CAPÍTULO 13 #2
Sigo el sonido de su risa por el pasillo, y Willow aparece a la vista al doblar la puerta de la cocina. Está apoyada en la encimera, haciendo albóndigas. Un delantal verde cubre el vestido amarillo que lleva puesto, y una coleta alta se balancea entre sus omóplatos mientras se ríe a carcajadas.
Leo está de pie junto a la estufa, revolviendo una olla humeante de lo que supongo debe ser salsa marinara, a juzgar por el olor a ajo y a orégano en la habitación y la caja de espaguetis que tiene a su lado en la encimera.
—Le ofrecí la botella porque sabía que, una vez que terminara su primera copa, no habría ninguna posibilidad de que intentara encargarse de preparar la cena.
—Mamá ya sabe que cocina fatal. ¿Por qué sigue intentándolo? —pregunta Willow sonriendo mientras niega.
—Tendencias a complacer a los demás. Llevo unos treinta años intentando superarlas… —Leo se gira, sobresaltándose al verme en el umbral.
Me doy cuenta de que estuve aquí de pie, mirándolos fijamente, sin intentar hacerme notar.
—Joder, Wes. Me asustaste.
—Lo siento. —Hago una mueca.
Willow levanta la cabeza y sonríe aun más cuando me ve.
—Hola.
—Hola —la saludé torpemente—. Lo siento. Sé que dijiste que a las siete, pero Carter quería venir antes, así que…
—No hay problema —Leo sonríe, y se le forman hoyuelos a ambos lados de las mejillas, idénticos a los de Willow—. Te pondré a trabajar enseguida —dice, señalando un manojo de lechuga sobre una tabla de cortar junto a Willow—. ¿Sabes preparar ensalada César?
Asiento y me acerco a ella. Hay una botella de aderezo preparado junto a la lechuga, pero al revisar los ingredientes, frunzo el ceño.
—Eh... ¿te importaría si intento preparar mi propio aderezo?
Willow hace una pausa, sosteniendo una bola de carne picada en la mano mientras levanta la cabeza y me mira con una ceja arqueada.
—¿Sabes hacer aderezo casero para ensaladas?
—Mi madre era cocinera. —Me encojo de hombros—. Supongo que no cocino tan mal.
—Bueno, en esta casa no sabemos cocinar, así que estoy seguro de que lo que sea que se te ocurra no será peor que esta salsa que acabo de hacer —dice Leo, y mientras lo miro por encima del hombro, prueba la marinara, haciendo una mueca cuando le toca la lengua.
—Probablemente también podría ayudar con eso. —Me río—. Si quieres.
—Adelante, chico —dice, arrojando la cuchara de madera al resto—. Iré a emborracharme de vino con mi esposa.
—¡Oh! Tengo algo para ti. —Después de que su padre sale de la cocina, Willow corre hacia el fregadero, se lava las manos, abre el refrigerador y saca una cajita de papel blanco—. Están recién hechas. Dahlia las preparó esta mañana.
Me extiende la caja y abre la tapa para revelar cuatro trozos cuadrados de barritas de limón de color amarillo brillante, finamente espolvoreadas con azúcar glas.
—Oh. Yo…
Willow hace pucheros, saca un cuadrado de la caja y me lo acerca a los labios.
—Por favor, Wes.
Podría ser mortalmente alérgico al limón, e incluso así, esos grandes ojos azules y esos labios rosados y carnosos me convencerían de arriesgarlo todo. Maldita sea. Abro la boca un poco, suficiente para que deslice la mitad del postre dentro, permitiéndome darle un mordisco.
Es sabroso, suave y desmenuzable. El equilibrio perfecto entre el limón ácido y el azúcar.
Ella sonríe cuando un gemido se escapa de mis labios.
—¿Ves? Sabía que te convencería de que te gustan los dulces.
—No es dulce. Es ácido. —Le guiño un ojo, dedicándole una sonrisa con los labios cerrados mientras termino de masticar.
Vuelve a hacer pucheros, frunciendo el ceño.
—Como sea —resopla—. Te siguen gustando.
Se me escapa una risa, y aprovecha para meterme el resto del pay de limón en la boca.
Empuja un poco demasiado, y la punta de su dedo se engancha detrás de mis dientes inferiores.
Willow jadea cuando cierro los labios a su alrededor, lamiendo el residuo azucarado de su piel.
Sus ojos azules se iluminan, y si no me equivoco, sus pupilas se dilatan cuando retiro la mano y su dedo sale de mi boca.
Me mira fijamente con los labios carnosos entreabiertos, mientras una respiración agitada brota de ellos al compás de su pecho que se expande. Recorro con la mirada la columna de su garganta, observando cómo se mueve al tragar con dificultad antes de volver a verla a los ojos.
—Tienes razón, Wills. Me gustan mucho. Gracias por acordarte de mí.
Ella parpadea, estupefacta, y una oleada de orgullo inunda mi pecho.
Esto es coqueteo. Definitivamente estoy coqueteando.
No coqueteo. Nunca quise hacerlo. Nunca me importó.
