Te declaro culpable CAPÍTULO I #2
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CAPÍTULO I #2

—Suficientes para dar cobijo a las caries. Te vas a parecer a tu tío Aaron... Solo le quedan unos pocos dientes, aunque su caso no tiene nada que ver con las chucherías precisamente —comenta sarcástico, refiriéndose a las drogas.

Ella, sorprendida por el comentario, le riñe:

—¡Papá...! No te metas con el tío Aaron, pobrecillo. Y no seas tan gruñón. ¿Quieres una? —pregunta mientras le acerca una galleta a la boca, bromeando.

—¡Oye, niña! ¡Aparta esa porquería de mi boca! —responde mientras se le escapa una buena carcajada.

Al llegar, detiene el vehículo frente al instituto y se despide de ella.

—Bueno, renacuaja, ya hemos llegado.

Ella se queda algo tristona por un instante. Él lo nota enseguida y le pregunta:

—¿Qué te pasa, Annika? ¿Va todo bien en el instituto? ¿Quieres contarme algo? —pregunta, confuso y preocupado.

Entonces ella reacciona con un movimiento rápido, se desabrocha el cinturón de seguridad y abraza a su padre, rodeándolo con los brazos. A los pocos segundos, murmura:

—Te quiero, papá...

—Y yo a ti, pequeña... y yo a ti —responde, dándole unas palmaditas en la espalda.

Cuando Annika se baja de la furgoneta y se dirige a la entrada del instituto, David la sigue con la vista, algo pensativo. Después pone el vehículo en marcha y se dirige directamente a su cita judicial.

El juicio está a punto de finalizar. David Hudson está acusado del secuestro y asesinato de una joven llamada Sarah Johnson, de veinticinco años.

Su cadáver fue hallado flotando en el mar y presentaba signos de moratones.

La familia de la fallecida se encuentra presente: están sus padres, divorciados poco después de que ella naciera; aun así, ambos siempre han mantenido una amistad y un respeto mutuo, velando por el bienestar y el futuro de sus hijas.

También se encuentra su hermana mayor. Todos se muestran visiblemente destrozados por la pérdida de la amada Sarah.

Por desgracia, la acusación no ha conseguido recopilar suficientes pruebas que acrediten la culpabilidad de David.

El mazo del juez retumba dos veces en la sala. El juez se dispone a dictar sentencia con la mirada clavada en David.

—Dado que la acusación no ha presentado pruebas suficientes para demostrar su culpabilidad, este tribunal lo declara no culpable. Se retiran todos los cargos y queda usted en libertad, señor Hudson. Se levanta la sesión.

Un murmullo de voces se expande por toda la sala. David se levanta despacio y, exhalando un suspiro de alivio, celebra su absolución estrechando la mano de sus allegados y de su abogado, con una gran sonrisa victoriosa.

—¡Eres mi ángel guardián, Stan! No sé qué habría hecho sin ti —exclama entre risas, dirigiéndose a su abogado.

—De verdad, no ha sido nada... Ya sabes, lo de siempre. Cobré algunos favores por aquí y otros por allá, y sabes que por ti, amigo mío, estaré para lo que necesites —responde Stan con aire confiado, hablando en voz baja junto a David.

—Gracias, viejo amigo. Ahora entiendo por qué te llaman el Vaquero. Nunca pierdes un duelo, ¿no es así? Mereces hasta el último dólar que cobras.

—Vamos, David, ¿estás de coña? Con tu salario no podrías pagarme ni una cerveza —bromea Stan—.

Y no, nunca pierdo un pleito. Me enorgullece decir que soy muy bueno en lo que hago; si no, no me dedicaría a esto.

En fin, te tengo que dejar. He quedado con otro cliente y llego tarde.

Te veo en la boda de mi hermana dentro de unos meses, no faltes.

¡Disfruta de tu libertad, viejo zorro! —añade mientras se aleja apresurado.

David lo observa alejarse con una sonrisa triunfal y murmura para sí mismo, saboreando las palabras:

—Por supuesto que estaré allí, Stanley... Soy libre, y todo esto quedará en el olvido.

Pero mientras permanece distraído, sumido en sus pensamientos victoriosos, una voz temblorosa lo saca de su ensueño.

Rebeca, la hermana de la difunta, de veintiséis años, se planta delante de él, enfrentándolo cara a cara.

Llena de rabia y dolor, con los ojos hinchados de tanto llorar, le recrimina:

—Sé que tú mataste a mi hermana Sarah —dice con la voz quebrada—. Aunque el juez diga lo contrario... sé que fuiste tú. ¿Por qué no lo confiesas, cobarde?

Rebeca tiembla entre sollozos mientras intenta contener más lágrimas. David frunce el ceño y responde con tono seco:

—¿Es que acaso no escuchaste la declaración del juez? Ya se ha demostrado que soy inocente. Todos lo saben. Acepta la verdad, niña, y vete a casa. Tú y tu hermana no me habéis causado más que problemas desde el día en que os cruzasteis en mi camino.

