CAPÍTULO I #3
A su alrededor, el despacho refleja esa misma mezcla de rigor y cercanía: una mesa auxiliar azul junto al sofá donde Rebeca está sentada, con un jarrón de flores frescas de varios colores y un vaso de agua dispuesto para el paciente.
En las paredes cuelgan varios cuadros de estilo rústico, enmarcados con madera gruesa y cálida.
Al fondo, una estantería repleta de libros de psicología, algunos con las encuadernaciones desgastadas, da testimonio silencioso de los años de experiencia del doctor.
La trata con calma, sin forzarla, con la precisión de quien sabe que este tipo de batallas psicológicas se ganan midiendo cada paso.
—Bien, Rebeca… —comienza a hablar—. Sé que en la sesión anterior no quisiste hablar en profundidad de tu hermana y, por supuesto, lo respeto.
Se detiene un breve tiempo, y observando su postura.
—Pero creo que podríamos empezar a hacerlo. En parte, es por lo que estamos aquí —su tono es suave, sin presión—. Comprendo que es un tema muy doloroso para ti, pero recuerda que no vas a afrontarlo sola. Puedes apoyarte en tu familia y, por supuesto, también en mí. ¿Te parece bien?
Ella deja escapar una respuesta poco convencional, acompañada de un leve suspiro.
—Ehm… —musita inexpresiva, sin esperarse que le hiciera esa pregunta.
Cole observa y analiza sus reacciones con atención. Sus gestos son afables, propios de alguien acostumbrado a moverse con prudencia dentro del terreno frágil de la mente humana.
—Escúchame —dice con tono paciente, sin ejercer presión sobre ella—. No te voy a pedir que vayamos deprisa. Iremos paso a paso, a tu ritmo. Pero es importante comenzar a hablar de ella; al menos deberíamos empezar a dar ese primer paso.
Hace una breve pausa, se inclina ligeramente hacia adelante mientras se ajusta las gafas y se aclara la voz con un leve carraspeo.
—¿Te parece bien? ¿Quieres hacerlo? —añade con una voz que, más que preguntar, parece tenderle una mano emocional para ayudarla a recorrer un camino difícil.
El silencio se prolonga sin que Rebeca tome la iniciativa.
Mantiene la atención fija, nerviosa, hacia el centro de la mesa.
Su pierna derecha se mueve más rápida que antes, haciendo vibrar la tela del sofá, mientras su respiración se vuelve irregular, como si el aire no terminara de llenarle los pulmones y se ahogara bajo su propia presión.
La ansiedad la invade en oleadas; por un momento parece que no podrá contenerse, pero al cabo de un minuto logra ganar la batalla y mantener el control.
—Está bien… —responde con una voz algo más optimista—. Lo intentaré —añade, convencida de poder hacerlo.
Cole sonríe con serenidad, satisfecho de que ella, en medio de su agitación emocional, haya conseguido vencer la presión y superar esa primera barrera.
Asiente despacio, respetando el pequeño avance.
Ella se acomoda, irguiéndose un poco, preparada para dar el primer paso hacia el problema que más la atormenta y no la deja dormir.
—Bien, dime, Rebeca —pregunta Cole—. ¿Cómo fue tu infancia con Sarah? ¿Estabais muy unidas? ¿Cuál es el primer recuerdo con ella que te viene a la cabeza? —indaga, intentando guiarla hacia su niñez.
Ella respira hondo antes de responder.
—Sarah y yo siempre hemos estado muy unidas.
Hablábamos de todo, no había filtros entre nosotras…
no sé —hace una pausa y se aparta el pelo de la cara mientras trata de controlar sus emociones sin derrumbarse—.
Recuerdo que cuando tenía catorce años fuimos juntas al centro comercial…
Fue la primera vez que dio la cara por mí.
Su expresión parece quedar atrapada en aquel día, en aquel momento, mientras poco a poco su mente se traslada hasta ese instante.
El despacho, las flores y el murmullo del aire acondicionado; todo lo que ocurre a su alrededor se desvanece de pronto.
Casi puede escuchar el sonido de los cascabeles, una música navideña y el bullicio de un centro comercial lleno de vida.
Han pasado doce años desde aquel día, pero el recuerdo sigue tan nítido como si hubiera ocurrido ayer.
Semana de Navidad. Doce y cuarto del mediodía.
La nieve flotaba en el aire con un brillo suave y mágico, como polvillo de cristal. A pesar del frío, el día era fantástico para salir de compras.
Todo el centro comercial estaba decorado con muñecos de Santa Claus, luces de colores, cintas rojas y bastones de caramelo colgando del techo.
En el centro de la primera planta había una tarima con un gran trono dorado, donde un hombre mayor disfrazado de Santa ofrecía caramelos a los niños que se sentaban sobre sus rodillas.
Los murmullos de la gente se mezclaban con los suaves villancicos que sonaban por los altavoces.
Yo estaba con mi hermana. Era el último día de clase antes de las vacaciones que acababan de comenzar y nos dejaron salir antes, decidimos ir de paseo al centro comercial, que no estaba muy lejos de nuestra casa.
Todo el mundo vestía con abrigos gruesos o gabardinas, gorritos, guantes y bufandas.
Tras empezar a recorrer las tiendas, me detuve frente al escaparate iluminado de una de ellas.
