CAPÍTULO III
VISIONES DEL MÁS ALLÁ
Dos días después... (Casa de Elvis)
En la foto aparecen Rebeca, Sarah, Edward, Colin y él mismo: cinco adolescentes unidos por una alegría genuina y unas ganas infinitas de vivir.
Están en una colina que ofrecía unas vistas impresionantes de la ciudad, reunidos alrededor del descapotable blanco de Elvis, el coche que su padre le regaló al cumplir la mayoría de edad.
—¡Sandíaaa! —gritaron todos a coro, animados y posando para la foto que inmortalizó aquella tarde.
Fue una aventura épica para el grupo, llena de bromas, complicidades y risas capaces de resonar en cualquier lugar donde pusieran un pie.
El almuerzo fue igual de memorable: comieron en un restaurante de buena calidad que Edward había recomendado y que terminó conquistándolos con sus productos frescos y el excelente sabor de sus platos, convirtiéndose en una experiencia espléndida para el paladar.
Rebeca se agarró a los brazos de Edward y Colin, mientras Sarah abrazaba a Elvis por detrás, rodeándole el cuello con ambos brazos. La luz cálida del atardecer envolvía sus rostros con un tono dorado. Era la hora perfecta para una sesión de fotos que parecía sacada de un estudio profesional.
Ese fue el primer día en que todos salieron juntos y también el día en que Edward, el amigo de las hermanas, conoció a Colin y a Elvis. La conexión entre ellos había sido inmediata.
Aquella tarde también despertó emociones nuevas.
Era un momento que tanto Sarah como Elvis llevaban tiempo deseando.
Entre ellos, la atracción era evidente, feroz y magnética.
Desde que se planeó la salida, no habían dejado de enviarse mensajes subidos de tono, cargados de coqueteo e insinuaciones eróticas.
Cuando cayó la noche, se dirigieron a un club que Sarah, Rebeca y Edward frecuentaban algunos fines de semana: La Rana Borracha . Era un local con buena música, sofás amplios y un ambiente vibrante donde resultaba fácil relajarse y dejarse llevar.
En la pista, Elvis y Sarah se movían bajo las luces siguiendo el ritmo de la música, atrapados en su propio universo e intercambiando miradas que decían mucho más que cualquier palabra. Sus cuerpos bailaban tan cerca que el deseo parecía rodearlos como un halo.
Mientras tanto, Rebeca, más tímida, permanecía en la barra saboreando un cosmopolitan, acompañada por Edward y Colin. Entre los tres fluía una conversación espontánea, mezclada con carcajadas y chismes sobre sus vidas.
—Hay que ver… Si se acercan un poco más, el aire va a empezar a cobrar entrada —comentó Edward, señalando a Sarah y a Elvis con un leve gesto de la cabeza.
—Sí, llevan días tonteando por teléfono —añadió Rebeca—. La verdad es que tienen una química increíble.
—¿Pero creéis que acabarán juntos? Quizá me equivoque, pero pienso que será un desliz de un par de meses. Desde que lo conozco, Elvis no es la clase de tío que se compromete de buenas a primeras —opinó Colin.
—Eso solo lo sabe el tiempo, amigo mío —respondió Edward—. Pero está claro que la noche les promete.
Colin asintió mientras observaba a la pareja en la pista de baile. De pronto, una voz peculiar comenzó a acercarse hacia donde estaban ellos:
—¡Ey, hola, Beca! ¿Me recuerdas? —gritó un barman recién incorporado a su turno, acercándose a ellos con entusiasmo.
Rebeca lo miró, intentando ubicarlo en su memoria. El rostro le resultaba familiar, pero no conseguía recordar de qué o de dónde lo conocía.
—¡Chica, que soy yo! ¡Robert, tu antiguo vecino! ¿Ya te has olvidado de mí? —dijo con alegría mientras Edward lo observaba con una ceja arqueada.
Rebeca parpadeó mientras el recuerdo se aclaraba en su mente. Finalmente lo reconoció y le devolvió un saludo amistoso.
—¡Robert! ¡Madre mía, cómo has cambiado! ¡Qué guay verte!
—¿Cómo estás, nena? ¿Qué tal la vida en California? ¡Oye, que cuando os mudasteis ni tú ni tu hermana os despedisteis! ¡Qué poca educación! —bromeó Robert, fingiendo estar ofendido.
Rebeca sonrió tímidamente al recordarlo.
—Ay, Robert… Lo siento. A mi hermana y a mí no se nos da bien eso de las despedidas. Somos unas blandas.
—Ja, ja, tranquila, mujer, ¡que estoy de coña! Por cierto, estás como un tren, ¿eh? Cuéntame… ¿Qué es de tu vida? ¿Estás en el mercado del amor? —preguntó con un descaro amable.
Edward lo miró con desconfianza, analizando cada gesto, sin terminar de gustarle el lenguaje corporal del chico. Rebeca, en cambio, se sintió abrumada por la avalancha de preguntas y por aquella forma tan brusca de cortejarla, pero respondió sin darle demasiada importancia:
—Uff, qué va. Michael se pondría celoso si le doy cariño a otro —dijo, intentando frenar el ligoteo.
—¿Michael? ¿Quién es Michael? —preguntó Robert, mirando de un lado a otro entre los tres.
—¡Es su perro! —intervino Edward con tono cortante.
Rebeca y Colin se rieron con disimulo. Robert, algo perdido, terminó riendo también.