Ella lo enfrenta con las pocas fuerzas que le quedan tras días sin dormir ni comer. Aun así, insiste:

—Sé que ese abogado tuyo de prestigio es amigo tuyo y ha comprado a gente corrupta. Pero la verdad es que tú fuiste el último que la vio con vida cuando subió a tu camión. Lo sabes...

David se endereza y, clavando en ella una expresión intimidante, replica:

—Te equivocas. Esa fue la última vez que tú la viste con vida.

Ustedes me pidieron el favor de llevarla al pueblo donde vive su padre porque el coche se les averió en medio de la nada.

Se acercaron a mí para pedirme ayuda y accedí de buena fe a llevar a tu hermana como un gesto de buen ciudadano.

Además, me quedaba de camino, ya que mi casa está cerca del pueblo donde vive su padre.

Cuando llegamos, se bajó de mi camión y no volví a verla.

¡Y esto es lo que recibo por ayudar a jovencitas desagradecidas que no saben cuidar de sí mismas!

¡Será mejor que te vayas a casa y me dejes en paz!

—Pero... tú fuiste quien se acercó y se ofreció a ayudarnos. También fuiste tú quien se ofreció a llevarnos cuando estábamos en la cafetería de la estación de servicio —corrige Rebeca, rompiendo a llorar, incapaz de soportar tanta injusticia.

Su madre se acerca a ella tras discutir con el abogado que asesora a la familia, cuya ineficacia y comportamiento sospechoso no han pasado desapercibidos.

La mujer abraza a su hija con fuerza, acurrucándola contra ella y acariciándole el cabello para consolarla, mientras mantiene la atención puesta en David sin dejarse intimidar por él.

David las observa en silencio durante unos segundos y, sintiéndose conmovido, trata de mostrarse empático con ellas.

—Escuchen... Siento mucho lo que le pasó a Sarah, de verdad.

Lo digo en serio. Verán... yo también tengo una hija de catorce años.

La quiero más que a nada en este mundo. Paso todos los fines de semana con ella.

No puedo imaginar el dolor que supone perder a una hija en esas circunstancias.

Pero créanme cuando les digo que yo no le haría daño ni a una mosca.

Solo soy un humilde transportista. Lo lamento sinceramente.

Recuerdo que ella se bajó en la entrada del pueblo y yo simplemente continué conduciendo hasta llegar a mi casa.

La señora Johnson lo contempla con incredulidad y precaución, sin saber exactamente cómo juzgarlo, mientras continúa abrazando a su hija.

—¿Cree usted en Dios, señor Hudson? —pregunta la mujer con tono firme.

Él, desconcertado, responde:

—Bueno... creo que es evidente que existe un creador. ¿Por qué lo pregunta, señora Johnson?

—Juro sobre la tumba de mi hija que rezaré con todas mis fuerzas para que se haga justicia. Y espero que el asesino de mi hija, sea quien sea, pague por su crimen    —responde ella entre dolor y rabia, alejándose de él sin dejar de abrazar a su hija.

David hace una mueca amarga, como si mascullara algo para sí mismo, y se da la vuelta sin pronunciar una palabra más.

Camina hacia su furgoneta mientras varios periodistas se le acercan lanzándole preguntas al mismo tiempo.

Él los ignora y continúa avanzando hasta el vehículo.

Una vez dentro, cierra la puerta con un golpe seco y permanece unos segundos pensativo, incapaz de decidir si las palabras de la señora Johnson han sido una amenaza o simplemente un aviso del karma.

Dos semanas después. Consultorio del Dr. Cole Sullivan...

Rebeca se encuentra sentada en el sofá del despacho, derramada sobre los cojines, con los pies apoyados en el suelo y una postura que transmite una clara sensación de derrota.

Una de sus rodillas se mueve con un vaivén nervioso y constante, como si intentara liberar la ansiedad que la consume.

Su mano izquierda le cubre parte del rostro, protegiéndose de la luz que se filtra por las rendijas de las persianas.

La otra descansa sobre el borde del sillón, que acaricia de forma mecánica una y otra vez, buscando una calma que no logra encontrar.

Su aspecto revela noches largas sin pegar ojo.

Los párpados, hinchados y enrojecidos de tanto llorar, enmarcan unos ojos de un azul apagado; la nariz, irritada y despellejada por el roce de los pañuelos, añade un matiz frágil a su expresión.

Lleva una sudadera rosada, un pantalón vaquero de pitillo algo desgastado y unas zapatillas blancas.

Su piel clara contrasta con el cabello rubio oscuro que le cae desordenado sobre los hombros, dándole un aire de vulnerabilidad que ni siquiera intenta disimular.

Frente a ella se encuentra un psicólogo con años de experiencia: el Dr. Cole Sullivan, un hombre de cincuenta y tantos años, de complexión robusta y porte tranquilo.

Viste una camisa blanca de manga corta perfectamente planchada, un suéter verde oscuro sin mangas y una corbata con un discreto diseño rojo que, de algún modo, suaviza su aspecto formal.

Su barba fina, blanquecina y recortada, junto a las gafas de montura dorada, le dan un aire pulcro, sereno y confiable.

Hay algo en su presencia, un equilibrio entre disciplina y cercanía que revela los años de práctica y una serenidad que el paso del tiempo no ha logrado desgastar.