Observaba fascinada, a través del cristal, una hermosa caja de música que me tenía hipnotizada.
—¡Es preciosa, Sarah, ven a ver esto! —grité emocionada, señalando la caja que giraba lentamente en el estante.
Ella se acercó, curiosa.
—Uy, sí que lo es —dijo, inclinándose un poco—. ¿Te gusta?
—Sí, me encanta. ¿A ti no?
Sarah se encogió de hombros, sin mostrar la misma ilusión que yo.
—Bueno… no está mal —respondió con ese tono suyo, como si fuera un cofre del tesoro vacío para ella.
Sus ojos se desviaron hacia un estante del fondo y añadió:
—Pero allí hay una metralleta de juguete que dispara bolitas de gomaespuma.
Esa era Sarah... impulsiva, directa y traviesa.
La miré de reojo, descubriendo una vez más lo distintos que eran sus gustos de los míos, y en silencio no pude evitar sonreír.
—Oye —dijo de pronto—, ¿por qué no vas a comprar unos helados? Tengo que ir al baño un segundo. Podemos encontrarnos aquí mismo en un par de minutos.
—Vale. ¿De qué lo quieres?
—Bah, da igual, del mismo que tú pidas —dijo mientras se alejaba.
Antes de dirigirme a por los cucuruchos, me desvié por el pasillo trasero del centro comercial.
La tienda de juguetes donde había visto la caja de música tenía dos entradas, una desde cada pasillo.
Entré y fui directa hacia la metralleta de bolas que le había llamado la atención a Sarah, y se la compré para Navidad.
La guardé en la mochila y me fui al puesto de helados.
Pedí dos cucuruchos de Ferrero Rocher y emprendí el mismo camino de vuelta para reencontrarme con mi hermana.
Pero antes de llegar, me crucé con una abusona del colegio llamada Layla, que iba acompañada de dos amigas. Con esa cara suya de superioridad, me dijo:
—Pillada, monada. Así que atiborrándote a helados, ¿eh?
La miré cohibida, sin saber qué responder, mientras ella sonreía con esa seguridad burlona que siempre la acompañaba.
—Tú sigue comiendo así —me dijo, burlándose de mí—. Acabarás siendo una gorda apestada.
Las otras dos le rieron la gracia. Layla pasó a mi lado y me dio un leve empujón con el hombro para apartarme de su camino antes de bajar por las escaleras mecánicas.
Sarah estaba regresando y me observaba desde cierta distancia, tratando de entender qué ocurría. Por la cara que yo tenía, supo enseguida que no podía ser nada bueno.
—¿Qué te dijo esa chica? ¿La conoces? —preguntó.
Intenté forzar una sonrisa y restarle importancia:
—No es nada, de verdad. Olvídalo.
—No... no —insistió ella—. ¿Qué te dijo?
Se lo terminé contando. Aquella fue la primera vez que Sarah y Layla se vieron.
Con una de esas sonrisas suyas, mitad broma y mitad desafío, Sarah se dirigió tranquilamente hacia la barandilla mientras lamía el cucurucho un par de veces.
Después levantó el brazo con el que lo sujetaba y lo arrojó hacia la planta inferior, donde ya se encontraba Layla.
El cucurucho cayó justo sobre su cabeza.
Layla, sorprendida y humillada delante de sus amigas al verse manchada de chocolate, miró hacia arriba boquiabierta, con cara de estar al borde del llanto. Al descubrir a Sarah contemplándola desafiante, exclamó:
—¡Mira lo que has hecho! ¿Quién eres tú?
—¡Soy la hermana de Rebeca, pija! —respondió Sarah sin inmutarse, y continuó—. Si vuelves a meterte con mi hermana, te caerá otro aviso. ¡Vete a limpiarte esa porquería del pelo, cochina!
Layla, sin rechistar y aceptando su derrota, salió corriendo del centro comercial, tapándose la cara mientras lloraba.
El vigilante de seguridad había presenciado la escena desde cierta distancia y vio perfectamente a Sarah arrojar el cucurucho desde la barandilla.
—¡Eh, chicas! ¡Deteneos ahí las dos! —ordenó el guardia.
Al instante, Sarah me agarró de la chaqueta y, dándome un tirón, me dijo:
—¡Corre, Rebe! ¡Sígueme!
Yo, atónita mientras la seguía, respondí:
—¡¿Pero qué haces?! ¡Nos caerá una buena de papá y mamá!
El guardia parecía habérselo tomado muy en serio y empezó a correr detrás de nosotras, gritándonos:
—¡Eh, alto ahí! ¡Llamaremos a vuestros padres!
Yo seguí a Sarah sin tener ni idea de lo que pretendía hacer. El vigilante corría mucho más que nosotras y nos recortaba terreno rápidamente. Por mucho que intentábamos alejarnos, no había manera de quitárnoslo de encima; estaba decidido a alcanzarnos.
Al llegar al borde de una barandilla, Sarah se volvió hacia mí riendo como si aquello fuese un juego y me dijo:
—¡Este es el punto exacto!
—¿Cómo que el punto exacto? ¿Qué estás planeando ahora? —respondí, desconcertada mientras el guardia se acercaba cada vez más.
—¿Ves esa rampa bajo la barandilla? —preguntó ella con esa sonrisa rebelde tan peculiar.
—Buff... no te sigo, Sarah. ¿Qué pretendes? ¡Suéltalo!