Te declaro culpable CAPÍTULO III #2
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CAPÍTULO III #2

La camarera, maquillada y con el radar abierto aquella noche, se acercó con una sonrisa desbordante de simpatía.

—Por supuesto que sí, guapo. Cuando termine mi turno… ¿vamos a tu casa o prefieres la mía, cariño?

Edward se aclaró la garganta, incómodo, y respondió:

—No, disculpa… No es eso. Eres muy atractiva y tal, no te lo tomes a mal, pero no eres mi tipo.

La camarera frunció el ceño, dolida por el rechazo.

—¿Pero tú de qué vas? ¿Te gusta ilusionar a las mujeres y luego pasar de ellas? ¿Eso te hace sentir importante, capullo? ¡¿Qué demonios queréis los hombres?!

Rebeca y Colin bajaron la mirada con una sonrisa que decía: «Esto será divertido».

Edward suspiró.

—¿Sabéis qué? Casi mejor tomaré cerveza en botellín. Solo le quitan la chapa y me evito los fluidos bucales —dijo con resignación humorística.

Sarah pidió cuatro chupitos de licor de caramelo para brindar con sus amigos y su hermana.

Justo después del trago, Elvis apareció tras ella y la cargó al hombro como si fuese un peluche gigante.

—¡Ey, preciosa, tenemos cosas pendientes! —exclamó Elvis con tono juguetón.

—¡Socorrooo! ¡Me secuestran! —gritó Sarah entre risas, estirando los brazos hacia sus amigos mientras fingía pedir ayuda.

Colin miró nervioso a Rebeca, buscando conectar con ella.

—¿Bailamos? —preguntó amablemente.

Al oír la pregunta, ella tragó torpemente un sorbo de su copa y comenzó a toser.

—Yo no sé bailar, Colin… y soy muy tímida —confesó, sonrojada.

—No pasa nada. Entonces… ¿os parece si vamos a una mesa VIP? Allí estaremos más tranquilos. Te pediré otra copa… y un cubo de cervezas con hielo para mí y Edward —propuso con cortesía.

Los tres aceptaron marcharse de la barra para buscar un ambiente más privado.

Cuando Colin se alejó para pedir las bebidas, Edward se dirigió a Rebeca y le preguntó en voz baja:

—Beca… ¿por qué no bailas con Colin? ¡Está buenísimo! Es una lástima que no sea mi tipo. ¡Fíjate! Tu hermana se lo está pasando en grande. ¿Y tú qué? ¿Eres la monja del club?

—No es eso, Edward… —murmuró Rebeca, bajando la mirada.

—¿No será por lo de Kevin? —la interrumpió justo cuando ella iba a continuar.

Rebeca asintió, confirmando su sospecha.

—Ay, no. Olvídate de ese idiota. Nunca te supo valorar. Colin es un buen chico y, además, es tu amigo. No te cierres oportunidades, nena.

—Lo sé… pero me cuesta confiar, Ed… —admitió.

Edward dio un trago y negó con la cabeza.

—Hazle caso a tu hermana… y sácalo a bailar. Que, si no, lo caza otra.

Rebeca sonrió, agradecida por su consejo.

La madrugada llegó con un agradable aire fresco sobre la ciudad. Elvis y Sarah dejaron atrás el ruido del club y subieron en el descapotable hasta la cima de la misma colina donde habían estado aquella tarde, un lugar donde la intimidad parecía haberlos estado esperando pacientemente.

Se encontraban juntos en el descapotable, con el motor apagado y el cielo estrellado extendiéndose sobre ellos bajo la luna menguante. Un suave viento nocturno jugaba con el pelo de Sarah y, abajo, al pie de la colina, las luces de la ciudad parpadeaban, creando una vista hermosa.

Ella se inclinó hacia Elvis con un movimiento lento y cariñoso, apoyando la cabeza sobre su hombro y una mano sobre su pecho, sintiendo los latidos de su corazón. Él percibía el calor de su palma atravesando la camiseta, encendiéndole la piel y despertando su deseo.

Elvis respondió por puro instinto. Sin pensarlo, la atrajo hacia sí con una mano en la nuca y la otra en la cintura, acercándola hasta que sus labios se encontraron en un beso dulce que les nubló los pensamientos desde el primer roce.

La barba de tres días de Elvis la volvía loca, y Sarah suspiró contra su boca, un suspiro que aumentó la temperatura entre ambos.

La joven hundió los dedos en su cabello, acariciándolo mientras el beso se volvía cada vez más intenso.

Elvis reclinó los asientos y la luz plateada de la luna se extendió sobre ellos, envolviéndolos en un ambiente que parecía hecho para aquel momento.

Sarah se acomodó sobre él, arqueando la espalda con una sensualidad espontánea.

Luego ladeó la cabeza para besarle el cuello con pequeños y tiernos mordiscos, provocándole ligeras sensaciones que hacían temblar a Elvis desde el estómago hasta las piernas, como si cada roce activara todos sus nervios.

Él deslizó las manos por su espalda, sintiendo cada centímetro de su piel y explorando cada curva.

—Quiero más contigo… Quiero hacerlo, Elvis —murmuró al oído, arrastrando la voz y sintiendo que la magnitud del momento la desbordaba, dejándose llevar por un deseo que se abría paso a través de ella.

Sarah echó ligeramente la cabeza hacia atrás, lo justo para contemplar su rostro a medio palmo de distancia. Sus miradas se encontraron, con las pupilas dilatadas, como si pudieran contemplarse el alma desnuda.

Ella tenía las mejillas ardientes y los labios entreabiertos. Su belleza y aquella mirada embriagada atraparon a Elvis al instante, dejándolo completamente prendado de ella.

Sin decirse nada, lo dijeron todo.

Ambos cedieron para dar el siguiente paso.

Ella le desabrochó el pantalón y luego, abriendo las piernas, se incorporó sobre él y lo sintió entrar despacio y con cuidado.

En ese instante, inhaló una bocanada de aire agitada y profunda que retuvo en los pulmones mientras se estremecía ante aquella intensa sensación de placer.

Después de la penetración, una oleada de gemidos brotó al ritmo de sus movimientos.

Ella danzaba con las caderas, colocando las manos alrededor de su nuca, mientras él la sostenía firmemente por la cintura. Tras unos instantes en aquella posición, Elvis se incorporó con suavidad, acercándose a ella hasta que sus labios besaron sus senos.

Sarah bajó los brazos y lo envolvió con delicadeza, sintiendo cómo él recorría su piel con besos lentos: desde el pecho hasta la clavícula y, desde allí, hasta el punto exacto de su cuello que despertaba en ella un dulce temblor.

Sus bocas volvieron a encontrarse, hambrientas y húmedas. Ella apoyó la frente contra la suya, compartiendo el mismo aire mientras se movían con mayor intensidad, perdiéndose por completo en las sensaciones del otro.

Cuando alcanzaron el clímax, se besaron con pasión, sintiendo algunas de las emociones más intensas de sus vidas.

Luego, una lágrima cayó de uno de los ojos de la joven y se fundió con las pequeñas gotas de sudor que cubrían sus mejillas todavía ruborizadas mientras susurraba:

—Te amo…

Sarah acarició el rostro de Elvis con miedo de perder aquello que estaban construyendo juntos y, después, dibujó en la comisura de sus labios una sonrisa muy dulce.