Tartessos o Nazzis: El misterio de las estatuillas desaparecidas 28 ¡Qué comience el baile! #3
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28 ¡Qué comience el baile! #3

Silvestre recogió del suelo el viejo maletín de cuero que descansaba junto a la butaca donde había estado sentado Faramiñán. Lo colocó sobre una mesa auxiliar y lo abrió ante la mirada expectante de todos. En su interior había una bolsa de terciopelo negro. Silvestre la extrajo lentamente. La abrió y sacó las dos estatuillas. Esta vez la sala entera contuvo la respiración. Las piezas parecían distintas. Más oscuras. Más antiguas. Más vivas. El director del Museo de Huelva se acercó con cautela. Observó las figuras durante unos segundos eternos y asintió con gravedad.

─Son ellas.

Sofía se llevó una mano a la boca. Faramiñán cerró los ojos.

─Lo tenía todo planificado incluso antes de que yo llegara a la Comandancia ─continuó Pablo─. Pinaud y usted habían descubierto que las estatuillas iban a ser subastadas en el mercado negro. Se pusieron en contacto con su poseedor, Igor, a quien Pinaud conocía de otros negocios. Dada su fama, profesor, no tuvieron problemas en permitirle examinarlas con el pretexto de acreditar su autenticidad y elevar el precio de la subasta.

Pablo señaló las piezas falsas del pedestal.

─Después, Pinaud encargó unas réplicas exactas a un artesano de Sevilla con los datos, fotografías e instrucciones aportadas por usted. Cuando llegó el momento, durante el examen previo, llevado a cabo en la sala contigua a esta, dieron el cambiazo. Confiaban plenamente en usted y un tipo como Igor jamás iba a distinguir un dios verdadero de una copia si ambos brillaban lo suficiente bajo la luz adecuada.

─Debe reconocer que era un buen plan ─dijo Pinaud con media sonrisa en el rostro.

─Lo era ─admitió Pablo─. Pero olvidaron que hasta los buenos planes también necesitan que nadie los mire demasiado cerca.

Sofía miró al profesor con los ojos llenos de lágrimas.

─¿Por qué, maestro? ¿Por qué tenía que ser usted?

Faramiñán tardó en responder. Cuando lo hizo, su voz sonó más vieja.

─Porque nadie sospecha del anciano que lleva toda la vida esperando hacer justicia. Necesitaba cobrarme algo de este mundo ingrato, de esta sociedad dirigida por políticos corruptos bajo el beneplácito de la Iglesia y la Monarquía. Además, tenía el propósito de ofrecérselas a la persona que más me ha querido y cuidado en los últimos años, como muestra de mi inmenso amor hacia él…

─No sigas, Alfonso ─le solicitó Pinaud mientras cogía las manos temblorosas del profesor.

─Sí, debo seguir. Es mi deber. Todo te lo debo a ti, mi querido Alain. Sirva esta confesión para exculparlo de toda responsabilidad. Todo fue idea mía, sargento. Este iba a ser mi regalo para la persona más sensible y maravillosa del mundo. Él sabría apreciar como nadie la majestuosidad de los dioses venidos del mar. Durante décadas vi cómo esas piezas pasaban de unas manos sucias a otras. Pescadores, espías, nazis, traficantes, mafiosos, coleccionistas. Todos querían poseerlas. Todos querían encerrarlas. Yo solo quería salvarlas de los Estados, de los museos domesticados, de los despachos donde la Historia se convierte en inventario.

─Las iba a sacar de España ─dijo Sofía con un hilo de voz.

Volvió la mirada hacia ella.

─Las iba a poner a salvo. Lo siento, Sofía. Espero que algún día me perdones.

─¿A salvo de quién?

─De todos nosotros.

Pablo dio un paso más.

─Profesor, las estatuillas no pertenecen a los gobiernos ni a los traficantes. Tampoco le pertenecen a usted. Son patrimonio de todos.

─Esa palabra, patrimonio, es hermosa en boca de los honrados y peligrosa en boca de los poderosos ─replicó Faramiñán─. Los hombres han usado palabras nobles para justificar saqueos desde que aprendieron a escribir.

─Puede que tenga razón ─dijo Pablo─. Pero esta noche no estamos juzgando a la Historia. Estamos juzgando lo que usted ha hecho con ella.

Pinaud intervino entonces, con la serenidad de quien lleva tiempo ensayando su papel.

─Los imperios caen, las banderas cambian, pero las fraternidades sobreviven, monsieur Torres. Usted ha ganado una batalla menor. Nada más.

Pablo lo miró.

─Los hombres como usted siempre confunden la sombra con la eternidad.

El marchante francés no respondió.

El secretario judicial ordenó que constara en acta el hallazgo de las piezas auténticas en el maletín del profesor Faramiñán, así como la existencia de dos réplicas exactas depositadas previamente sobre el pedestal de la subasta.

Pablo hizo una señal a los guardias para que se llevaran a los detenidos. Sofía seguía mirando el maletín abierto sobre la mesa, como si en su interior no estuvieran solo las estatuillas, sino también los restos de una traición.

─Lo siento ─dijo Pablo.

─No ─respondió Sofía con voz quebrada─. Lo siento yo. Creí que lo conocía.

─A veces creemos conocer a las personas porque amamos la parte de ellas que nos salvaron.

Ambos se quedaron mirando fijamente las dos pequeñas divinidades de bronce que permanecían inmóviles. Habían sobrevivido a fenicios, romanos, guerras, espías, mafiosos, traidores y hombres que decían actuar en nombre de la libertad. Y probablemente sobrevivirán también a todos los que aquella noche creyeron poseerlas.

Porque los hombres pasan.

Los dioses, en cambio, saben esperar.