CAPÍTULO I #5
—Mmm... según el pronóstico, en la zona sur se aproxima una tormenta. El sábado no podremos ir a Catalina Island; las lluvias empiezan hoy.
—Qué fastidio... —dijo Rebeca, apartando la mirada hacia el horizonte, donde las nubes empezaban a amontonarse—. Yo quería ir a Catalina Island. Habría sacado unas fotos alucinantes. Es como un desfile de criaturas marinas preciosas. Bueno, podemos buscar otro sitio para bucear.
—Mm... ya... ¿Qué te parece Monterey Bay?
—propuso Sarah con entusiasmo, girándose un poco hacia ella—.
Está al norte. Hay nutrias... estrellas de mar enormes...
algunos tiburones inofensivos y ese rollo.
Hasta quizá podamos sacar alguna foto para tu blog de ballenas grises.
Es un espectáculo cuando exhalan los chorros de aire.
¡Y aquí tienes una modelo increíble para tus fotografías!
—bromeó mientras le empujaba ligeramente el hombro.
—Sí, son adorables, ¡me encantan! Una propuesta interesante —asintió Rebeca, comenzando a emocionarse de nuevo—. Esa quedaría genial para la portada del blog. A Edward le encantan esas ballenas. Lástima que no haya venido.
—¡Eh, oye! —dijo Sarah, colocándose un sombrero de paja que llevaban en los asientos traseros—. Sé que es tu mejor amigo, pero esta es una aventura que nosotras estamos haciendo juntas. Todo lo que de niñas soñábamos... ¿No es así? Tú y yo solas.
—Por supuesto que sí —respondió Rebeca, recordando sus charlas de niñas sobre recorrer las carreteras—. Hasta acabas de hacerme recordar cuando te tiraste a la costa para ver las algas marinas... ¡y sin traje!
—¡Ey! ¿Te ríes de la ingenuidad de tu hermanita?
—protestó Sarah, llevándose una mano al pecho con fingida indignación, quitándose el sombrero y lanzándolo hacia los asientos traseros como un frisbi antes de colocarse el pelo detrás de la oreja—.
Veía los documentales de Animal Planet y quería comprobar si se veía igual bajo el agua.
—Ya. Pero... se te pasó el detalle de que estábamos en invierno y el agua estaba congelada —recordó Rebeca, llevándose una mano a la frente ante semejante ocurrencia—. Menos mal que papá te sacó del agua; si no, te habrías convertido en un cubito de hielo.
—Sí, es verdad —admitió Sarah, encogiéndose ligeramente de hombros mientras asentía—.
Habría salido como un polo de Sarah. ¡Qué horror!
Papá y yo nos quedamos pálidos. En mi vida me he vuelto a acercar a aguas heladas en invierno.
Él y yo nos metimos en el coche con la calefacción a tope.
Nuestros labios estaban azules y los dientes nos chirriaban como maracas.
Ambas soltaron carcajadas hasta que los ojos se les llenaron de lágrimas.
Pero, de repente, un ruido extraño surgió del motor y el coche comenzó a expulsar humo negro mientras el vehículo perdía velocidad. Las chicas se quedaron con cara de circunstancias hasta que Rebeca canalizó su frustración.
—¡Oh, no, otra vez no! ¡Esta maldita chatarra va a acabar conmigo!
¡Si hace solo dos días que lo saqué del taller!
—gruñó Rebeca, golpeando el volante—. Llevé el coche a ese mecánico porque era el novio de la tía de Edward.
Todos me decían: «No lo lleves ahí, no lo lleves ahí», y yo, pues nada, de cabezona lo llevé ahí.
—Bueno... no te rayes. Hasta aquí llegó la aventura —comentó Sarah con cara desconsolada.
—Ni hablar. A un kilómetro hay una estación de servicio abierta las veinticuatro horas. Empujaremos el coche hasta allí, comemos algo en la cafetería, llamamos a la grúa y luego seguimos con el plan tal como habíamos acordado.
—¡Woah, potente frase, esa es mi hermana! Sí, comeremos allí. Además, estoy muerta de hambre.
Con esfuerzo, bajo el sol que les quemaba la piel, empujaron el coche hasta la estación. Cuando por fin llegaron, la tormenta ya se les venía encima y las primeras gotas comenzaban a caer.
—Bueno, ya hemos llegado. ¡Por fin! —dijo Rebeca sin aliento—. Hubiese estado genial que esas nubes negras hubiesen estado encima de nosotras tapando el sol hace un rato, ¿eh?
—Buf, y tanto. Llegaron tarde para reírse de nosotras.
Entonces, mientras Rebeca se disponía a llamar a la grúa, Sarah entró en la cafetería y se sentó en una de las mesas junto al ventanal para pedir algo de comer y recuperar energías.
La cafetería estaba casi vacía. Solo había dos clientes en la barra. Era pequeña y acogedora; olía a gofres y a café recién hecho.
La grúa avisó de que tardarían unas dos horas en llegar.
Una camarera de mediana edad, de complexión ancha y rostro amable, se acercó a su mesa y la atendió con cortesía mientras le acercaba la carta del menú.
—Buenas tardes, querida. Aquí tienes la carta. Estaré por aquí cerca para cuando decidas lo que te apetece comer.
A Sarah le agradó la atención de la camarera y asintió agradecida mientras pedía, decidida, sin mirar la carta:
—Gracias, muy amable. ¿Tienen huevos con bacon y café? Es lo que nos encantaría a mi hermana y a mí.
