Te declaro culpable CAPÍTULO II #3
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CAPÍTULO II #3

Poco después, Edward apareció por el porche de los Johnson. La madre estaba regando las plantas y, al verlo, le dedicó la misma mirada severa que había dirigido a las chicas. Ed se rascó la nuca con una sonrisilla tensa.

—Ey… señora Johnson, ¿qué hay? Hoy luce diferente… ¿Se ha hecho algo en el pelo? —preguntó, haciéndole la pelota.

—Ed… Sueles ser un niño muy tranquilo y responsable —dijo ella con un tono de clara decepción.

Él bajó la mirada, avergonzado. La señora Johnson exhaló y suavizó un poco el gesto.

—Eres su mejor amigo. A ti te escucha. Por favor, ayúdame a que Beca se centre un poco con los estudios. ¿Puedes hacer eso por mí?

—Lo haré, señora Johnson. No la defraudaré. Y… gracias por dejarla salir.

Rebeca salió entonces por la puerta, algo tímida bajo la mirada de su madre.

—Vuelvo en unas horas, mamá —dijo en voz baja.

—¡Id con cuidado! ¡Y vuelve a las siete, ¿me has oído?! —ordenó su madre, alzando la voz mientras continuaba regando las macetas.

Rebeca asintió y se marchó con Ed.

Cuando ya estaban lejos de la casa, él comentó:

—Madre mía… Pensé que a tu madre le saldrían cuernos, echaría fuego por la boca y me calcinaría… o me arrancaría la cabeza —bromeó, intentando animarla.

—Buf… Hoy la liamos a base de bien. Nunca la había visto tan enfadada con nosotras. Me siento muy mal por eso.

Ed la miró sin saber muy bien qué decir y dibujó una mueca de resignación.

—En fin… ¡Tengo una sorpresa para ti, Beca! Vamos un momento a mi casa —dijo emocionado.

Las casas estaban muy cerca la una de la otra; la de Ed se encontraba un poco más adelante que la de Rebeca. Cuando llegaron al garaje, Edward abrió la puerta automática con el mando.

Dentro había estantes llenos de herramientas, latas de aceite y todo tipo de trastos de motor. Rebeca lo miró sin entender qué pretendía mostrarle. Él desapareció detrás del coche y regresó empujando una bicicleta.

—¡Mira, Beca! Mi bici.

Ella ladeó la cabeza, confundida.

—Vaya, Ed… Ya la había visto. Me has llevado en ella un montón de veces.

Entonces él volvió a entrar y apareció con otra bicicleta.

—¡Y esta es tu bici! —dijo con teatral entusiasmo.

Rebeca abrió los ojos de par en par, incapaz de parpadear, y se llevó una mano a la boca.

—¡Ed! Espera, Ed… —Ni siquiera pudo terminar la frase antes de que él la interrumpiera.

—Mi padre ya no va a usarla. Tiene problemas de cadera. Me dijo que podía guardarla o dársela a algún amigo. Y quiero que la tengas tú, Beca. Así tendrás la tuya propia y no tendremos que ir los dos montados en una sola bici.

—Ed, yo… ¿Te has vuelto loco? ¡No puedo aceptarla, es demasiado! —dijo ella, abrumada.

—Beca, por favor. Acéptala. Tu amistad significa mucho para mí. Eres mi mejor amiga… La que siempre me escucha, la que estuvo ahí cuando los demás me hacían el vacío.

Aquellas palabras le tocaron el alma y agitaron algo dentro de ella. Su expresión cambió en un instante y comenzó a saltar de alegría.

—¡Dios mío, Ed! ¡Gracias, gracias, gracias! —exclamó antes de abrazarlo con emoción.

Rebeca todavía no dominaba bien la bicicleta, así que Ed le enseñó con paciencia. Pasaron la tarde pedaleando por la calle, sin imaginar que aquel sería solo el primero de muchos paseos en bici que compartirían a lo largo de los años.

Al llegar al colegio al día siguiente, la secretaria estaba enfrascada en varias gestiones: sacaba fotocopias, introducía datos en el ordenador y atendía otras tareas de oficina. Sin embargo, también estaba preparada para redactar las incidencias en cuanto aparecieran los niños.

Cuando los vio entrar, les clavó la mirada y se cruzó de brazos, sorprendida de tener que abrir un expediente a unos niños que, por lo general, eran alumnos ejemplares. Se preparó para darles un buen tirón de orejas con palabras.

—No puedo imaginarme a ustedes tres fugándose del centro. La verdad… no pensé que llegaría el día en que me pidieran abrirles un expediente a vosotras dos —dijo, mirando a Sarah y a Rebeca mientras los tres niños se sentaban frente a ella—. En cuanto a ti, Edward, no me sorprende tanto.

Edward se removió en el asiento, sorprendido.

—¿Y por qué dice usted eso, señorita? —preguntó, sin entender de dónde venía la acusación.

—¿Lo preguntas en serio? —replicó ella con tono cortante—. Ya tenías dos avisos.

—¿Pero por qué? —insistió Edward, boquiabierto.

—Porque claramente falsificaste la letra y la firma de tu madre para no asistir a clase la semana pasada.

—¡No es verdad! —se defendió él, poniéndose nervioso—. Ya les dije que mi madre tenía el brazo escayolado y que por eso escribió con mala letra.

—Edward… —suspiró la secretaria, mirándolo a los ojos con incredulidad—.

Tus profesores reconocen tu caligrafía. La ven en cada examen que haces y en cada trabajo que entregas.

Llamamos a tu madre y nos lo contó todo.

Dijo que ella no escribió ningún justificante y que, mucho menos, tenía el brazo escayolado.

—¿Ah, sí? —murmuró Edward, acorralado.

