27 Bibilioteca municipal. Huelva.
El profesor Faramiñán entró por la puerta principal de la biblioteca. Era una mañana fría y húmeda; apenas habían pasado unos minutos de las diez y no se veía a nadie dentro del centro. Solamente se encontraba el conserje, un hombre bajito y calvo, con gafas de pasta y un espeso bigote que le daba un aire afable y algo anticuado. Desde su mostrador saludó amablemente al profesor, a quien conocía de su etapa en la Universidad de Huelva, así como de las conferencias y charlas-coloquio que había impartido en aquel centro cultural, todo un referente en la ciudad.
─Buenos días, profesor. Qué placer verle de nuevo por aquí.
─ Buenos días, gracias.
─¿Puedo ayudarle en algo?
─Sí, gracias. He venido a buscar un libro y deseo dejárselo a un amigo en la taquilla de depósitos, pero no recuerdo dónde se encuentran.
─En la primera planta, profesor, justo al lado de la sala principal de lectura.
─¡Ah sí!, ya recuerdo.
En ese mismo instante, mientras el profesor empezaba a subir las escaleras que le conducían a la primera planta del edificio, un corpulento hombre vestido con un impecable traje negro y gafas de sol entró en la biblioteca y observó pacientemente como el profesor ascendía por la escalinata. Después se dirigió al conserje y, en un español algo rudimentario, preguntó:
─Buenos días, desearía alquilar un libro.
El conserje no pudo evitar una leve sonrisa al escuchar hablar al extraño personaje, de acento marcadamente extranjero, probablemente ruso o alemán, pensó, aunque su aspecto le resultaba inquietante y se contuvo todo lo posible para no incomodarlo.
─Disculpe, señor, pero aquí no se alquilan libros, simplemente se prestan durante un tiempo determinado.
─Bien, pues eso, quiero que me presten un libro.
─Necesita tener previamente una tarjeta expedida por la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía. ¿La tiene?
─No tener tarjeta.
─Entonces necesitaría su documentación personal para poder solicitarle una.
─No ser necesario. Otro día.
El hombre observó fugazmente la escalera por la que había desaparecido el profesor.
─Muy bien, señor, como usted desee.
El extraño abandonó rápidamente la biblioteca antes de que Faramiñán regresara a la planta baja.
─Y bien, profesor, ¿encontró lo que buscaba? ─preguntó amablemente el conserje.
─No, no pude encontrar el libro que buscaba, pero no importa. No es nada urgente.
─Si me dice cuál es, quizás pueda intentar buscarlo por usted.
─No, no se preocupe, en serio. No es importante, gracias.
─Como usted quiera. Ha sido un placer volver a verlo.
Frente a la biblioteca se encontraba apostado un Peugeot 306 blanco, donde esperaban los dos agentes a los que Pablo había impartido instrucciones precisas acerca de lo que debían hacer.
Durán y Silvestre, dos jóvenes guardias recién aterrizados en Huelva, o como los había bautizado Santacana: «las manzanas verdes», observaban con atención cuanto ocurría, controlando en todo momento los movimientos tanto del profesor como de la persona que lo seguía.
Primero salió el hombre corpulento. Se alejó lentamente de la biblioteca mientras hablaba a través de un pinganillo que se sujetaba con la mano izquierda. Caminó hasta un Audi negro que se encontraba estacionado a unos cincuenta metros. No parecía un cliente habitual de bibliotecas.
Pocos segundos después apareció el profesor. Levantó discretamente la vista, comprobó la calle y detuvo uno de los escasos taxis que circulaban por la avenida a aquella hora.
Los guardias sabían que el profesor Faramiñán había dejado la información en la taquilla que el sargento había reservado previamente. Así que Silvestre se bajó del coche para dirigirse a la biblioteca y recoger el mensaje, mientras Durán iniciaba el seguimiento tanto del profesor como del individuo del traje negro, supuesto aficionado a la lectura.
Tras recoger un pequeño sobre lacrado de color sepia del interior de la taquilla número 58, donde únicamente figuraban las iniciales: «P.T.», Silvestre se lo guardó cuidadosamente en el bolsillo interior de la americana. Abandonó la biblioteca con paso firme y puso rumbo a la Comandancia. Allí, su sargento lo esperaba con impaciencia.
A veces una investigación avanzaba gracias a meses de trabajo. Otras veces, todo dependía de una sola hoja de papel escondida dentro de una taquilla.