CAPÍTULO II #4
—¿Crees que habrán aprendido la lección?
La secretaria sonrió y contestó:
—Sus métodos son infalibles, directora. Me alegra que al final decidiéramos darles solo un susto. Son buenos niños.
—Tiene toda la razón. ¿Has visto la cara que puso Ed? Le iba a dar un infarto. Y tú deberías ser actriz: lo has hecho de diez. Cobrarías más que aquí —bromeó la directora.
Ambas se echaron a reír mientras la secretaria, algo sonrojada, murmuraba:
—Gracias, directora.
—Y preciosa alianza, por cierto —añadió la directora con admiración genuina.
La secretaria volvió a mirar su anillo, emocionada por la nueva vida que le esperaba.
Tiempo después, los chicos descubrirían la verdad: todo había sido un montaje. El expediente, las amenazas, la posibilidad de que aquello quedara registrado… Todo había sido acordado entre los profesores y sus padres para darles una lección y evitar que siguieran torciéndose.
Rebeca vuelve en sí y parpadea varias veces, regresando al presente mientras observa la fotografía que sacó de su taquilla. Durante unos segundos parece conservar todavía un pie en el pasado. Finalmente guarda la imagen y se dirige a su primera clase del día.
Cuando terminan las clases, intenta desaparecer entre la multitud. Camina de nuevo cabizbaja, igual que cuando entró al campus, esquivando miradas sin levantar los ojos del suelo. Los rumores vuelven a perseguirla como moscas cojoneras.
Sarah, Sarah, Sarah… ¿Es que no tienen otra cosa de la que hablar?
Su nombre se repite como una tortura de la que no puede escapar.
Entonces, una voz masculina conocida rompe aquel infierno de comentarios que le taladran la cabeza.
—Hola, Beca.
La voz hace que se detenga en seco. Al alzar la vista, se encuentra con Colin frente a ella, sonriéndole con una calidez que consigue hacerle bajar los escudos al instante.
Rebeca se recoge un mechón detrás de la oreja y se obliga a sonreír.
Sus nervios, por primera vez en todo el día, comienzan a aflojarse.
—He estado preocupado por ti, Beca. Tratamos de llamarte, pero no contestabas… Solo quería saber si estabas bien —dice él con sinceridad, sin mencionar a su hermana ni mostrar morbo alguno.
Rebeca quiere responder, pero la voz se le queda atrapada en la garganta. Balbucea, sin saber qué decir. Colin continúa hablando con suavidad:
—El viernes, después del entrenamiento, estoy libre. Si no tienes planes… ¿te gustaría que almorzáramos juntos?
Ella asiente con una pequeña sonrisa.
—Perfecto. Nos vemos el viernes, entonces —dice él antes de alejarse.
Ese simple gesto cambia el ritmo de su día. De gris y asfixiante pasa a parecer soportable. Un pequeño rayo de sol entre nubes negras.
Pero la tregua dura poco.
Otra voz familiar, aunque mucho más tóxica, surge a su espalda.
—¡Rebeca! ¡Oye, guapa! Solo quiero que tengas claro que…
Layla. Otra vez. Su voz es un chirrido para sus oídos.
Las palabras de Sarah regresan desde algún lugar cálido del pasado, como una defensa que permaneciera todavía dentro de ella:
«Algún día tendrás que defenderte».
«Tienes que plantarle cara».
«Mientras tú no te defiendas, continuaré haciéndolo yo».
Y antes de que Layla pueda terminar la frase, Rebeca reacciona. Por primera vez, sin temblar.
—¡Vete a la mierda, Layla! —le grita mientras le da un empujón con el hombro y se aleja con paso firme, sin mirar atrás.
Rebeca busca un rincón donde refugiarse hasta que el campus se vacíe un poco. Avanza con la respiración cada vez más agitada. Ya no soporta seguir arrastrando la presión acumulada durante todo el día.
Cuando llega a la zona de las duchas del gimnasio, se deja caer en un rincón, con una rodilla elevada y el codo apoyado sobre ella. Se cubre media cara con una mano mientras intenta domar el aire desbocado de sus pulmones.
«Volver aquí está siendo más duro de lo que pensaba… Este día ha sido una auténtica mierda» , piensa mientras la ansiedad le martillea las sienes.
Entonces, un sonido inesperado la alerta.
No se trata de golpes en las paredes, ni del ruido de las tuberías, ni de nada parecido.
Es… un llanto.
El de alguien que intenta desahogarse en soledad.
Rebeca frunce el ceño y se incorpora despacio, dejándose guiar por aquellos sollozos que se filtran desde el vestuario masculino. No tiene claro si es buena idea acercarse, pero la curiosidad y un atisbo de empatía la arrastran hasta allí.
Cuando asoma la cabeza por la puerta abierta, su mirada tropieza con una figura que conoce perfectamente.
Es Elvis, uno de los amigos del grupo y, sobre todo, una de las personas más cercanas a Sarah. Eran prácticamente inseparables.
Está sentado en uno de los bancos, de espaldas a ella, encorvado, con los codos apoyados sobre las rodillas y las manos cubriéndole el rostro. Su llanto nace de una tristeza profunda, de esas que parecen desgarrar por dentro y dejar una herida abierta en el alma.
La escena desconcierta a Rebeca. Elvis no es precisamente de los que se derrumban con facilidad.
—Elvis… ¿te encuentras bien? —pregunta con suavidad.