—Por supuesto que sí, tesoro —respondió la mujer, sacando el comandero del bolsillo de su delantal para tomar nota—. Enseguida les traigo el pedido.
Rebeca terminó de hablar con los de la grúa, entró en la cafetería y se sentó frente a su hermana.
—Uff, dicen que tardarán dos horas. ¿Qué vamos a hacer aquí dos horas?
—¡Vaya rollo! Bueno, pues esperaremos. No queda otra. Y, respondiendo a tu pregunta, ahora comeremos un poco. Ya he hecho el pedido.
Fuera comenzaba a tronar y la lluvia ganaba fuerza.
Tras unos minutos, el cocinero tocó la campanita para anunciar que el pedido de las chicas estaba listo.
—¡Ahí van dos de huevos con bacon! —anunció el cocinero.
La camarera llevó los platos a las chicas y les sirvió el café.
—Que aproveche, chicas. Espero que les guste.
Las chicas acercaron las narices al plato, con cara de felicidad serena, cuando descubrieron que olía incluso mejor de lo que parecía a simple vista.
Rebeca comentó:
—Mmm... Si sabe como huele, seguro que estará riquísimo.
Las tres intercambiaron una mirada amable y Estrella comentó:
—Cuando abrimos este local, mi jefe contrató cocineros para diseñar la carta y nos dieron recetas espectaculares. Es lo que nos distingue de otras cafeterías similares.
—Mmm, ya veo... —dijo Sarah, levantando el pulgar mientras masticaba hambrienta—. Sí, puedo ver que estos huevos tienen algún tipo de especias. No sé cuáles son, pero me gustan mucho. Dile al cocinero que se ha lucido. Muy buenos.
—¡Gracias! Me alegra que os gusten. Se lo diré encantada. Las dejo comer tranquilas.
Las hermanas terminaron de comer y continuaron esperando la llegada de la grúa mientras la tormenta descargaba cada vez con más fuerza sobre la estación. El tiempo transcurría lentamente entre conversaciones, miradas al teléfono y las gotas de lluvia que golpeaban el ventanal.
Después de un buen rato, un camionero llegó a la estación, aparcó fuera y entró en la cafetería. Era un hombre algo mayor y robusto. Se sentó al principio de la larga barra, cerca de la entrada.
—Buenas tardes, Estrella —saludó el camionero, quitándose la gorra mojada.
—Buenas noches, David. ¿Lo de siempre?
—Sí, pero hoy ponme la hamburguesa doble y una cerveza del tiempo. Ha sido una tarde larga.
Su voz era fuerte y ruda.
Estrella anotó el pedido y se acercó a la cocina para entregar la comanda.
—Estrella, ¿por qué pone «x2»? ¿Son dos hamburguesas o una doble? —preguntó Raymond al leerla.
—Ah, no, Raymond —respondió ella—. Es la de David, la de todas las noches. Es que Shasha se lo escribe así a Corey, y decidimos apuntarlo así cuando fuera doble.
—Oh, de acuerdo. ¡Marchando una hamburguesa doble! —dijo el cocinero mientras elevaba el fuego y zarandeaba la sartén, extendiendo el olor a cebolla caramelizada por el local.
Mientras David esperaba su cena, Rebeca pidió permiso a Estrella para enchufar su teléfono y cargarlo.
Estrella accedió y, al ver que las chicas seguían allí después de haber terminado de comer, por curiosidad les preguntó si esperaban a alguien.
Ellas le explicaron su situación con el vehículo y que pronto llegaría la grúa.
David escuchó la conversación desde la barra y preguntó:
—¿El coche verde de afuera es de ustedes? ¿Está averiado?
—Sí, parece que tiene un fallo en el motor —respondió Rebeca.
David lamentó la situación. Preguntó hacia dónde se dirigían las chicas y, cuando le respondieron que iban a casa de su padre, comentó que conocía bien el pueblo al que se dirigían y que él vivía cerca.
—¿Quieren que las acerque? El camión tiene tres asientos. No habría problema por mi parte —preguntó David con amabilidad.
—Gracias, pero preferimos esperar a la grúa. Tenemos que esperar el papeleo —respondió Sarah con cortesía.
David asintió y terminó de cenar. Sacó su cartera gastada de cuero y dejó unos billetes sobre la mesa, pagando también la comida de las chicas, sin avisarlas. Ellas se quedaron desconcertadas y un poco avergonzadas.
—Por favor, señor... nosotras podemos pagarlo —suplicó Rebeca, pero David se limitó a sonreír y hacer un gesto de cortesía antes de dirigirse al lavabo.
—No tiene importancia, sois muy simpáticas —dijo antes de alejarse.
Mientras David estaba en el baño, llegó el operario de la grúa.
Rebeca rellenó el formulario y, tras revisar el coche, el chico comentó que la avería era sencilla de reparar en el taller, pero que la grúa solo tenía dos asientos.
Rebeca y Sarah intercambiaron miradas. No quedaba más remedio que separarse.
—¿Qué hacemos? —preguntó Sarah.
Después de hablarlo entre ellas, decidieron que Sarah podría ir con David, si aún estaba dispuesto, a casa de su padre a preparar los bártulos, mientras Rebeca iría al taller y, una vez reparado el coche, pasaría a buscar a su hermana.
David volvió del lavabo, entregó la llave y se disponía a marcharse cuando las chicas, algo tímidas, lo abordaron.
—¿Le importaría aún llevar a mi hermana al pueblo? —preguntó Rebeca.