CAPÍTULO II #2
La sonrisa de Sarah se ensanchó todavía más, descubierta en su propio plan. Su expresión era cómplice, descarada y traviesa.
Roy se quedó rígido como un palo, completamente alarmado.
—¿Y adónde vamos a ir? —preguntó Edward, apuntándose al plan.
—Qué sé yo… al centro comercial o a cualquier parte que esté lejos del colegio —respondió Sarah.
—¡Uy, no, no, no! Eso sí que no. No podemos escaparnos. Eso estaría mal. Muy mal. Si se enteran los profesores, nos castigarán —replicó Roy, casi histérico.
—¿Y cómo lo van a saber? —preguntó Edward, embobado mirando las rejas del patio como si ya pudiera ver al otro lado el camino hacia la libertad—. El profe de mates no sabe si hemos asistido a clase hoy, y la de Lengua tampoco. Pueden pensar que hemos faltado, ¿no?
Roy negó con la cabeza, nervioso, tratando de convencerlos de que abandonaran la idea.
—Chicos, pensadlo con claridad. Si nos dejamos llevar por la rebeldía y faltamos a clase, acabaremos sin trabajo y sin futuro. Nos castigarán y nuestros padres se enfadarán muchísimo. Hacedme caso. ¡Quizá hasta nos expulsen!
—No seas tonto. Ni siquiera se darán cuenta… a no ser que alguien se chive —dijo Rebeca.
Los tres lo miraron entornando los ojos, desconfiados. Roy sintió aquellas miradas como tres tirachinas apuntándole directamente a la frente.
—Oigan… no me miren así. Yo no quiero ser cómplice de vuestras fechorías. Se lo diré a la directora si hace falta y me lavaré las manos. Nunca se sabe si alguien nos está espiando ahora mismo. Podría meterme en un lío. Debo ser precavido.
—¡Buah! Pues no digas nada. Ve a lo tuyo y mira para otro lado —le respondió Sarah mientras se ponía en pie y se sacudía el polvo de la falda del uniforme.
Sin pensárselo más, los tres se dirigieron hacia la valla que delimitaba el patio. Empezaron a escalarla con ahínco, emocionados ante la idea de alcanzar el otro lado.
Roy, al borde del colapso, levantó los brazos en señal de alarma.
—¡Chicos… os lo advierto! ¡No lo hagáis! ¡Esto no está bien!
Pero ya nadie lo escuchaba. La travesura estaba en marcha.
Una vez consiguieron saltar la valla metálica, los tres echaron a correr con la adrenalina por las nubes, como si acabaran de escapar de una prisión de máxima seguridad.
Todavía llevaban puestos sus uniformes escolares.
Edward vestía un polo blanco y pantalones de pinza con cinturón.
Sarah y Rebeca llevaban polos blancos y faldas azules de cuadros.
Los tres cargaban con mochilas decoradas con personajes de sus películas animadas favoritas mientras avanzaban calle abajo entre risas.
Pero Sarah se detuvo de golpe después de apenas unas zancadas. Giró sobre sus talones y regresó hacia Roy, que continuaba al otro lado de la valla, escandalizado.
—Vente con nosotros. Es una oportunidad para hacer algo que realmente vale la pena —le dijo sin perder la sonrisa, invitándolo a atravesar aquella puerta abierta hacia la aventura.
—Estás loca… Mis padres me quitarán la paga. No puedo ir —respondió Roy, sintiendo por dentro un cosquilleo que le suplicaba hacerlo, aunque el miedo al castigo le mantenía los pies clavados al suelo.
—¿Es que quieres quedarte solo siempre, Roy? Así no conseguirás muchos amigos.
—Me da igual… No necesito amigos que sean una mala influencia —farfulló Roy, aunque sus ojos delataban que se moría de ganas de saltarse las reglas.
Sarah, sin insistir más, dio un par de pasos hacia atrás sin apartar la mirada de él.
—Está bien, como quieras… Tú te lo pierdes —dijo, encogiéndose de hombros antes de darse la vuelta y echar a correr junto a Rebeca y Edward.
Los tres se alejaron calle abajo entre risas y gritos de alegría, mientras Roy los amenazaba desde el otro lado de la valla:
—¡Ey, no os vayáis! ¡Volved! ¡Se lo diré a la directora!
Pero ya estaban demasiado lejos para escucharlo. Y aunque lo hubieran oído, ninguno habría abandonado la aventura.
La fuga se convirtió en una excursión improvisada.
Rebeca, Edward y Sarah corrían como si la ciudad entera fuera su patio de recreo.
Se deslizaban por las barandillas de las escaleras como si fueran toboganes.
Edward se colocó la mochila al revés sobre el pecho y le ofreció la espalda a Rebeca para que se subiera a caballito entre carcajadas.
Sarah se detuvo a comprar unos botes de pompas de jabón en una tiendecilla del camino. Repartió uno a cada uno y comenzaron a llenar el aire de burbujas mientras seguían avanzando, hablando y riendo.
—¡Yujuu, alcanza la rama, Rebe! —gritó Edward cuando atravesaban un parque y una rama de naranjo colgaba sobre sus cabezas.
Rebeca se estiró desde la espalda de su amigo, se agarró a la rama como un mono y comenzó a trepar ágilmente por el tronco. Arrancó tres naranjas y las lanzó hacia abajo.
—¡Ahí van las naranjas, cuidado! —gritó, victoriosa.
Edward y Sarah las atraparon. Cuando Rebeca bajó del árbol, las pelaron y se las comieron mientras continuaban su camino.
