Tartessos o Nazzis: El misterio de las estatuillas desaparecidas 28 ¡Qué comience el baile!
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28 ¡Qué comience el baile!

─¡Empieza el baile, chicos! ─acertó Pablo a decir mientras leía el contenido del sobre en presencia de sus manzanas verdes. Después de meses persiguiendo sombras, por fin tenían una fecha, un lugar y una oportunidad.

─¡Bien, mi sargento! ¿Para cuándo la operación? ─preguntó Silvestre.

─La subasta va a tener lugar el próximo sábado por la noche en un céntrico hotel de Sevilla. Hablaré con el teniente coronel para coordinar todo el operativo policial. No podemos fallar. Si las estatuillas desaparecen de nuevo, pueden pasar otros cincuenta años antes de que alguien vuelva a verlas.

Hizo una pausa y miró a Durán.

─¿Pudiste ponerle el micro al profesor?

─Así es, mi sargento. Aproveché el momento en que entró en los baños de la estación de tren. Me aseguré de que el tipo que lo seguía no nos viera, me identifiqué y le pedí su chaqueta. Inserté el micro en el dobladillo de la solapa y posteriormente se la volví a coser. Le aseguro que quedó perfecto. Ni mi madre lo hubiera hecho mejor ─dijo sonriendo.

─No lo pongo en duda. ¿Has comprobado que funciona?

─Perfectamente.

─Bien. Os prepararé un informe para solicitar al juez la entrada y registro en el hotel. En cuanto lo tenga, se lo llevaréis personalmente para que extienda la preceptiva orden. También necesitaré mandato judicial de su señoría para la detención del tal Igor Vasiliev, en cumplimiento de la orden europea de búsqueda y captura. Llevaos copia, por si tenemos suerte y se encuentra presente durante la subasta.

─De acuerdo. Lo que sí vamos a necesitar, si me lo permite, mi sargento, es la ayuda del GRS, ¿no cree? ─dijo Silvestre con preocupación.

─Por supuesto. Ahí nos podemos encontrar de todo: desde guardaespaldas rompehuesos hasta matones sin escrúpulos y pistoleros con traje caro. Pediré la colaboración de los compañeros de la Comandancia de Sevilla, si el jefe no tiene inconveniente.

Pablo dobló cuidadosamente la nota y la guardó en una carpeta.

─Ah, otra cosa más. Me ha dicho el teniente coronel que Jefatura va a expedientar al capitán Gil-Vadillo por una falta disciplinaria muy grave, derivada de la obstrucción voluntaria de una investigación criminal y ocultación de información. Así que, a partir de mañana, queda inhabilitado para su cargo.

─¡Menudo varapalo para él! La verdad sea dicha, nos estaba acosando tanto a Silvestre como a mí para que le informáramos de todos sus movimientos, mi sargento. Pero esté tranquilo, nunca nos arrancó ni un solo dato ─dijo Durán mientras respiraba aliviado.

Hotel Alfonso XIII. Sevilla.

Desde primera hora de la tarde del sábado, Pablo y su equipo se encontraban apostados en los alrededores del hotel donde iba a tener lugar la subasta de las estatuillas. Junto a él se hallaba un secretario judicial comisionado por el Juez para levantar acta de todo cuanto allí aconteciera. También disponían de una unidad del GRS de la Comandancia de Sevilla. Aquellos hombres estaban adiestrados para manejar situaciones críticas de seguridad ciudadana y, como le había dicho el teniente coronel, nunca venía mal tener a nuestros primos de Zumosol cerca por si la cosa se torcía.

Todo estaba preparado. Demasiadas semanas de trabajo desembocaban en aquellas pocas horas. Un solo error podía arruinarlo todo.

Sofía también se había desplazado hasta Sevilla. Esperaba impaciente en un pequeño hotel cercano. Pablo no podía dejar de pensar en ella, en lo nerviosa y expectante que debía de estar por tener, al fin, ante sus ojos aquellos dioses fenicios tan importantes para sus investigaciones. Al final iba a poder demostrar su teoría sobre el origen del pueblo tartésico.

Mientras observaba la imponente fachada de aquel lujoso hotel sevillano, construido en 1928 por orden del rey Alfonso XIII y de marcado estilo neomudéjar, Pablo escuchaba cómo los guardias Durán y Silvestre realizaban pruebas de sonido del micrófono insertado en la chaqueta del profesor Faramiñán. Gracias a aquel pequeño dispositivo habían podido conocer los pormenores de cómo se desarrollaría la subasta. Sabían que tendría lugar en el salón principal, conocido como el Salón Real.

La noche comenzaba a caer sobre Sevilla y el viejo Alfonso XIII parecía más un palacio levantado para las conspiraciones que un hotel de lujo. Dentro se reunirían algunos de los hombres más poderosos y peligrosos del mundo. Fuera, la Guardia Civil esperaba pacientemente el momento de mover ficha. La partida estaba a punto de comenzar.

