, visiblemente agotado, termina de guardar sus cosas y, sin decir una sola palabra ni prestar atención al profesor, sale del aula con paso rápido, totalmente frustrado.

Rebeca, que todavía permanece sentada varias filas más atrás, observa la escena boquiabierta.

No se había percatado del estado de su amigo hasta ese momento.

Al ver el rostro de Elvis, que parece estar peor que la última vez que lo vio, y escuchar el breve monólogo del profesor, convertido prácticamente en un intento fallido de conversación, su inquietud crece.

Sabe que ha estado devastado desde la muerte de Sarah, pero pensaba que poco a poco lo iría superando. Ahora, sin embargo, piensa que hay algo más… algo que no alcanza a imaginar.

Y eso la intriga en gran medida.

Oliver, que ha notado la expresión absorta de la joven, se gira hacia ella y pregunta con curiosidad, haciéndola reaccionar:

—¿Tiene alguna idea de lo que le ocurre a su compañero, señorita Johnson?

—Ehm, no, profesor… —responde ella.

Tras una breve pausa entre ambos, Rebeca pregunta:

—¿Qué medidas piensa tomar?

El profesor se pasa una mano por el rostro, estresado, y responde:

—Hablaré con sus padres.

Oliver se acerca y se agacha frente al pupitre de la joven. Dejando a un lado la formalidad propia de un profesor, apoya un brazo sobre el escritorio, buscando un acercamiento más humano.

—Beca, también estoy preocupado por ti. Sé que la pérdida de tu hermana ha sido un golpe durísimo.

Me consta que tu rendimiento ha bajado considerablemente, y eso es completamente comprensible…

No quiero que te agobies por eso ahora. Pero, si crees que necesitas más tiempo para ti, para recomponerte emocionalmente, por favor, dímelo.

Te garantizo que podemos explorar opciones para que tomes una pausa y retomes los estudios cuando te sientas preparada. El centro te apoyará. Cuenta con ello.

Rebeca no presta atención a lo último que le dice su profesor. Su mente está centrada en su amigo, en cómo lo ha visto salir de clase. Y, como verdadera amiga, no piensa dejarlo solo en esas condiciones.

Elvis necesita ayuda urgentemente.

—Ehm… perdón, profesor… Tengo algo de prisa, disculpe —dice con voz apresurada.

Coge su mochila y sale del aula casi corriendo, esperando alcanzar a Elvis antes de que desaparezca entre los pasillos.

—Pero… ¡señorita Johnson! —exclama el profesor, sorprendido al verla marcharse a toda prisa—.

Pero… ¿qué le ocurre? ¿Es que nadie va a hablar conmigo solo porque soy el profesor?

Parece que todos los jóvenes piensan que la gente mayor no los entiende, un rasgo muy común hoy en día.

En fin, eso me dificultará aún más poder hacer algo por ellos —murmura Oliver.

Mientras Oliver permanece por un momento reflexionando en voz alta y en solitario, uno de los últimos estudiantes que se dispone a abandonar el aula lo mira    desconcertado y pregunta:

—¿Con quién está hablando… profesor?

Oliver dirige la mirada hacia el alumno y hace un gesto con la mano en plan: «Olvídalo».

Rebeca irrumpe en el pasillo con el corazón acelerado.

Entonces, entre toda la multitud, logra ver a su amigo a lo lejos, girando por una esquina justo antes de desaparecer de su vista.

Ella echa a correr tras él, esquivando a estudiantes que caminan distraídos por el pasillo y dificultan su avance.

—¡Elvis! —grita desesperada mientras intenta abrirse paso entre los estudiantes y algún que otro tropiezo—. Disculpen… ¡déjenme pasar, por favor! ¡Elvis, espera!

Pero él no logra escuchar su llamada y acelera el paso hasta doblar la siguiente esquina.

El pasillo se llena cada vez más de gente a medida que los estudiantes salen de otras aulas y se aglomeran en los pasillos. Rebeca empieza a perder su rastro.

El ruido, las mochilas chocando, las risas, las conversaciones y los gritos despreocupados impiden que Elvis se percate de su presencia.

Por más que gira la cabeza de un lado a otro, Rebeca ya no consigue distinguir a su amigo entre los estudiantes.

—¡Mierda, lo he perdido, joder! —murmura entre dientes, frustrada consigo misma por no haber reaccionado a tiempo.

Al girarse, Rebeca tropieza con Colin, haciéndole caer la carpeta y los libros.

—¡Dios, Colin! Perdóname —dice ella mientras se agacha para recogerlos.

—¡Ey, Beca! No te preocupes. ¿Estás bien? —pregunta él con esa sonrisa de siempre que le endulza el rostro—. ¿Sigue en pie lo de esta tarde?

—¿Lo de esta tarde…? —pregunta ella, sin recordar la quedada en ese momento.

—Es viernes. Habíamos quedado, ¿recuerdas? —dice, guiñándole un ojo.

Rebeca lo recuerda como si se le encendiera una bombilla de repente y, avergonzada, todavía jadeando, responde:

—Ah… Es verdad, claro. Sí, nos veremos allí. Tengo que irme, Colin.

—¿De verdad estás bien? Te noto estresada —pregunta, extrañado, aunque manteniendo su rostro afable de siempre.

—No es nada, de verdad. Luego nos vemos, ¿vale? —dice ella, despidiéndose mientras avanza por el pasillo a paso ligero.

Pero su mala racha continúa cuando, al girar en la siguiente esquina, tiene la mala suerte de encontrarse cara a cara con Layla.

—¡Ay, no! ¡Justo lo que me faltaba! —exclama, alzando la mirada hacia arriba con una mezcla de sorpresa y desagrado.

Layla se queda perpleja, con una expresión algo incómoda e insegura. No está muy segura de si huir o enfrentarse a ella.

Pero Rebeca reacciona con rapidez y la esquiva sin mirarla, ignorándola por completo y sin darle oportunidad siquiera de dirigirle la palabra, como si fuera solo un obstáculo más en su camino.

Layla, herida en su orgullo, intenta detenerla:

—¡Espera! —dice, elevando la voz con cierta timidez.

Rebeca se detiene un segundo, se gira… y le dedica un dedo corazón clarísimo. Un gesto seco y rotundo, sin posibilidad de interpretaciones amables. Layla se queda boquiabierta y, llena de indignación, hincha los cachetes de rabia antes de perseguirla con paso rápido.

Rebeca siente que viene detrás de ella y, sin querer armar un escándalo, entra directamente en la biblioteca.

Por fin, un poco de paz.

El aire allí es distinto: fresco, silencioso y denso, sin nadie a su alrededor. Camina hasta una mesa libre, deja caer la mochila encima y se sienta en la silla, agotada y frustrada, tratando de calmar su agobio.

«Cada día aquí va a ser peor que el anterior…» , piensa mientras suspira.

Luego cierra los ojos, se presiona las sienes con los dedos haciendo pequeños círculos y respira hondo para calmar los nervios.

—Céntrate, Rebeca… Solo céntrate —murmura para sí misma.

Cuando vuelve a abrir los ojos… Se encuentra con una sorpresa desagradable. Sentada frente a ella está Layla de nuevo, con cara de enfadada. Y, a su lado, Brenda, su inseparable nueva secuaz.

—¿En serio? ¿Me estás siguiendo? —espeta Rebeca, conteniendo el volumen de su voz—. Pero… ¿¡qué diantres quieres de mí?!

Y, sin pensarlo, antes de que Layla pueda decir nada, le propina una patada disimulada por debajo de la mesa, directamente en la espinilla.