Te declaro culpable CAPÍTULO I #4
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CAPÍTULO I #4

Ella se pasó la mochila hacia delante, dejándola sobre el pecho y, sin pensarlo, se lanzó por la estrecha estructura de la rampa. Se deslizó hacia la planta baja, esquivó una maceta enorme y gritó:

—¡Yuju!

Cuando llegó abajo, me animó:

—¡Venga, Rebe! ¡Tú puedes! ¡No lo pienses, salta!

Pensé que nos habíamos vuelto locas, pero en ese momento ya no había vuelta atrás.

El guardia estaba a poca distancia de mí y, la verdad, con la velocidad que llevaba, me acojoné pensando que iba a hacerme un placaje allí mismo.

Me colgué la mochila al pecho y salté sin pensarlo, con los ojos cerrados.

Cuando estaba llegando al final de la rampa, me desvié hacia un lado. Por un segundo pensé que iba a caerme y darme un buen golpe, pero Sarah me agarró del abrigo y evitó que me estrellara contra el suelo.

Salimos del centro comercial riendo y jadeando, casi sin aire. Nos detuvimos en un parque cercano para recuperar el aliento.

—¡No puedo creer que hayamos hecho esto! ¡Le has tirado un helado a Layla! —dije, todavía con la adrenalina a máxima potencia.

Ella me miró con esa sonrisa de habérselo pasado en grande y me sacudió el abrigo con afecto.

—Tranquila, no es para tanto. Solo se ensució un poco de helado.

—¿Pero tú estás loca? —respondí—. ¡Me puede traer más problemas con ella de los que ya tengo!

—Oye, Rebe... —me dijo, dejando las bromas a un lado mientras me sacudía el abrigo, que, al ser blanco, parecía todavía más sucio por el polvo de la rampa—. Tienes que aprender a defenderte. Si no lo haces tú, entonces tendré que seguir haciéndolo yo por ti.

Comprendí lo que me dijo ese día. Me sentí un poco inútil. Yo era la hermana mayor; se suponía que debía protegerla yo a ella… no al revés. Y, sin embargo, ella siempre tenía más valor que yo.

Cuando llegó la mañana de Navidad y abrimos los regalos, sentimos una conexión fraterna muy profunda.

Por mi parte, yo le había comprado a Sarah la metralleta de bolas que tantísimo le había llamado la atención.

Ella, en cambio, en lugar de ir al baño aquel día, había aprovechado para comprarme la caja de música que yo tanto había admirado en el centro comercial, justo mientras me enviaba a por los helados.

La risa de Sarah se deshace en su memoria, diluyéndose junto con el recuerdo, y por un instante la calidez de aquel día contrasta con el vacío que la acompaña desde entonces.

Rebeca se pasa una mano por el rostro, deslizándola lentamente mientras intenta recomponerse y secarse las lágrimas que comienzan a brotar sin control tras terminar de contarle aquel recuerdo al Dr. Sullivan.

Él la observa atento mientras toma algunas notas y, al percatarse de que ha terminado su historia, estira la mano hacia la mesa del centro, toma un pañuelo y se lo ofrece.

—Un bonito recuerdo, de verdad. Es maravilloso. No todos mis pacientes se llevan bien con sus hermanos; algunos no se pueden ni ver —dice con empatía—. Lo estás haciendo muy bien. Tú tranquila, estamos haciendo avances muy positivos.

El doctor evalúa su fortaleza emocional y pregunta:

—¿Continuamos?

Rebeca asiente entre ligeros sollozos.

—¿Cómo te sientes? ¿En qué piensas después de haberme contado ese recuerdo? —pregunta él.

Ella lo mira, confundida, con los ojos aún brillantes de lágrimas.

—¿No es obvio, doctor? ¿Cómo cree que me siento?

Cole sonríe y se ajusta las gafas, preparado para explicarle la intención detrás de su pregunta.

—Me gustaría que describieras ahora mismo todos los sentimientos que te invaden.

Mi labor no es solo guiarte en un proceso racional; también debo acompañarte hasta encontrar un equilibrio emocional.

Quiero ayudarte a alcanzar un estado en el que puedas estar en paz contigo misma y con todos los que te rodean.

Rebeca se suena la nariz con un pañuelo y asiente despacio.

—Comprendo…

—Dime, entonces —prosigue él con tono suave—, ¿qué emociones florecen en tu interior ahora mismo?

—Siento mucha tristeza… supongo.

—Bien. ¿Y qué más?

—Rabia —responde apretando los labios y el pañuelo entre sus manos—. Mucha rabia. No se le ha hecho justicia a mi hermana.

Cole asiente lentamente.

—Tranquila. Contéstame algo. A veces, cuando las personas se van tan de repente de nuestras vidas, sentimos que no hemos terminado de decirles todo lo que querríamos. Si Sarah estuviera aquí, justo delante de ti… ¿qué le dirías?

Rebeca se derrumba del todo y las lágrimas comienzan a caer con más fuerza.

—Dios mío, doctor… —susurra entre sollozos, con la respiración entrecortada.

—Tómate tu tiempo —le sugiere Cole, manteniendo el tono paciente.

Ella cierra los ojos unos segundos e intenta recomponerse lo suficiente como para responder a la pregunta.

—Le diría que la quiero mucho —responde finalmente, con la voz temblorosa—. Que mi vida no es la misma sin ella.

Cole se levanta del sillón y camina hasta ella. Se coloca en cuclillas a su lado y apoya una mano sobre su hombro en señal de apoyo.

