Tartessos o Nazzis: El misterio de las estatuillas desaparecidas 29 Casa Colón. Huelva.
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29 Casa Colón. Huelva.

A la mañana siguiente, el gobernador civil había convocado a todos los medios de comunicación en la Casa Colón de Huelva, uno de los edificios más emblemáticos y hermosos de la ciudad, para informar oficialmente sobre el resultado de la operación.

Sobre el estrado, en una sala abarrotada de periodistas y curiosos, se encontraban el gobernador civil, el teniente coronel de la Comandancia de Huelva, el consejero de Cultura de la Junta de Andalucía y el director del Museo de Huelva. Frente de ellos, protegidas por una urna de cristal, descansaban las dos divinidades fenicias. Los flashes de las cámaras no dejaban de estallar a su alrededor como pequeñas tormentas de luz. Después de medio siglo de silencio, aquellas antiguas figuras regresaban por fin al lugar del que nunca debieron salir: la Historia.

Mientras el gobernador relataba los pormenores de la operación policial, Pablo y Sofía observaban la escena desde el fondo de la sala. Habían preferido mantenerse lejos del protagonismo. Ambos sabían que los verdaderos héroes rara vez ocupaban la primera fila.

Sofía sostenía con fuerza la mano de Pablo. Junto a ellos se encontraba Cinta, la viuda del pescador que había rescatado las estatuillas del fondo del mar tantos años atrás. Sus ojos húmedos contemplaban las figuras de bronce con una mezcla de admiración y arrepentimiento.

─Perdonadnos a mi difunto Manué y a mí… dioses del mar ─susurró casi para sí misma.

Pablo miró a Sofía y ambos sonrieron.

─Todavía recuerdo el día que recibí tu carta. Si te soy sincero, pensé que estabas completamente loca.

Sofía soltó una pequeña carcajada.

─Y yo todavía recuerdo la cara que pusiste cuando te hablé de Tartessos.

─Lo admito. Estaba convencido de que aquello era una fantasía arqueológica.

Durante unos segundos permanecieron en silencio observando las estatuillas. Aquellas dos pequeñas figuras habían provocado engaños, traiciones, asesinatos, fortunas y ruinas. Habían sobrevivido a guerras, océanos y generaciones enteras de hombres empeñados en poseerlas. Y, sin embargo, allí seguían. Impasibles. Como si el tiempo no tuviera ningún poder sobre ellas.

─Todo ha sido gracias a ti, Pablo. Fuiste el único que creyó en mí cuando nadie más lo hizo. Eso no lo olvidaré nunca.

Pablo sonrió.

─Por supuesto que no lo vas a olvidar, pienso recordártelo todos los días de mi vida.

FIN