Desde su posición de vigía, Pablo pudo comprobar cómo varios coches de alta gama accedían silenciosamente al aparcamiento privado del hotel, cuya entrada estaba custodiada por dos tipos corpulentos de traje oscuro y pinganillo en las orejas. En uno de aquellos vehículos viajaba el profesor Faramiñán. Había sido recogido en un punto indeterminado de Sevilla y custodiado en todo momento por los hombres de confianza de monsieur Pinaud, quien se había limitado a facilitarle la información imprescindible, sin revelar más de lo estrictamente necesario.

─¡Llegó la hora! ─advirtió Durán.

La subasta iba a comenzar. Un hombre con marcado acento inglés empezó a dirigirse a los presentes en un castellano algo rudimentario, pero perfectamente comprensible. Pablo cogió uno de los pinganillos conectados al micrófono oculto que portaba el profesor en la chaqueta, mientras por la emisora oficial ponía a todo el personal operativo en posición de alerta:

─ ¡Todo el mundo atento! Empieza el baile. Preparados para mi señal.

El maestro de ceremonias realizó las oportunas presentaciones, aunque sin revelar la identidad de ninguna persona ni de los representantes presentes en la sala. Se dirigió a ellos en varios idiomas, algo revelador sobre la procedencia de los asistentes.

Según habían podido averiguar Pablo y su equipo a través de las notas intercambiadas con el profesor y de diversos confidentes, aquella noche estaban presentes importantes personalidades del mundo de las finanzas, varios magnates del petróleo llegados desde sus yates de lujo atracados en Puerto Banús-Marbella y, cómo no, el desconocido multimillonario que había contratado los servicios del profesor para asesorarlo sobre la verdadera naturaleza de las estatuillas.

También cabía la posibilidad de que estuviera Igor Vasiliev, buscado por Interpol por tráfico ilegal de armas a nivel mundial y que figuraba entre los principales proveedores de armamento de Oriente Próximo y el Sahel. Sobre él pesaba una orden europea de búsqueda y captura emitida por Alemania.

Si todo salía bien, aquella noche caerían dos tesoros: las estatuillas y el hombre que había intentado convertirlas en mercancía.

Una vez realizadas las presentaciones, el maestro de ceremonias indicó con un leve movimiento de cabeza a uno de sus ayudantes que trajera a la sala la preciada mercancía. Las estatuillas aparecieron lentamente, como si emergieran de las profundidades del mar Mediterráneo. Resplandecían espléndidas y majestuosas sobre un cojín aterciopelado de color rojo intenso. Habían sido cuidadosamente depositadas sobre un pedestal de cristal en el centro de la sala, bajo una potente luz blanca proyectada desde el techo.

Los presentes quedaron fascinados ante la presencia de los dos dioses fenicios. En la sala reinaba un silencio ancestral. Durante unos segundos nadie habló. Medio siglo de búsquedas, mentiras, traiciones y muertes descansaban sobre aquel pequeño pedestal.

El primero en romper aquella atmósfera casi sagrada fue Pinaud. Susurró algo al oído del profesor Faramiñán, quien se incorporó lentamente de su asiento para solicitar al subastador permiso para examinar las piezas más de cerca.

─¡Por supuesto, caballeros! Pueden acercarse y contemplarlas. Aunque sepan todos ustedes que nuestros expertos certifican al cien por cien su autenticidad, situando su origen entre los siglos VIII y VII a.C., durante el periodo del reino de Tartessos. Como bien sabrán, se trata de los dioses Anath y Reshef, dos divinidades adoradas por la cultura fenicia, siendo las dos únicas piezas conocidas halladas en territorio de la península ibérica pertenecientes a dicho periodo. Eso las convierte en algo de extraordinario valor.

Hizo una pausa teatral.

─Permítanme decirles que se encuentran ante una de las grandes maravillas arqueológicas de nuestro tiempo, al alcance de muy pocas personas. Una oportunidad que quizá no vuelva a repetirse jamás.

Una vez hechas todas las comprobaciones sobre su autenticidad, Pablo aguardó. Había acordado con el profesor Faramiñán una frase en clave que confirmaría si realmente se trataba de las estatuillas originales. El mensaje debía dirigirse a Pinaud, pero pronunciado lo bastante alto para que Pablo pudiera escucharlo a través del micrófono oculto en la solapa de su chaqueta.

El profesor regresó lentamente junto al marchante francés y se inclinó hacia él.

─Son preciosas. Cómo le hubiera gustado contemplarlas a mi hija Sofía.

Pablo cerró los ojos durante un instante. Era la frase acordada. No habría una segunda oportunidad.

─No se preocupe, profesor. Su hija podrá venir a verlas cuando quiera ─respondió Pinaud con una sonrisa demasiado amplia.

─¡Es la señal! ¡Luz verde! ¡Entramos en acción! ─ordenó Pablo a todos los agentes desplegados en el operativo.

Rápidamente, todos los agentes apostados en distintos puntos alrededor del hotel abandonaron sus posiciones ocultas. Los agentes del GRS aseguraron meticulosamente cada acceso y cada salida del edificio. Nada había quedado al azar. Todo había sido estudiado y planificado hasta el último detalle por Pablo y sus hombres.