—Además —continuó ella—, después seguiste con una conducta rebelde que no es propia de ti. Pusiste pegamento en la silla de tu profesor. ¡Todo un clásico! ¿No es así?

—¡No tenéis pruebas de que fui yo! —replicó Edward, cruzándose de brazos.

—¡Vamos, Edward! Cuando te enviaron a dirección como sospechoso, el profesor exigió a toda la clase que dijeran la verdad o los suspendería a todos. ¿Y sabes qué ocurrió?

Edward resopló, derrotado.

—Ya… ya. Me delataron, ¿no es así?

—Exacto. Eso fue justo lo que ocurrió. Entiendo que puedas tener quejas hacia un profesor porque creías que la nota había sido injusta. Por cierto, la directora revisó el examen y estaba bien corregido. Y, aun así, decidiste vengarte cuando ni siquiera tenías razón.

—Es que… —balbuceó— llevaba toda la semana tomándola conmigo. No paraba de humillarme. Siempre que empezaba la clase y había que sacar a alguien a la pizarra, me elegía a mí. Le veía esa sonrisa, esa mirada que decía: «Ahora te vas a cagar». Estoy seguro de que me tiene ojeriza.

—¡Edy, eso es una acusación muy grave! —exclamó ella—. Primero discutes con él, luego lo acusas de sabotearte el examen, después le pones pegamento en la silla… ¿y todavía te atreves a decir que es él quien te tiene ojeriza a ti?

Lo dejó reflexionar durante unos segundos antes de preguntarle:

—¿Sabes lo que es la empatía, Ed?

—Claro que sí, señorita. Es ser amable y caer bien a los demás —respondió él.

La secretaria suspiró antes de corregirlo.

—No. Eso es simpatía. La empatía es saber ponerse en el lugar de otra persona y comprender cómo se siente.

En la reunión de profesores de esta semana, tu profesor nos comunicó que está muy preocupado por ti.

Intenta hacerte participar porque encoges la cabeza cada vez que toca salir a la pizarra.

Tus últimas notas son preocupantes. Tienes un potencial mayor del que estás demostrando.

¿Consideras que has sido empático con tu profesor?

¿Quieres presentar una queja formal contra él?

Él bajó la mirada.

—Supongo que no…

—Muy bien. ¿Eso significa que volverás a comportarte como antes? ¿Que te esforzarás más y se acabarán las mentiras?

Edward asintió.

La secretaria abrió el libro y colocó el bolígrafo sobre una hoja limpia de incidencias. Edward, desesperado, puso ambas manos encima del cuaderno, tratando de impedir que pudiera escribir.

—¡Espere! ¿Qué hace? —exclamó, alarmado.

Ella arqueó una ceja.

—¿Qué ocurre, Ed? —preguntó, sorprendida por su reacción.

—¡Vamos, ya he dicho que sí, que cambiaré! ¿De verdad me va a apuntar ahí? No me apunte, mujer… Si soy un buen estudiante. Siempre he sacado dieces.

Ella soltó una de esas risas cansadas.

—¿Ah, sí? Qué raro, porque hace unos días me tocó introducir tus notas en el ordenador y vi que tus exámenes habían bajado de diez a nueve… de nueve a ocho… y luego a siete.

Edward, por puro reflejo, la corrigió:

—¡Siete y medio! Anda, déjelo pasar, por favor. ¿Qué le cuesta? A partir de ahora me portaré bien, de verdad… Lo prometo.

—¿Cómo que «qué me cuesta»? Pues me puede costar mi puesto de trabajo si desobedezco a la directora.

—Haga la vista gorda, se lo ruego. Solo esta vez. Tenga corazón. La directora no se enterará —dijo Edward, desesperado.

Sarah y Rebeca trataron de contener la risa al contemplar el espectáculo.

Pero entonces Sarah se fijó en un brillo inusual en el dedo de la secretaria y preguntó, curiosa:

—¿Ese anillo es de los que se regalan los novios?

La secretaria cambió radicalmente de expresión y soltó una risita nerviosa llena de ilusión. Acercó la mano a las chicas para enseñárselo.

—¡Sí! Este tipo de anillo se llama alianza. Billy me propuso matrimonio ayer mismo, en el local donde tuvimos nuestra primera cita hace tres años. ¿Os gusta?

Las chicas se levantaron de las sillas para observarlo más de cerca.

—¡Wow, es precioso! —respondió Sarah.

Rebeca también estaba hipnotizada por el diseño, mientras Edward inflaba los carrillos, mostrando cero interés por los anillos e impaciente por descubrir si los perdonarían o acabarían finalmente en la lista de incidencias.

—¡Gracias, niñas! ¿Queréis ver algo aún más hermoso? —preguntó la secretaria, entusiasmada.

—¡Sí, sí, sí! —respondieron ellas, intrigadas.

La secretaria encendió una pequeña lámpara de luz blanca que tenía sobre la mesa.

—Me traje esta lámpara solo para hacer esto de vez en cuando. Fijaos…

Colocó la alianza bajo la luz y la piedra comenzó a reflejar colores y destellos brillantes.

—¡Hala! ¡Es lo más bonito que he visto en mi vida! —exclamó Rebeca.

—Enhorabuena, señorita —intervino Edward, tanteando el terreno—. Entonces… ¿nos perdona?

La secretaria lo miró con lástima y finalmente cedió.

—Dios santo… No me puedo creer lo que estoy a punto de hacer. Podrían despedirme por esto… Anda, marchaos de aquí. Y quedáis todos avisados: una travesura más y entraréis directamente en la lista de incidencias.

Los tres salieron corriendo como si les hubieran perdonado la vida.

Justo entonces, la directora apareció junto a la puerta, cruzándose de brazos con una sonrisa satisfecha.