—Bueno, nunca se sabe, Beca. ¿No has pensado que esta noche podría ser mágica...? Ya me entiendes. Yo estoy soltero, tú estás soltera. A lo mejor conectamos. Nunca tuvimos la ocasión de conocernos más a fondo. Este reencuentro podría significar algo, ¿no crees? —insinuó Robert.
Ella bajó la mirada hacia su copa durante unos instantes, nada convencida por las palabras de su antiguo vecino.
—Robert… La verdad es que ahora mismo me siento muy a gusto estando soltera, con mi cosmopolitan y mis amigos. No creo que esta noche me depare nada romántico —respondió con elegancia y sin perder la sonrisa mientras saboreaba su cóctel con una pajita.
Robert aún no parecía dispuesto a rendirse e insistió:
—Vamos, nena, date una oportunidad de conocerme mejor. Te lo mereces. Soy mucho más interesante de lo que parezco; que no te engañen mis zapatos de velcro —dijo, retomando su tono de ligón.
Edward miró hacia sus zapatos por curiosidad y, efectivamente, eran de velcro. Luego resopló, cansado ya de su insistencia, y lo espantó con brusquedad:
—Ya te ha dicho que no, pesado. ¿Acaso no tienes copas que servir? —intervino, rescatando a Rebeca.
Robert asintió, algo desencajado, con una risa forzada, y regresó a su trabajo. Rebeca le lanzó a Edward una mirada cómplice de agradecimiento, mientras Colin le ofrecía otro cosmopolitan al ver que su copa estaba casi vacía.
Edward se rascó la nuca, pensativo, y comentó:
—Ehm… chicos, ¿me hacéis el favor de pedirme vosotros la próxima copa? Ese tío va a escupir en ella, os lo digo yo —dijo entre risas.
—No parece mal tipo… —señaló Colin.
—Colin, fíjate bien en su lenguaje corporal —dijo Edward, inclinándose hacia él mientras le pasaba el brazo por encima—. Mira su postura, ¿lo ves? Está rígido… y aprieta la mandíbula cada vez que finge esa sonrisa falsa cuando nos mira. Eso es frustración disfrazada de cortesía.
Colin observaba con interés y asentía mientras Edward continuaba resaltando lo que, para él, era evidente.
—El rechazo le escoció y que yo interviniera… bueno, eso me pintó una diana en la frente, por decirlo de alguna manera. Esa es la cara de un camarero con el orgullo herido, amigo mío. Y cuando un camarero se siente humillado… su venganza siempre viaja en el vaso.
Colin soltó una carcajada incrédula.
—¡Venga ya, hombre! ¿Cómo puedes saber todo eso con solo observarlo? Se vio a la legua que ese chaval no te agradó desde el principio. Déjale en paz.
—Lo digo en serio… Leo las señales del lenguaje corporal. Todo está en los gestos —insistió Edward.
—Lo siento, pero no me lo creo —dijo Colin, haciendo un gesto de negación con la mano.
—¡Que sí! —protestó Edward.
Rebeca intervino, intrigada:
—No sé, Ed… ¿De verdad crees que haría algo así?
Colin se lo pensó durante un instante y propuso:
—Vale. Hagamos un trato. Si alguna vez vemos que ese tío escupe en la copa de alguien, te doy cien pavos. Pero si dentro de un mes, después de todas las veces que vengamos aquí, no lo ha hecho… me los das tú a mí. ¿Trato? —preguntó, extendiéndole la mano.
Edward aceptó al momento con un buen apretón, completamente convencido.
Mientras los tres comentaban la apuesta entre risas, Sarah apareció en la barra irradiando energía.
—¡Rebe, tía! ¿Qué haces ahí plantada? ¡Parecéis momias en una discoteca! ¡Vamos a bailar, que la música está cañera! —dijo, lanzando una discreta mirada a Colin, como quien deja caer una indirecta en bandeja.
Rebeca sonrió al entender el mensaje.
—¡Yo no sé bailar! ¿Dónde está Elvis? —preguntó, sacándole la lengua en broma.
—Elvis se ha ido al lavabo… a retocarse el tupé —bromeó Sarah, provocando carcajadas.
—¡Tía, lo que te faltaba ya por soltar! —dijo Edward sin parar de reír.
Sarah levantó la mano para llamar a Robert, sin reconocer todavía que se trataba de su antiguo vecino de la infancia, pero él estaba discutiendo con otra chica.
Edward observó cada movimiento de Robert con atención, con los ojos entornados y absoluta desconfianza.
—¡Vaya! ¿Quién te has creído que eres para rechazarme así? —le espetó Robert, con el ego dolido por segunda vez en aquella misma noche—. ¡Tampoco eres para tanto!
La chica, ya cansada y molesta, replicó:
—Cállate ya y prepárame mi copa. Mis amigas me esperan, y a ver si esta noche me toca un hombre de verdad.
Robert se giró de espaldas para preparar el cóctel, echó una mezcla de zumos y, justo antes de cerrar la coctelera para agitarla, dejó caer una flema dentro con disimulo.
Edward, Colin y Rebeca lo vieron todo desde la barra.
Rebeca y Colin se miraron boquiabiertos, como si necesitaran confirmar mutuamente que acababan de presenciar aquello. Edward, sin embargo, no se mostró sorprendido. Se limitó a asentir, confirmando lo que ya imaginaba que ocurriría tarde o temprano.
Colin sacó la cartera y extrajo un billete de cien para pagar su apuesta, dejándolo caer en la mano de su amigo, todavía sin salir de su asombro.
—Oye, Sarah… mejor llama a la camarera, no al barman —advirtió Edward.
Pero él mismo tomó la iniciativa y llamó a la camarera.
—Oye… ¿te importaría atendernos tú esta noche?