Te declaro culpable CAPÍTULO II #5
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CAPÍTULO II #5

La única clavija que ocupa la toma de corriente es el cargador del móvil de Annika. Ella debió de desenchufar el televisor para cargar el teléfono y David no se había dado cuenta hasta ese momento.

Una pregunta comienza entonces a abrirse paso en su mente.

¿Cómo es posible que la televisión estuviera funcionando cuando llegó a casa si ni siquiera estaba conectada?

David permanece varios segundos mirando el enchufe.

Finalmente conecta el plasma a la corriente. La imagen regresa al instante. Pero, de inmediato, ocurre algo todavía más extraño. Los canales comienzan a cambiar sin control, como si alguien invisible estuviera manejando el mando a distancia. Cada salto es más rápido que el anterior.

—¡Basta ya, joder! ¡¿Quién está haciendo esto?!

David arroja con frustración el botellín de cerveza contra el suelo, haciéndolo añicos.

Los canales continúan cambiando sin parar hasta alcanzar una velocidad frenética.

Las luces de la casa comienzan a parpadear, acompañadas por un zumbido eléctrico.

Abrumado por lo que está sucediendo, David queda paralizado mientras el pulso se le acelera al mismo ritmo que la respiración.

Tras unos instantes completamente estupefacto, reacciona y se lanza hacia el pasillo a toda prisa.

Las luces se encienden una tras otra a su paso, como si la propia casa lo siguiera.

Desciende las escaleras del sótano, tropezando ligeramente en uno de los escalones, decidido a alcanzar su escopeta, colocada sobre un soporte clavado en la pared.

La bombilla colgante oscila con brusquedad. Su luz vacilante arrastra las sombras de los muebles de un lado a otro, deformándolas cada vez que la lámpara se balancea.

Cuando regresa al piso principal, recorre la casa con la escopeta entre las manos, inspeccionando cada rincón con los nervios a flor de piel.

No encuentra señales de que nadie haya entrado.

Sin embargo, aquella ventana que se abrió de golpe continúa atormentándolo.

¿Alguien pudo entrar… y marcharse sin dejar rastro?

Al detenerse junto al termostato, descubre que la temperatura de la casa ha bajado cuatro grados en apenas unos minutos.

Todo parece estar fuera de lugar.

Sin pensárselo más, agarra el teléfono y llama a la policía.

Poco después, dos agentes uniformados llegan a la casa. Uno es un cincuentón experimentado, con algo de barriga, pelo canoso y bigote. El otro es más joven, de pelo castaño, afeitado y complexión atlética.

Tras revisar toda la vivienda, confirman que todo está en absoluta calma.

Ninguna bombilla parpadea. Nada se mueve de manera extraña. El televisor permanece encendido sin dar problemas, como si nada hubiera ocurrido.

Los policías inspeccionan habitación por habitación en busca de algún intruso o dispositivo remoto capaz de controlar los aparatos electrónicos, pero incluso el sótano parece completamente normal.

—Aquí no hay rastro de nadie, señor Hudson —dice el agente mientras revisa por última vez el pasillo—. Lo más probable es que se trate de algún problema eléctrico. Quizá un cortocircuito causado por un roedor dentro de las paredes.

—Pero, agente, le digo que esa ventana del pasillo se abrió de golpe —replica David, señalándola con el dedo—. ¿Me está diciendo que nadie pudo entrar por ahí? Esa ventana es pesada. El viento no la abre así como así. Y yo no creo en fantasmas, ¿comprende?

El agente intercambia una rápida mirada con su compañero antes de responder:

—Lo entiendo, pero no vemos signos de que haya sido forzada. No se preocupe. Mañana solicitaré a un equipo de investigadores forenses que venga a recoger huellas de la ventana.

David lo mira, desconcertado.

—¿Harán eso?

—Pues claro que no, hombre. Solo era una broma —responde el oficial mientras su compañero contiene una sonrisa—.

Oiga, tranquilícese. Cierre esa ventana con el pestillo y, si vuelve a ocurrir algo extraño que pueda parecer una intrusión, avísenos.

También le recomiendo que desconecte el Bluetooth de sus dispositivos por si alguien estuviera intentando acceder a ellos por ese medio.

Esta es una zona tranquila. Apenas tenemos problemas de robos o intrusiones.

Y en las casas antiguas tampoco es extraño que los roedores terminen causando algún que otro desastre eléctrico.

David acompaña a los agentes hasta la puerta. Antes de marcharse, uno de ellos añade:

—Si vuelve a tener algún problema eléctrico, llame a un electricista o a una empresa de control de plagas. Nosotros llevamos placa y pistola, no una caja de herramientas —bromea el agente.

David esboza una sonrisa tensa.

—Sí, claro. Muchas gracias, agentes.

—Que tenga buena noche, señor Hudson —dice uno de ellos antes de darse la vuelta y regresar al vehículo.

David espera hasta que se alejan y cierra la puerta.

—Imbécil… —masculla por lo bajo.

Durante los dos días siguientes, los fenómenos se repiten sin darle tregua.

Las luces parpadean a cualquier hora. El televisor cambia de canal por su cuenta y, cada noche, David siente como si la casa tratara de murmurarle algo que no consigue interpretar. Apenas ha podido dormir en varias noches.

Llama a la compañía eléctrica y manda sustituir el cuadro eléctrico por uno más moderno. Pero nada cambia.

Ya al límite, vuelve a llamar a la compañía. Extremadamente alterado, camina de un lado a otro del salón hasta donde se lo permite el cable en espiral del teléfono fijo.

—¡¿Ah, sí…?! ¡Pues su empleado ha hecho un trabajo pésimo! ¡Exijo que lo comprueben y se hagan responsables! —brama David.

Al terminar la llamada, estrella varias veces el auricular contra la base del teléfono, haciendo temblar el cable.

—¡Mierda, mierda, joder!

Pero, en el fondo, David empieza a temer que aquello no tenga nada que ver con un fallo técnico.

Y esa posibilidad lo inquieta mucho más.