Te declaro culpable
© inepub.com
CAPÍTULO I
INOCENTE HASTA QUE SE DEMUESTRE LO CONTRARIO
Hacia las seis y media de la mañana de un viernes, la cafetera gotea un delicioso y fuerte café con ritmo constante, esparciendo por la cocina un aroma intenso y acogedor.
David Hudson es un hombre que roza los cincuenta años, de rostro sereno y voz grave y ruda.
Lleva divorciado once años, envía religiosamente la manutención a su exmujer para su hija cada mes y mantiene una vida tranquila en California.
Durante la semana trabaja como camionero, recorriendo largas rutas por distintas localizaciones del estado.
Pero cuando llegan los fines de semana, los dedica plenamente a su hija, Annika.
Annika Hudson, una adolescente de catorce años, alegre, carismática y llena de vida, estudia en la secundaria de uno de los condados del estado.
Aunque pasa la mayor parte del tiempo con su madre, espera con impaciencia cada viernes para volver a casa de su padre, al que adora con locura, y aprovecha el tiempo para disfrutar de la mutua compañía.
Siempre que puede, disfruta también de una de sus aficiones: la fotografía.
Le encanta tomarse selfies para las redes sociales con una cámara de calidad que le regaló su madre hace unos años.
En su cuenta la siguen muchos estudiantes de su instituto que la piropean y apoyan su contenido con gran entusiasmo.
David, vestido con una bata y unas pantuflas, se mueve perezoso por la cocina, abriendo armarios y cajones de aquí para allá mientras prepara el desayuno.
Mete unas rebanadas de pan en el tostador y luego saca de la nevera la leche junto con los huevos.
Al intentar agarrarlo todo a la vez, uno de los huevos termina roto en el suelo.
David gruñe ligeramente por su torpeza y, haciendo caso omiso del pequeño desastre, continúa preparando los demás en una sartén ya caliente, con la mantequilla fundida burbujeando.
La radio, programada para encenderse a esa hora, se pone en marcha automáticamente con las primeras noticias del día a medio volumen.
Desde el fondo de la casa se escucha correr el agua de la ducha.
Annika, que excepcionalmente ha pasado también la noche del jueves con su padre porque su madre necesita el viernes para atender algunos asuntos administrativos, se está preparando para el último día de clases de la semana, tarareando feliz mientras se asea.
—¡Annika, vamos, cielo, que se enfrían las tostadas! —grita con tono jovial mientras revuelve los huevos.
—¡Voy, voy! ¡Ufa, qué rico! ¡Huele a desayuno del bueno, papá! —responde ella riendo con su particular tono entusiasta.
A los pocos minutos, Annika recorre el pasillo para dirigirse a la cocina, aún con el pelo húmedo, llevando consigo una mochila de dos correas que deja caer al suelo justo al lado de la mesa, donde un nutritivo desayuno la espera.
Luego se acomoda en una de las sillas, frotándose las manos con una sonrisa de oreja a oreja, lista para disfrutar de lo que ha bautizado como «el desayuno del bueno».
David se sirve una taza de café caliente y se gira con una expresión de fingida seriedad.
—El desayuno del bueno es solo para cuando apruebas matemáticas, jovencita.
—¡Papá! ¡Eso ha sido un golpe bajo! No te haces una idea de lo difíciles que se han vuelto las matemáticas en el instituto —protesta entre risas mientras se sirve un poco de zumo.
Él coloca frente a ella un plato de huevos revueltos con tostadas crujientes y membrillo, mientras ella se toma de una sentada el vaso de zumo fresco y se sirve más.
—¡Dios santo! Deja de beberte así el zumo o no te cabrá el desayuno.
—Papá, está buenísimo y dulce el zumo de naranja de esta marca nueva que compraste. No sé qué me pasa, que se me antoja este zumo frío últimamente.
—Ya veo... Te va a germinar un naranjo en el estómago.
Luego se sienta con su café en la mano, observándola con una expresión de orgullo y felicidad.
—¿Tienes todo listo para hoy? —pregunta, agarrando y echando un vistazo al horario de Annika que sobresale de la mochila—. ¿Tienes el libro de Ciencias en la mochila? ¿Y tu trabajo, el que hicimos anoche para presentar?
—Sí, papá. Lo tengo todo, no te preocupes. Además, he preparado mi presentación de francés para un programa especial de idiomas del instituto. Estoy nerviosa, pero creo que lo haré bien.
Él sonríe, relajado. El cariño y la energía de su hija lo desarman por completo.
—¡¿No me digas?! ¡Eso es magnífico! Me alegra que ya sea tu último día de clases de la semana y poder pasar el fin de semana juntos. He pensado en algunas ideas para hacer, pero ¿qué te apetece hacer a ti?
—¿Podríamos volver a visitar el zoo, como aquella vez? ¿Recuerdas? —propone ella.
—¿Te refieres a aquella vez, hace unos años, cuando te acercaste a la jaula de un mono que te sujetó de la camiseta y te asustaste tanto que suplicaste que nos marcháramos? —responde él con una sonrisa torcida y burlona.
Ella lo mira con complicidad y le saca la lengua mientras se le escapa una risa ingenua y alegre.