Él se sobresalta y, de inmediato, esconde en el bolsillo de su chaqueta algo que sostenía entre las manos. Se seca las lágrimas a toda prisa antes de responder:
—¡Rebeca! ¿Qué haces tú aquí? Yo… pensaba que no había nadie.
—Perdona —susurra ella, retrocediendo un paso—. Tampoco sabía que habría alguien… ¿Quieres que me vaya?
—No, no. No me molestas. Pasa —responde él con un tono más cercano.
Rebeca se sienta a su lado y ambos permanecen en silencio durante unos segundos.
—¿Puedo preguntarte por qué llorabas? —dice ella sin rodeos.
Elvis no responde. Mira al frente con los ojos enrojecidos, como si una parte de él quisiera hablar y la otra prefiriera romperse antes que hacerlo.
Rebeca recuerda entonces el movimiento nervioso con el que ocultó algo en su chaqueta.
—¿Qué te guardaste ahí con tanta prisa? —pregunta con cautela.
Él se tensa, baja la mirada y responde entre dientes:
—No es asunto de nadie, joder…
—Vale… —Rebeca se levanta despacio, dispuesta a marcharse—. No era mi intención incomodarte. A veces soy así de idiota. Lo siento.
—¡Espera, Beca! —exclama él, incorporándose deprisa—. Perdóname… He sido muy brusco contigo. No eres idiota. Quédate, por favor.
Mete la mano en el bolsillo y saca una pequeña caja de joyería.
La abre. Y, dentro hay un anillo de compromiso.
Rebeca se queda pálida al descubrirlo.
La voz de Elvis se rompe cuando intenta explicarse:
—Iba a pedírselo a Sarah. Yo… no sabía si diría que sí, pero quería intentarlo. Era… era la mujer de mi vida. Tenía todo lo que alguien sueña encontrar.
Las lágrimas vuelven a brotar sin control.
Rebeca le rodea los hombros con los brazos, intentando sostenerlo.
—Ey… tranquilo. Pero… ¿de verdad teníais algo tan serio? Estoy muy sorprendida. Ella nunca me contó nada.
Elvis inspira profundamente, tratando de ordenar las palabras.
—Antes de las vacaciones… Sarah me dijo que…
Se detiene, incapaz de continuar.
Rebeca aprieta un poco más el abrazo.
—Shhh… Respira. Cuéntamelo con calma —susurra.
Elvis cierra los ojos, respira hondo y finalmente consigue terminar la frase:
—Me dijo que estaba embarazada.
Rebeca se queda completamente inmóvil.
—Me dio la opción de ser padre o de que ella lo criara sola —continúa él con la voz quebrada—. Entonces nos confesamos lo que sentíamos el uno por el otro. Ella iba a decírtelo durante vuestro viaje…
Hace una pausa, luchando contra el llanto.
—Ese viaje del que nunca regresó.
Rebeca se lleva ambas manos a la boca, sin aliento.
Después vuelve a abrazarlo.
Los dos permanecen allí, aferrados el uno al otro, compartiendo un dolor que ninguno sabe todavía cómo soportar.
David, como cada noche entre semana, llega a casa después de cenar en la cafetería de la gasolinera tras otro día de reparto. Deja las llaves en el cuenco junto a la entrada, enciende la luz del salón y el televisor, y va directo al frigorífico a por una cerveza bien fría.
Luego se deja caer pesadamente en el sofá, agotado por la jornada, y se relaja mientras ve las noticias deportivas.
Al desviar ligeramente la mirada, se encuentra con una fotografía de su hija Annika colocada en un bonito marco sobre la mesa del televisor.
Es una imagen que siempre consigue arrancarle una sonrisa tierna.
Pasada la una y cuarto, comienza a entrecerrar los ojos. Poco a poco se queda dormido, hundido en el respaldo del sofá, hasta que empiezan a escucharse sus primeros ronquidos.
De pronto, el televisor se apaga.
Al mismo tiempo, una de las ventanas del pequeño pasillo se abre aparentemente sola de golpe, produciendo un estruendo que hace que David se sobresalte y se ponga en pie al instante, clavando la mirada en aquella dirección.
El pasillo permanece oscuro, iluminado únicamente por unos tenues rayos azulados de luna que irrumpen a través de la ventana y rasgan la penumbra.
Extrañado de que una ventana tan pesada pueda abrirse sola, incluso con algo de viento, avanza con pasos cautelosos y la cierra de inmediato.
Al regresar al salón, se da cuenta de que el televisor continúa apagado, un detalle que durante el sobresalto ni siquiera había notado.
Lo enciende de nuevo y se acomoda en el sofá, mirando a su alrededor para asegurarse de que nada esté fuera de lugar.
«Annika habrá activado el ahorro de energía en el televisor… Seguro que es eso» , piensa, intentando restarle importancia.
Pero no pasa ni un minuto antes de que la pantalla vuelva a apagarse sin que haya presionado un solo botón del mando a distancia.
David intenta encenderlo varias veces, pero en cada intento la pantalla vuelve a apagarse.
Repite la acción un par de veces más.
Siempre ocurre lo mismo.
—¡Pero qué diantres sucede! ¡Maldita sea!
Arroja el mando sobre el sofá, dándose por vencido, y se dirige hacia el televisor, dispuesto a desenchufarlo y llevárselo al trastero.
Pero al mirar detrás del aparato, se queda petrificado.
El cable del plasma está tirado en el suelo. Desconectado.