Edward corrió entonces hacia una fuente cuyos chorros de agua parecían brotar directamente del suelo, activados mediante sensores de movimiento ocultos bajo el mármol. Dio vueltas sobre sí mismo mientras el agua lo empapaba con una lluvia refrescante.
—¡Chicas, venid! ¡Esto es muy divertido!
Las niñas se unieron a él, activando más chorros con sus pasos. Los tres gritaron, saltaron y rieron completamente empapados, como si las reglas y el tiempo no existieran. Algunos adultos que pasaban por allí no pudieron evitar sonreír al verlos divertirse.
—¡Chicas, se me ha ocurrido una idea para dejar huella de este día! —gritó Edward.
Las dos hermanas estaban tan revolucionadas que habrían aceptado cualquier cosa que propusiera su amigo.
—¿Qué sugieres hacer? —preguntó Rebeca, todavía llena de adrenalina.
—Sarah, préstame tu rotulador, el de punta gruesa —pidió Edward con entusiasmo.
Sarah abrió su mochila y le pasó el rotulador. Entonces él escribió sobre la corteza de un árbol:
«Beca, Sarah y Ed, amigos para siempre».
Después de escribir debajo la fecha de aquel día, añadió:
—¡Ahora, poned las manos con los dedos separados!
Primero dibujó el contorno de su propia mano y después el de las dos hermanas. Cuando terminaron, siguieron su camino entre risas infantiles y despreocupadas, contagiando su alegría allá por donde pasaban.
Cuando llegaron al centro comercial, aquel lugar emblemático de sus aventuras infantiles donde paraban siempre que podían, corrieron directos hacia la zona de ocio.
Comieron chuches y patatas fritas con sabor a jamón y queso.
Sus dedos acabaron manchados de naranja por el colorante mientras curioseaban por una enorme juguetería.
La tienda estaba repleta de juguetes electrónicos, muñecas de princesas, figuras de acción, juegos de mesa y toda clase de accesorios curiosos.
—¡Mirad qué muñeca estrella del rock más enorme! Es casi de mi tamaño —dijo Sarah, boquiabierta.
—¡Y en la caja pone que canta once canciones distintas! Está muy chula —añadió Rebeca.
—¡Ey, chicas! Grrrrr… ¡Me las voy a comer a las dos! A Caperucita y a su hermana… ¡Hoy me toca menú doble! —gruñó Edward mientras se colocaba una máscara de hombre lobo.
Las chicas gritaron entre risas mientras retrocedían, arrinconadas por la broma.
—¡Espera, Ed! No te quites la máscara. Saquémonos unas fotos. Voy a pillar una cámara de esas de plástico —propuso Rebeca, más emocionada que nunca.
Pidieron a un adulto que pasaba por uno de los pasillos que les hiciera el favor de sacarles unas fotografías. Posaron varias veces con una cámara desechable de doce disparos.
También se tomaron una frente a la fuente del centro comercial... La misma fotografía que Rebeca sostiene ahora entre sus manos mientras recuerda con ternura aquel día inolvidable.
Cuando los chicos llegaron a sus casas, sus padres ya habían sido informados de su fuga del colegio.
Roy, ni corto ni perezoso, se lo había contado todo a la directora.
Los tres estaban citados para presentarse a primera hora del día siguiente en la oficina de dirección, bajo la amenaza de un expediente disciplinario.
Y, además… tocaba aguantar la bulla de sus padres cuando regresaran aquella tarde.
Nada más cruzar el umbral de la puerta, su madre las recibió sin darles siquiera la oportunidad de explicarse.
—¡Niñas! Pero… ¿en qué estabais pensando?
Me llamó la directora, muy decepcionada con vosotras.
Y yo también lo estoy —dijo mientras las regañaba, caminando de un lado a otro y gesticulando con frustración—.
¿Tenéis idea de lo que implica esto? Será una mancha en vuestro expediente.
¡Y yo ya no puedo más! Estoy tratando de sacar esta casa adelante y a vosotras no se os ocurre otra cosa que añadirme más problemas.
Las niñas bajaron la cabeza, entristecidas por haberla decepcionado.
—Perdona, mamá… No lo volveremos a hacer. De verdad —musitó Sarah con la voz apagada.
—¡Nada de peros! Dadme un respiro, ¿queréis? Marchaos a vuestra habitación y dejadme tranquila un rato.
Las niñas subieron desganadas y afligidas al cuarto que compartían. Tiraron las mochilas a los pies de sus camas y se recostaron, una frente a la otra, con el techo como único lugar seguro hacia donde mirar.
—Al menos se ha olvidado de castigarnos… —dijo Rebeca, intentando encontrar algo positivo.
Sarah resopló, indignada.
—Sí que nos castigó, Rebe. ¿No ves cómo estaba? Está decepcionada con nosotras. Somos las peores hijas de la ciudad… ¡¿Eso te hace sentir bien?!
Rebeca reflexionó unos segundos sobre lo que acababa de decir su hermana.
—Ya… Visto así, no mucho, la verdad. Pero seguro que se le pasará pronto, ¿no crees?
—No sé yo… Nunca la había visto tan desbordada. Quería que desapareciéramos de su vista…
—Tienes razón. ¡La hemos cagado, y bien! En fin, voy a salir con Ed. ¿Te quieres venir?
—Buf, no puedo. Me pusieron deberes hoy y, además, no tengo muchas ganas de estar con nadie ahora mismo. Ve tú, si quieres.