Te declaro culpable CAPÍTULO II
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CAPÍTULO II

FALLO TÉCNICO

Después de tomarse un tiempo para recuperarse emocionalmente lo mejor posible, Rebeca regresa a la universidad para retomar los estudios y, de paso, centrar su mente en otra cosa que no sea Sarah.

Al cruzar las puertas del campus, los recuerdos con su hermana la asaltan uno tras otro. Son más nostálgicos que dolorosos, pero aun así la desgastan por dentro.

Pronto comienza a sentirse profundamente incómoda y observada por los demás estudiantes. Al parecer, Sarah se ha convertido en el tema del momento y todos hablan de ella.

Mientras camina por los pasillos, siente el peso de decenas de miradas clavadas en ella.

Con la cabeza gacha y los hombros encogidos, avanza con paso vacilante hacia su taquilla.

A cada paso teme levantar la vista y cruzarse con alguna cara conocida, conectar con esas miradas condescendientes, sentir cómo la señalan sin hacerlo.

Solo quiere llegar, recoger sus libros e irse a clase para sentarse en algún pupitre del fondo, donde nadie la observe.

Pero, para colmo, justo al llegar a su taquilla se encuentra con dos chicos del equipo de fútbol besándose apasionadamente contra la puerta. Se empujan entre risas y murmullos, completamente absortos, sin preocuparse por estar bloqueando el acceso.

Rebeca se acerca sin decir palabra alguna, intentando no llamar la atención, y trata de forzar la cerradura entre sus cuerpos con movimientos torpes.

Cuando por fin logra girar la combinación, empuja con fuerza hasta abrir la puerta a medias y aparta ligeramente a los tortolitos.

Ellos continúan besándose como si el mundo a su alrededor no existiera.

Ella, muy tímida, trata de no mirarlos. No quiere interrumpirlos ni hablar con nadie; ni siquiera quiere ser vista. Solo desearía desaparecer, si pudiera, claro.

Su taquilla está adornada con decenas de fotos de su hermana y sus amigos. Entre libros mal apilados y papeles arrugados, encuentra un sobre sellado con una pegatina en forma de corazón y el nombre de una compañera de clase, que seguramente lo habrá introducido a través de las rejillas.

Cuando abre el sobre con delicadeza, encuentra dentro una carta escrita con bolígrafo de tinta rosada y purpurina. En ella pone:

Siento mucho lo de Sarah. Muchos ánimos de todo el equipo de animadoras. Esperamos que te inscribas de nuevo para volver a ser una de las nuestras. Si necesitas hablar con alguien, puedes contar conmigo.

Con mucho cariño, Emma.

Además, pegada con cinta adhesiva a un lateral de la taquilla, hay una fotografía de sus padres tomada durante sus años universitarios, cuando todavía eran pareja.

Mamá y papá se ven muy enamorados en esta foto... Nunca nos contaron a mi hermana y a mí por qué se divorciaron; nunca quisieron tocar el tema. Ojalá nunca se hubieran separado. La foto me transmite que parecían estar hechos el uno para el otro.

Piensa Rebeca mientras observa la fotografía.

Cuando agarra el libro de Ciencias y lo desliza para sacarlo, una fotografía asoma por una esquina entre los demás libros.

Al darse cuenta, la coge y, en cuanto la mira, una montaña rusa de recuerdos y emociones del día en que fue tomada la invade por completo, recorriéndole el cuerpo y erizándole la piel.

En la imagen aparecen Sarah, Edward y Rebeca pasando juntos uno de los mejores días de su infancia.

La foto se la tomaron junto a una fuente del centro comercial durante sus años de primaria, con auténticas sonrisas inocentes y las mochilas tiradas por el suelo a su alrededor.

Sarah y Edward están sentados en el borde de la fuente.

Sarah, con las manos extendidas hacia delante, hace el gesto de los cuernos rockeros mientras saca la lengua.

Rebeca está de pie detrás de ellos, subida en el bordillo de la fuente, con los brazos cruzados, sus gafas rosadas y cara de pilla, mientras Edward se abraza a una de sus piernas con la devoción de un mono aferrado a su árbol, sonriendo hacia la cámara.

Aquella había sido una mañana muy distinta a las demás. La fotografía era la prueba inmortalizada de una de las travesuras infantiles más atrevidas que habían cometido juntos: el día en que decidieron escaparse del patio del colegio y ausentarse de las últimas clases.

Rebeca mira la imagen durante unos segundos, atrapada en una sensación que no sabe si es tristeza, nostalgia o melancolía. Luego se la guarda en el bolsillo trasero del vaquero, tratando de concentrarse en el presente.

Los chicos que siguen besándose se deslizan un poco más hacia su taquilla y, sin querer, la cierran de golpe. Rebeca se sobresalta y retrocede de un respingo. Sin decir nada, se aleja de allí en dirección a las aulas.

A medida que avanza, los comentarios sobre Sarah persisten en los pasillos del campus. Son sutiles, pero punzantes.

—Esa es la chica que perdió a su hermana hace poco...

—Sí... Se llamaba Sarah.

—Dicen que debería ir a terapia.

—No parece preparada para volver.

—Se rumorea que lo de su hermana tuvo que ver con drogas...

