Te declaro culpable CAPÍTULO I #6
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CAPÍTULO I #6

Él, con una sonrisa cálida y comprensiva, accedió encantado.

Salieron afuera, donde estaba el camión, y Rebeca ayudó a Sarah a subir.

El apoyapiés estaba muy elevado, así que la sostuvo del brazo para que pudiera trepar con cuidado.

David, ya en el asiento, giró la llave del camión, haciendo rugir el motor.

Ese sonido fue lo último que su mente registró antes de que el sueño se deformara.

De pronto, todo el interior del camión estaba cubierto de sangre.

Sarah también estaba empapada, con una expresión de pavor en el rostro.

David, en el lado del conductor, tenía un rostro lúgubre, con los ojos completamente blancos, y empezó a reír con una carcajada malvada y siniestra.

Sarah extendió el brazo hacia Rebeca para agarrarla y sacarla de allí, pero David, sin vacilar, lanzó una patada al pecho de Rebeca, arrojándola al suelo de un golpe.

Y después, desde el pavimento, Rebeca gritó con desesperación mientras el camión se alejaba:

—¡Sarah! ¡Saraaah!

Y ahí termina siempre el sueño recurrente que agita el alma de Rebeca.

El sueño vuelve a repetirse cada noche, sin dar tregua, como una maldición que la persigue a través de sus pesadillas, arrastrándola una y otra vez hasta ese instante en que vio a su hermana por última vez.

Esas constantes pesadillas no la dejan pegar ojo; se alimentan de su culpa.

Le muestran lo mismo una y otra vez: el camión, la sangre, los gritos, los ojos blancos de Hudson...

Pero nada de eso realmente ocurrió así.

La última parte de la pesadilla, donde todo se vuelve infernal, no es más que una distorsión creada por su mente, proyectada por la culpa de haber dejado ir a su hermana con un desconocido. Aunque no existen pruebas contundentes, Rebeca está convencida de que él fue el asesino.

Sarah había subido con tranquilidad al camión, confiada, con esa ingenuidad propia de quien aún cree en la bondad humana.

Nada ocurrió entonces: no hubo sangre ni violencia, solo el sonido del motor alejándose y el acuerdo de reencontrarse más tarde en casa de su padre.

Pero Sarah nunca apareció. Y eso cambió la vida de Rebeca para siempre.

Ella despierta cada noche empapada en sudor y respira agitadamente, sin poder perdonarse haberla dejado ir con aquel camionero.

Ella mira el reloj situado encima de la mesilla de al lado. Son las tres y media de la madrugada, pero algo diferente está sucediendo esta noche: el cuarto está tan frío como una nevera; el vapor sale de su boca con cada exhalación.

Cuando se incorpora en la cama, con el corazón aún acelerado, frente a ella se halla una silueta de luz blanca, con forma humanoide, que flota en el aire.

Rebeca la observa, paralizada y asombrada.

De repente, esa luz comienza a hablar con una voz suave, un susurro casi imperceptible.

Ella queda petrificada cuando, sin esperarlo, la silueta pronuncia su nombre.

—Rebe... ayúdame —susurra la figura.

—¿Quién eres? ¿Qué quieres de mí? —responde Rebeca, desconcertada.

Pero la silueta comienza a desvanecerse en motas de polvo brillante que se deslizan lentamente hacia la ventana, que se encuentra extrañamente abierta de par en par, con las cortinas moviéndose como olas onduladas por la brisa.

Al salir de la casa, las motas desaparecen entre la oscuridad de la noche y la temperatura del cuarto se estabiliza, volviendo a una temperatura más natural.

Rebeca no logra distinguir si lo que ha visto ha sido real o si aún estaba medio dormida. Pero hay un detalle muy concreto que la deja sin aliento. Todos la llaman Beca. Todos excepto Sarah. Solo ella la llamaba Rebe.

La gran pregunta esta noche es: ¿todo ha sido producto del sueño... o alguien del más allá ha intentado contactar con ella?

Ya completamente espabilada e incapaz de volver a dormirse, sale de su cuarto y baja hasta la cocina. Se sirve un vaso de agua del grifo y lo bebe de un trago. Su madre aparece en bata por la esquina de la puerta, restregándose los ojos, somnolienta.

—Cariño, ¿te encuentras bien? —pregunta, extrañada.

Rebeca se gira hacia ella y responde:

—Sí, mamá. ¿Qué haces despierta?

—Cielo, me pareció oírte hablar tensa en tu habitación.

Rebeca suspira, descargando ansiedad y tratando de mantener la calma.

—Lo siento, mamá. Tuve una pesadilla.

Su madre se dirige al congelador y saca una tarrina de helado mientras pregunta:

—¿La misma pesadilla con Sarah?

—Sí... —musita, agachando la cabeza.

La madre se sienta en un taburete de la barra de la cocina y la invita a acompañarla.

—Cariño, ¿quieres coger una cuchara y sentarte aquí, a mi lado?

Rebeca coge una cuchara y se sienta junto a su madre. Su madre continúa:

—Aunque pase el tiempo, cuesta adaptarse a vivir sin ella. ¿Cómo van tus sesiones con el doctor Sullivan?

Rebeca toma una buena cucharada de helado y responde:

—Mamá... nunca debí dejarla subirse a ese camión con ese hombre. No sé en qué estaba pensando. Ella siempre me defendió, y yo jamás supe ser protectora con ella. Soy una idiota.

Su madre deja la cuchara dentro del helado y posa la mano sobre la de su hija, acariciándola con ternura.

—Cariño, escúchame bien. No quiero que te culpes más por eso.

Ninguno de nosotros sabía lo que iba a ocurrir.

Y quizás... no sé. ¿Y si ese no fue el hombre que la mató?

¿Y si llegó a bajarse de ese camión y luego pasó algo más?

No lo sé... estoy tan confusa con todo, cielo.

Solo sé que eres la única hija que me queda, y te quiero, Beca. Te quiero muchísimo, mi amor.

Rebeca rompe a llorar mientras su madre la atrae hacia sí y la abraza con fuerza.

—Te quiero, mamá —dice Rebeca entrecortadamente—. Yo... estoy segura de que fue ese camionero.

—Oh, cielo... no nos martiricemos con eso. Tú no podías saber lo que iba a ocurrir. Aunque nos duela, no ganamos nada castigándonos una y otra vez por lo que no podemos cambiar.

Su madre se mantiene fuerte emocionalmente frente a su hija, mientras una lágrima le cae por la mejilla.

—A mí también me atormenta cada día. Pero si seguimos viviendo en ese instante, ella nunca descansará... y tú tampoco.

Ambas se calman y comen el helado juntas, comenzando a hablar de cosas más agradables, recordando a Sarah con una sonrisa cansada que, poco a poco, logra devolverles algo de alivio emocional.