Te declaro culpable CAPÍTULO III #3
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CAPÍTULO III #3

Él también la contempló en silencio. La fuerza de su mirada, todavía marcada por aquellas pupilas dilatadas, lo intimidaba y lo atraía al mismo tiempo.

Su piel permanecía humedecida por pequeñas perlas de sudor y algunos mechones sueltos de su cabello desprendían el aroma afrutado de su crema capilar.

Era como pintar en su mente un cuadro de la mujer más hermosa que había conocido en su vida, sintiendo por primera vez que ella lo era todo para él… y que él lo era todo para ella.

El recuerdo se desvanece, devolviéndolo al presente, donde Elvis continúa llorando desconsolado en la bañera.

La fotografía permanece en la pantalla de su teléfono y las manos le tiemblan mientras se derrumba emocionalmente.

La radio de la minicadena, colocada en una de las estanterías junto a él, reproduce a bajo volumen una melodía de country/rock, impregnando el ambiente de una nostalgia y una tristeza que le recuerdan a la música que sonaba en su descapotable cuando viajaba con Sarah, haciendo que su dolor se acentúe todavía más.

Sin poder soportarlo más, se incorpora lentamente hasta ponerse de pie dentro de la bañera.

Con las manos trémulas, agarra la minicadena del estante de al lado, que está conectada a la toma de corriente y, totalmente decidido, la sostiene, preparado para dejarla caer dentro del agua y terminar así con su sufrimiento de una vez por todas.

«Se acabó… Quiero que este dolor desaparezca ya» , susurra, derrotado.

Al soltar el aparato, la música se detiene al instante, justo antes de que la carcasa toque el agua. Elvis cierra los ojos, preparado para sentir una descarga recorrer su cuerpo, imaginando que aquello terminará con su vida y lo liberará de un sufrimiento atroz que ya no puede soportar.

Pero, inexplicablemente, no ocurre nada.

No siente ninguna sacudida eléctrica a pesar de que la minicadena está sumergida a sus pies.

Continúa con vida.

¿Cómo es posible?

Entonces comienza a temblar de frío y su respiración se vuelve nerviosa y descontrolada. La piel se le eriza al notar claramente que la temperatura ha descendido de golpe. El baño se convierte en una cámara frigorífica y cada exhalación libera una pequeña bruma de vapor.

Confuso por la situación, decide salir de la bañera y se ajusta una toalla blanca alrededor de la cintura, cubriéndose hasta las tibias.

Da un paso hacia el lateral del estante, una zona que antes no alcanzaba a ver, y, al mirar el enchufe, descubre que el cable de la minicadena está desconectado de la pared.

¿Cómo es posible que se haya desconectado justo en el instante en que la radio estaba a punto de tocar el agua?

El cable es lo suficientemente largo como para no haberse soltado por sí solo.

Sobre el pequeño estante donde antes se encontraba la radio hay un espejo completamente empañado… salvo por la huella reciente de una mano marcada sobre el cristal.

Elvis queda impactado al descubrirla. Acerca su propia mano y la coloca sobre aquella marca para comparar el tamaño.

La huella es claramente más pequeña que la suya.

Elvis gira lentamente la cabeza hacia la entrada del baño. El pasillo está oscuro.

Frente a él, inmóvil en medio de la penumbra, se encuentra una figura femenina de melena larga y desgreñada, completamente empapada, con el agua goteando desde sus extremidades hasta el suelo.

Se parece a Sarah… Pero tiene un aspecto tétrico. Su piel es pálida, fantasmal.

De pronto, la figura alza las manos y se abalanza hacia él levitando. Durante unos segundos, Elvis consigue distinguir su rostro con mayor claridad: sus ojos son completamente negros y su expresión refleja una angustia profunda, cargada de temor y desesperación.

—¡No lo hagas! —grita con un lamento fantasmal, arrastrado por un eco distorsionado de ultratumba.

Elvis se sobresalta, impactado, y se cubre el rostro con los brazos. Al intentar retroceder, resbala y cae de culo al suelo, quedando sentado contra la bañera.

Cuando vuelve a mirar al frente, casi sin aliento y con una expresión de absoluto asombro, la figura ya no está allí.

Mira a su alrededor y se levanta deprisa, haciendo que la toalla se desprenda parcialmente de su cintura. Se asoma al pasillo… Pero no hay nadie.

Aquella figura fantasmal ha desaparecido sin dejar rastro alguno, salvo por la misteriosa huella marcada en el espejo.

De pronto, sobre él, el techo del baño emite una intensa luz blanca que lo obliga a entrecerrar los ojos. Elvis parpadea mientras aquella claridad se descompone en motas brillantes que se dispersan lentamente, abandonando el baño como si fueran arrastradas por una suave corriente de aire.

Después de que el extraño fenómeno termine, la temperatura vuelve a su estado habitual de manera casi instantánea.

Ahora, Elvis, abrumado por aquella extraña experiencia sobrenatural, se cuestiona seriamente si lo que acaba de suceder ha sido real… o si está perdiendo la cabeza.

Aun así, no puede ignorar la posibilidad de que aquella aparición haya sido, sin ninguna duda, una manifestación de Sarah desde el más allá…

Impidiéndole que acabara con su vida.