—En ese entonces era más pequeña, me puse nerviosa y necesitaba salir de allí. Además, ese mono me acojonaba.
—Esa lengua listilla... Al salir, recuerda poner un dólar de tu paga en el tarro de mal comportamiento —dice calmado, sin alzar la voz, pues le resulta difícil enfadarse con su niña.
—Pero, papá, lo del tarro ya no se lleva. He puesto muchos dólares ahí. ¿Los recuperaré por buen comportamiento?
—Claro que no los recuperarás. Considéralos tus ahorros iniciales para cuando vayas a la universidad.
—Jopé... —resopla ella.
—¡Ups! Que sean dos dólares.
—¿En serio? ¿Por qué? Si «jopé» no es un taco.
—Que sean tres dólares, lo has dicho otra vez —responde en tono juguetón mientras señala el tarro con el dedo índice—. Entre semana te echo de menos, diablilla. Estás creciendo muy deprisa; pronto encontrarás un novio y pasarás de este viejo cascarrabias.
—¡Buah! No exageres, anda. Los chicos del centro son tontos. Y yo también te echo de menos a ti. Me encanta desayunar contigo. Mamá hace las tostadas quemadas...
David arquea ligeramente las cejas, sorprendido por su comentario. Luego se inclina hacia ella, estira la mano y le revuelve el pelo con una caricia brusca, solo para molestarla.
—¿Pero qué dices? Si eres igualita que ella… Mis futuros nietos tendrán suerte de tener un abuelo que sepa hacer tostadas decentes.
—¡Papá! ¡Que me acabo de cepillar el pelo! —dice sin dejar de reír, aceptando la broma mientras le aparta la mano.
—Anda, termínate el desayuno y ve por tu abrigo antes de que se nos haga tarde. Yo iré a vestirme.
Cuando la joven termina de desayunar y, tras colocar los platos sucios en el fregadero, camina por el pasillo en dirección a su habitación.
Sin embargo, antes de llegar, se detiene al ver una carta abierta sobre la mesita del teléfono, en mitad del pasillo.
Al verla, entrecierra los ojos, intrigada, y no puede resistir la tentación de curiosear.
Mira hacia los lados y se asegura de que su padre no esté cerca; abre el sobre, saca el papel, lo desdobla con rapidez y lo lee en silencio, moviendo los labios como si pronunciara cada palabra de aquella carta.
Al darse cuenta de que se trata de una citación judicial, su rostro palidece y el mundo a su alrededor parece detenerse.
El documento no da muchos detalles sobre el caso; solo menciona a una familia de apellido Johnson y que la audiencia está programada para esa misma mañana, dentro de unas pocas horas.
—¿Papá...? ¿Tienes un juicio hoy? —pregunta con voz apagada.
David se queda inmóvil al instante, con varios botones de la camisa todavía sin abrochar.
Durante unos segundos permanece frente al espejo, sorprendido por la pregunta.
Respira hondo y continúa abrochándose la camisa.
Tras hacer unas muecas de nerviosismo, consigue serenarse y se dirige a ella con calma, aunque con un ápice de seriedad en el tono de voz.
—¡Annika! Sabes que no me gusta que andes cotilleando las cartas de los demás. Te lo he dicho muchas veces.
Ella queda amilanada por un instante. Su reacción hace que David sienta como si le hubiese gritado, así que suaviza enseguida el tono para explicarse.
—En fin... La verdad es que no quería que te enteraras, ni tú ni tu madre.
Termina de ponerse las botas y se acerca a la joven con una sonrisa tranquilizadora mientras, con una caricia, le coloca el flequillo detrás de la oreja. Luego posa una mano sobre su hombro y prosigue:
—Son solo unas malas personas que quieren sacarme dinero con mentiras y patrañas, cielo.
No te preocupes, no es nada grave. Pero, por favor, no le digas nada a mamá, ¿de acuerdo?
Entiende que mis asuntos personales ya no son asuntos de ella y prefiero mantenerlos en privado. Son cosas que papá solucionará pronto.
Las palabras de David consiguen tranquilizarla y Annika asiente algo más animada, aunque todavía confusa. Teme que su padre pueda estar metido en problemas y que, de algún modo, la separen de él. Solo pensarlo la aterra.
—¿Te van a meter en la cárcel, papá?
—¿Pero qué tonterías dices, cariño? No pienses más en eso, ¿de acuerdo? Tú céntrate en los estudios y dame una alegría con las matemáticas esta vez. Ya te he dicho que lo arreglaré.
Ella aparta el tema obedeciendo, pero hay algo en el tono de su padre que no termina de convencerla.
Ambos salen de la casa, suben a la furgoneta y se dirigen hacia el instituto. Desde el asiento del copiloto, Annika saca unas galletas de chocolate y comienza a comérselas, manchándose un poco la boca. Él la mira de reojo y comenta:
—¿Pero qué haces...? Me vas a ensuciar la furgoneta con esa cochinada —replica y prosigue—. Como sigas comiendo chucherías, se te picarán los dientes.
—¡Qué exagerado eres! Solo vienen cuatro en el paquete.