Nunca tuve que morderme el labio para contener una sonrisa después de ver cómo los ojos de una mujer se abrían de par en par al tocarme.
Nunca sentí la necesidad de saltar de alegría después de hacer que alguien se sonroje como Willow ahora mismo.
Nunca sentí que mis entrañas se retuerzan, se bloqueen y se expandan al oír una risa como la que hacen cuando oigo la de Willow.
Como si las mismas mareas rompieran y se estrellaran dentro de mi cuerpo a su orden.
Como si fuera la luna.
Joder. No debería sentirme así. No debería comportarme de esta manera.
No sé qué me pasó en ese momento, y estoy seguro de que toda la valentía juguetona que siento ahora se desvanecerá en cualquier instante.
Quizás sea el hecho de que se acordó suficiente de mí como para comprarme pasteles, que tuvo la suficiente confianza como para metérmelos directamente en la boca.
No suelo estar tan cerca de la gente. No suelo tener conversaciones informales sobre mis verdades y mis miedos. No me emociona tanto ver a alguien como cuando me encuentro con Willow. Anticipo su presencia en todas partes, todo el tiempo.
Es intocable, y esto no puede ir más allá. Soy dolorosamente consciente de ello, pero supongo que por un breve instante quise fingir que podía ser juguetón, coqueto y encantador con una chica guapa a la que de alguna manera hago reír, que de alguna manera me hace sentir importante.
Sin embargo, cuanto más tiempo pasa Willow sin responder, más efímero parece ser este nuevo coraje.
Mierda. Quizás crucé la línea.
Le chupaste el dedo.
Sí. Definitivamente crucé la línea.
—Lo siento —digo apresuradamente—. ¿Fue...?
Willow me agarra del brazo y, con ambas manos, me guía hacia la caja de barritas de limón.
Me agarra el dedo, lo pasa por la crema pastelera y luego se lo lleva a la boca.
Me ve con una ceja arqueada, recorre mi dedo con la lengua y, después, lo envuelve con los labios y succiona el relleno de limón.
Y estoy duro.
—Ah —gimoteo. Gimoteo. Porque todavía me está tocando. Todavía me está sonriendo. Se está lamiendo los labios con la misma lengua. Eso fue solo en mi piel. Parpadeando con esos ojos azules increíblemente grandes con una inocencia que, de alguna manera, es lo más erótico que vi en mi vida.
—También sé jugar, Wes.
Ahora estoy estupefacto. Con la boca abierta y mirando fijamente.
Los seductores ojos azules de Willow recorren mi cuerpo, y maldigo los pantalones cortos que llevo puestos mientras su vista se desliza por mi rostro y mi pecho. Me giro, apoyando los brazos en la encimera, dándole la espalda.
—Sí —digo entre dientes—. Bien, buen jugo.
Su risa me eriza los huesos, y me pregunto si es posible que un simple sonido encienda la sangre de una persona.
—Weston, ¿sería inapropiado que te pidiera que prepararas la cena todas las noches? —pregunta Darby, mientras enrolla los espaguetis alrededor de su tenedor.
—Es lo que más echo de menos de tenerlo en casa. Eso seguro. —Carter asiente.
—Qué grosero —me río, apuntándole con el tenedor antes de volverme hacia Darby—. Y claro que sí. Estoy aquí para ayudarte en lo que necesites.
—Respuesta correcta —responde Leo—. Pero no te pediremos que hagas eso. Weston está aquí para surfear. —Me mira fijamente—. ¿Verdad?
Asiento rápidamente y vuelvo a mi comida.
El resto de la comida transcurre entre una conversación amena y demasiadas miradas furtivas a Willow, quien se sonroja cada vez que levanta la cabeza y se encuentra con mi mirada. Como si la habitación girara en el aire y cada uno fuera el centro del otro.
Todavía puedo saborear su piel en mi lengua. Todavía siento su lengua en mi piel.
Fue tan simple, inocente, en realidad. Sin embargo, temo que pasaré el resto de mi vida repitiendo esa interacción una y otra vez.
—Wes, tengo que recoger la mesa y lavar los platos, pero cuando termine, ¿por qué no hablamos en la oficina? —dice Leo, levantándose de la silla y señalando la cocina—. Bajando por el pasillo, la verás a tu izquierda justo antes de llegar a la puerta trasera.
Willow levanta la cabeza de golpe y sus ojos se encuentran con los míos antes de posarse en los de su padre. Su mirada se fija en ella antes de volver a mí, y aunque me dedica una sonrisa, esta transmite una sensación de dureza.
Mierda.
Nos vio en la cocina hace un rato. Nos oyó. Quizás notó mi erección.
¿Hay cámaras aquí? Giro la cabeza, recorriendo la habitación con la mirada. No veo nada, pero no hay forma de saberlo con certeza. Cuando vuelvo a ver a Willow, solo se encoge de hombros, sonríe levemente y se disculpa para levantarse de la mesa.
Me levanto de mi asiento y avanzo lentamente por el pasillo. Mis pasos resuenan con cada zancada, sonando como un chillido de joder, joder, joder con cada golpe que mi talón da contra el suelo.