—Dicen que fue cosa de su camello...

Cada comentario es un dardo directo al pecho.

Invadida por la ansiedad y la angustia, Rebeca no soporta ser el centro de atención ni un segundo más.

Sin mirar a su alrededor, acelera el paso y se dirige hacia el lavabo más cercano de la planta.

Se encierra en uno de los cubículos con un portazo, buscando refugio entre las baldosas frías y el zumbido constante de un tubo fluorescente.

Al entrar, no se da cuenta de que Layla Armstrong está justo allí, frente al espejo de los lavamanos, retocándose el maquillaje.

Layla y Rebeca siempre han mantenido una relación bastante tensa desde primaria.

Layla es la reina del drama del centro, el tipo de persona que ve competencia en cualquiera que conserve un mínimo de autoestima.

Divide el mundo entre sus seguidoras incondicionales y sus enemigas declaradas.

Sarah solía enfrentarse a ella para defender a Rebeca y era la única verdaderamente capaz de ponerle freno.

Rebeca, visiblemente afectada, solloza desde el interior del cubículo. Layla se queda inmóvil unos segundos al escucharla y observa a través del espejo la puerta tras la que se encuentra, como si aquel sonido humano la hubiera descolocado. Suspira, incómoda, pero continúa maquillándose.

El llanto persiste detrás de la puerta cerrada con pestillo. Rebeca intenta secarse las lágrimas con un pañuelo, pero este se le cae torpemente al suelo. Al agacharse para recogerlo, el movimiento de su mano bajo la puerta se refleja en el espejo, y Layla no puede evitar reaccionar.

—¿Quéeee...? —exclama Layla con su característico tono escandalizado—. ¿No vas a limpiarte con ese pañuelo del suelo, lleno de gérmenes y microbios, verdad? ¡O sea!

Rebeca enmudece al reconocer la voz de Layla, pero no responde. Su llanto cesa por unos instantes mientras intenta contener los sollozos en la garganta, respirando suavemente.

Layla, algo incómoda consigo misma, saca un paquete de pañuelos del bolso y lo desliza bajo la puerta.

Rebeca lo recoge. Layla permanece inmóvil durante unos segundos, esperando que le caiga algún «gracias» del cielo, pero Rebeca sigue sin decir una palabra.

—Uhm... de nada —murmura Layla con un sarcasmo contenido.

—¡Déjame en paz! ¡No estoy de humor para tus chorradas! —grita Rebeca desde el interior, dejando a Layla completamente descolocada.

Una estudiante entra justo en el momento en que Rebeca grita y, al ver a Layla, le lanza una mirada acusadora. Nadie necesita demasiado contexto para imaginar quién suele ser la agresora en una situación así.

—Yo no he dicho nada... —protesta Layla, intentando justificarse.

La chica ignora su defensa, entra en otro cubículo y cierra la puerta.

Layla termina de retocarse el maquillaje, recoge sus cosas, se cuelga el bolso y abandona el lavabo.

Cuando Rebeca logra calmarse y deja de llorar, se limpia la cara con uno de los pañuelos que Layla le ha dejado.

Tras un suspiro largo y tembloroso, vuelve a sacar del bolsillo la fotografía en la que aparece junto a su hermana y uno de sus mejores amigos de la infancia.

La observa con cariño mientras comienza a recordar aquel día con mayor detalle.

De pronto, una corriente de recuerdos se abre paso en su mente, como una puerta giratoria que la arrastra hacia el pasado: exactamente hasta su infancia, cuando todavía estaban en primaria.

Se encontraban en la hora del recreo de un mediodía caluroso.

Ella, su hermana y Edward eran tres pequeños traviesos e imparables.

Durante toda su vida, además de tener a Sarah como hermana, Rebeca había mantenido una amistad muy íntima con Edward.

Se escuchaban y se entendían prácticamente con solo mirarse.

Aquel día estaban sentados en el suelo del patio, bajo una zona de sombra detrás del pabellón de deportes.

Rebeca tenía las piernas cruzadas mientras mordisqueaba la punta de una pajita de zumo.

A su lado, Edward estaba estirado como un lagarto, observando la hoja con los horarios de clase.

Sarah, siempre inquieta, garabateaba algo en uno de sus brazos con un rotulador.

Entre ellos también se encontraba Roy, un niño delgado y nervioso que se unía al grupo más por inercia que por invitación.

Roy no tenía muchos amigos y, cuando se sentía incómodo, entraba en modo neurótico, balbuceando teorías sobre la responsabilidad y las normas con un temor casi religioso a romperlas.

—Buf… ¡Qué asco! Ahora toca matemáticas —dijo Edward con cara de decepción.

—A mí me gustan las matemáticas —respondió Roy, ajustándose las gafas con el dedo y mostrando una sonrisa orgullosa.

Edward puso los ojos en blanco al escucharlo, resignado. Sarah se quedó pensativa unos segundos, con la mirada perdida y una sonrisa que comenzó a dibujársele lentamente, como si acabara de tener una idea genial.

—Uy… ¿en qué estás pensando, Sarah? —preguntó Edward, incorporándose con curiosidad.

—¡Yo sé en qué está pensando! —saltó Rebeca—. En fugarnos de aquí.