28 ¡Qué comience el baile! #2
Hubo algunos encontronazos con los vigilantes privados contratados por el hotel. También fue necesario reducir y detener a varios matones que acompañaban a algunos de los asistentes y que intentaron empuñar las armas de fuego ocultas bajo sus elegantes americanas. Pero poco pudieron hacer ante la rapidez y precisión del despliegue policial. En cuestión de minutos el edificio quedó completamente asegurado. Cuando el último acceso fue controlado, el sargento al mando del equipo del GRS comunicó por radio a Torres:
─Todo despejado. El objetivo está asegurado.
Pablo respiró hondo. Ahora le tocaba intervenir a él.
Mientras caminaba por aquel lujoso pasillo del hotel junto al secretario judicial y sus dos hombres de confianza, Silvestre y Durán, no dejaba de pensar en Sofía, sentada sobre el borde de la cama, comiéndose las uñas, si es que aún le quedaban, con la mirada perdida sobre los tejados de Sevilla.
Al otro lado de aquellas puertas aguardaban semanas de investigación, medio siglo de secretos y dos pequeñas figuras de bronce por las que algunos hombres habían estado dispuestos a matar. Las puertas del salón se abrieron.
Al entrar en el salón principal se hizo el silencio. Todos los presentes se quedaron mirándolo. Alguno hizo el intento de protestar, pero Pablo se adelantó:
─Buenas noches, señores. Soy el sargento Torres, perteneciente al equipo de Policía Judicial de la Guardia Civil de Huelva. Me acompaña el secretario judicial, el señor Guzmán, del Juzgado de Instrucción número dos de Huelva y el director del Museo de Huelva, don Manuel Carmona, en calidad de asesor técnico de la operación. El motivo de nuestra intervención en esta subasta no es otro que recuperar las dos estatuillas arqueológicas hoy aquí expuestas. Pertenecen al Patrimonio Histórico Español y constituyen una parte irrenunciable de nuestra memoria histórica, de nuestra cultura y del legado de las civilizaciones que nos precedieron.
─¡Esto es un atropello! ¡Usted no puede…! ─vociferó Igor desde su butaca.
─Hombre, el señor Igor Vasiliev. Me olvidaba de usted. No se preocupe, también se viene con nosotros. Queda detenido en cumplimiento de la orden europea de detención emitida por Alemania contra usted, además de por la presunta posesión ilícita de las presentes estatuillas y por ser el artífice de esta subasta ilegal. Leedle sus derechos y proceded a su detención ─indicó a sus hombres.
─¡Te vas a enterar, picoleto de mierda! ¡Te voy a hundir! ¡No tienes ni idea con quién te estás metiendo! ─escupió Igor, acompañado de salivazos blanquecinos, en un castellano casi perfecto, mientras los agentes lo reducían y engrilletaban.
Pablo se lo quedó mirando fijamente. El rostro del ruso destilaba odio y rabia a partes iguales. La misma expresión había visto años atrás en algunos terroristas con los que se había topado en épocas pasadas. Asesinos sin escrúpulos que se creían por encima del bien y del mal. Hombres convencidos de tener derecho a decidir sobre la vida de los demás. Individuos que confundían el miedo con el respeto y la impunidad con el poder. El poder de arrebatar una vida. El poder de comprar voluntades. El poder de sembrar el terror. Así veía Pablo a aquellos profesionales del mal: hombres capaces de poner precio a cualquier cosa, excepto a su propia codicia.
No pudo reprimirse y se acercó a él:
─¿Sabe una cosa, señor Igor? Me importan una mierda sus amenazas. Mañana el mundo amanecerá siendo un lugar mejor gracias a que tipos como usted estarán entre rejas. Eso es lo que realmente me importa. ¡Lleváoslo!
Mientras los agentes del GRS se llevaban detenido a Igor, Sofía entró en el hotel acompañada de Durán. Pablo le había pedido que fuese a buscarla para que estuviera presente en el acta de incautación de las piezas y en lo que a continuación iba a comunicar a todos los allí presentes.
Sofía avanzó por el salón sin apartar la mirada de las estatuillas. Durante unos segundos todo lo demás pareció desaparecer para ella: los agentes, los millonarios sorprendidos y el lujo obsceno de aquella sala. Allí estaban. Los dioses que habían venido del mar. Majestuosos, radiantes, increíbles. La razón de tantos años de búsqueda.
Entonces Pablo la miró y se volvió hacia el profesor.