—No me lo digas a mí, Rebeca —le dice con voz suave, señalando al frente—. Imagínate que está ahí mismo… díselo.

Ella respira hondo. Su rostro tiembla mientras murmura:

—Te quiero, Sarah… Estamos todos muy destrozados. Te echo tanto de menos.

Cole asiente con serenidad. Vuelve a la mesa, toma más pañuelos de la caja y se los ofrece. Luego regresa a su sillón y concluye la sesión.

—Lo estás haciendo muy bien, Rebeca —dice con tono tranquilizador—. Lo dejaremos aquí por hoy. Quiero que pienses en todo lo que hemos hablado, sin presionarte. Seguiremos el próximo viernes, ¿de acuerdo?

Rebeca asiente, más calmada. Siente que el nudo dentro de ella se ha aflojado, como si se hubiera quitado un gran peso que cargaba sin apenas fuerzas.

—Sí… gracias, doctor —responde con voz baja mientras se seca las lágrimas restantes.

El Dr. Sullivan se levanta del sillón y la acompaña con serenidad hasta la puerta. Antes de que ella salga, se detiene un instante, con una mano en el pomo, y le dice:

—Ah, una cosa más, Rebeca —dice, llevándose una mano a la cabeza, pensativo—.

He notado que cargas con muchas emociones contenidas.

Quisiera proponerte algo: esta noche, o cuando sientas que tienes fuerzas, escribe en un diario como si le contaras a tu hermana cómo ha sido tu día.

Imagínate que ella estuviera de viaje en otro país y tú estuvieras aquí, y que cada noche le mandaras un mensaje contándole cómo te ha ido.

Creo que puede ayudarte a desahogarte y a expresar lo que aún no has podido decir en voz alta...

Incluso esas cosas íntimas que solo compartirías con ella cuando estabais a solas, esas conversaciones que únicamente pueden existir entre hermanas.

Rebeca lo escucha con atención. Asiente despacio y esboza una pequeña sonrisa, la primera auténtica del día.

—De acuerdo, doctor Sullivan. Lo haré. Muchísimas gracias por su ayuda, de verdad.

Él sonríe con satisfacción, ajustándose las gafas con un gesto automático.

—Bueno, es mi trabajo, querida. Me alegra que salgas de aquí con esa luz en la mirada. Ten un buen día, Rebeca.

Ella asiente de nuevo y abandona el despacho. Recorre el pasillo hacia la salida, sintiendo que, por primera vez en mucho tiempo, tiene algo concreto con lo que empezar a sobrellevar la situación.

Unos meses después...

Rebeca tiene un sueño traumático, recurrente y perturbador, sobre el último día en que vio con vida a su hermana Sarah.

Pesadilla del Verano de 2011. Sueño de Rebeca, cinco y media de la tarde.

Las hermanas Johnson recorrían una larga carretera desierta en California.

Hacía un calor insoportable; vestían camisetas de tirantes, shorts vaqueros y zapatillas deportivas.

Dentro del coche de Rebeca cantaban los temas del momento que sonaban en la radio.

Llevaban disfrutando de unas vacaciones perfectas y aún les quedaban algunas aventuras más para cerrar el verano con éxito, tras un merecido descanso del estrés universitario.

Sus padres vivían en casas separadas: la de su madre, en la ciudad, y la de su padre, en un pequeño pueblo costero.

Pasaban la mayor parte del tiempo con su madre por los estudios, pero aquel día se dirigían a visitar a su padre.

En su casa guardaban el equipo de escalada, buceo y pesca.

Querían exprimir al máximo el tiempo juntas, sin reglas, sin horarios, solo ellas y el mapa de las rutas.

El entusiasmo y la música dieron paso a una conversación más íntima.

—¿Qué opinas de Colin, Rebe? —preguntó Sarah, mirándola de reojo con aire provocador, mientras Rebeca tamborileaba los dedos sobre el volante al son de la música—. He notado esas miradas entre ustedes en los pasillos... ¿Cuándo vas a quedar con él?

—¡Por favor! —respondió Rebeca, desviando un instante la mirada, algo azorada, mientras negaba con la cabeza—. ¿Colin y yo? No creo que sea para tanto. Además, Layla me tendría todavía más odio, y ya me complica bastante la vida en la universidad.

—Esa arpía necesita otro escarmiento —replicó Sarah, alzando ligeramente las cejas, convencida de haber dado en el clavo—. Pero sé que te gusta Colin. Quiero que seas feliz, y él parece buen chico.

—Hablando de escarmientos... —dijo Rebeca, adoptando de pronto un aire acusador mientras la señalaba con el dedo—.

Sé que tú le pusiste la nota en la mochila de Layla haciéndote pasar por Joseph.

Está loquita por él desde el primer día que llegó a la universidad, pero Joseph está colado por René.

Fue brutal ver cómo Layla corrió hacia Joseph declarándole su amor y él la rechazó fríamente.

¡«Da el primer paso y seré tuyo», eh! Te vi escribiéndolo en la cafetería.

¡Qué zorra eres! Pero gracias por defenderme.

Sarah levantó las manos como si acabaran de atraparla con las pruebas del crimen, mientras Rebeca la observaba satisfecha.

—¡Me pillaste! ¿Qué puedo decir en mi defensa? —dijo Sarah, apoyando el brazo en la ventanilla—. Nadie se mete con mi hermana.

Luego miró extrañada el móvil.