─Profesor Faramiñán, queda usted detenido por delitos contra el Patrimonio Histórico Español y colaboración con banda criminal organizada, al igual que su socio, el señor Pinaud.
Se produjo un silencio atronador en toda la sala.
Pablo colocó los grilletes sobre las frágiles muñecas del profesor, mientras Durán hacía lo propio con el marchante Pinaud.
─¡Pero te has vuelto loco, Pablo! ─exclamó Sofía, incapaz de comprender lo que estaba viendo─. ¿Qué estás haciendo?
─Lo siento, Sofía. No podía decirte nada. Más tarde te lo explicaré todo.
─¡¿Cómo que más tarde?! Necesito que me lo expliques ahora mismo.
─Sofía, tranquila ─dijo el profesor con voz cansada─. Quien debe explicarlo todo soy yo.
Juntó las manos apresadas por los grilletes como si pidiera perdón. Después miró fijamente a Pablo.
─Y dígame, Torres… ¿desde cuándo lo sabe?
Pablo no respondió de inmediato. Aquel era el momento que más le pesaba de toda la operación.
─Desde nuestra primera charla. Cuando Sofía nos presentó, usted me contró que en aquella época conoció personalmente a los dos protagonistas de nuestra historia: Klauss y Valdini. Uno detenido. El otro asesinado. También me dijo que en aquellos años todos colaboraban de una u otra forma con alguno de los dos bandos.
Faramiñán sonrió con tristeza.
─Eso no prueba nada.
─No. Pero me hizo escuchar con más atención. Después vi el símbolo grabado de su viejo maletín de cuero. En aquel momento no le di importancia.
─¿Y cuando empezó a sospechar de verdad?
─En nuestro segundo encuentro. Nos contó que Pinaud se había puesto en contacto con usted para contratar sus servicios. Cuando nos mostró su tarjeta de visita pude ver una marca de agua, muy tenue, casi invisible. Coincidía con el símbolo de su maletín.
Pinaud dejó escapar una breve carcajada, fría y elegante y dijo:
─A veces, monsieur Torres, los detalles más insignificantes son los que condenan a los hombres. ¿Verdad?
─Así es ─respondió Pablo sin apartar la mirada del profesor─. Después busqué en hemerotecas y archivos históricos qué podía significar aquella inscripción. Averigüé que pertenecía a una logia masónica. Una sociedad discreta, filosófica, filantrópica… y, en algunas ocasiones, demasiado acostumbrada a mover sus piezas fuera del tablero.
─Veo que ha hecho los deberes, sargento ─dijo Faramiñán.
─Me gusta mi trabajo.
Pablo dio un paso hacia él.
─Pero la mayor sorpresa vino después, cuando descubrí en periódicos de la época que usted pasó dos años en prisión por un artículo publicado en 1943, en el que elogiaba la República y sus ideales de fraternidad frente al fascismo y la barbarie. Lo firmó con seudónimo, pero alguien de su entorno lo delató. Cumplió condena en la prisión provincial de Cáceres. ¿No es así, profesor?
El rostro del anciano se endureció.
─Así fue. Los peores dos años de mi vida. Sufrí calamidades y vejaciones que usted no puede ni imaginar.
─Y siempre pensó que fue Klauss quien lo denunció a las autoridades del régimen franquista. ¿Cierto?
─No lo pensé, sargento. Lo supe años más tarde.
─Lo deja claro en sus conversaciones. Ah, no se lo he dicho: a partir de aquella segunda reunión, con autorización judicial, intervinimos su teléfono y el del señor Pinaud. También fueron sometidos ambos a vigilancia constante. Pero eso ya lo sabía.
─Vaya ─murmuró Faramiñán─. Lo tenía todo bien atado.
Sofía no daba crédito a lo que estaba oyendo. En sus ojos negros comenzaron a aflorar légrimas de dolor e impotencia.
─Pablo, no entiendo nada. Pero sin nos ha ayudado a recuperarlas. Míralas. Están ahí ─exclamó Sofía señalando las piezas sobre el atril de cristal.
Pablo la miró con una tristeza que no pudo ocultar.
─No, Sofía. Esas no son las auténticas.
Nadie respiró. Hasta los hombres del GRS permanecían inmóviles. Durante un instante solo se oyó el zumbido del aire acondicionado del salón. La joven palideció.
─¿Qué?
─Las verdaderas están guardadas en su maletín. ¿Verdad, profesor?