Tartessos o Nazzis: El misterio de las estatuillas desaparecidas 26 Gobierno Civil. Huelva.
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26 Gobierno Civil. Huelva.

En el salón de actos del edificio principal del Gobierno Civil de la provincia, ubicado en la avenida dedicada al ilustre capitán de la carabela «La Pinta», don Martín Alonso Pinzón, que surcó los mares allá por 1492 junto a Cristóbal Colón en busca del Nuevo Mundo, parecía existir cierto paralelismo con la misión que tenía por delante Pablo y su peculiar equipo: encontrar unas estatuillas perdidas cuya sombra se proyectaba sobre medio siglo de secretos.

Se había convocado, por parte del gobernador civil y del jefe de la Comandancia de la Guardia Civil, a la prensa para dar a conocer los pormenores de la operación policial que había culminado con la detención de los presuntos responsables del asesinato del fotógrafo italiano Pietro Valdini en su residencia de Punta Umbría.

Tomó primeramente la palabra el señor gobernador para explicar brevemente el relato de los hechos y felicitar, de paso, a su acompañante, el teniente coronel Moscoso, haciendo extensiva la felicitación también a los agentes que habían resuelto de forma tan brillante el caso.

Pablo permanecía en segundo plano, fuera de la mirada y de los flashes de las cámaras. Se había situado fuera del foco de atención a petición propia y, aunque su jefe le pidió que se sentara junto a él en la mesa presidencial, declinó tal invitación. Motivos no le faltaban. Como le explicó al teniente coronel, todavía estaba pendiente descubrir el paradero de las estatuillas y no podía permitirse que algunos de los hombres de Igor pudieran relacionarlo con la investigación. Faltaba poco para asestar el golpe final y no podía dejar nada al azar. Además, siempre había sido muy receloso a la hora de comparecer ante los medios de comunicación, tal vez por costumbre. Hacía poco que había dejado atrás un territorio donde la discreción podía salvarte la vida, y él se manejaba mejor en las sombras que bajo los focos. El anonimato facilitaba su labor y le permitía observar sin ser observado, una ventaja que en ocasiones valía más que una pistola cargada.

El teniente coronel Moscoso explicó algunos detalles de la investigación, aunque sin entrar en datos que pudieran relacionarse con las estatuillas. Hizo un relato cronológico de los acontecimientos ocurridos años atrás, cuando Valdini y el ahora detenido Klauss eran íntimos amigos: «…de como conspiraron juntos con los ingleses para llevar a cabo uno de los mayores engaños de la historia, haciendo creer que el cadáver aparecido en las playas de Huelva en 1943 correspondía al oficial de la Royal Marine William Martin, portador de información secreta sobre los supuestos desembarcos aliados en Grecia y Cerdeña, cuando el verdadero objetivo era Sicilia.

La operación fue un éxito rotundo para los aliados. Los servicios secretos alemanes mordieron el anzuelo y las tropas angloamericanas pudieron iniciar la invasión de Sicilia, paso decisivo para la posterior caída de Italia.

Lo que nadie sabía era que buena parte de aquel montaje había contado con la colaboración del principal responsable de la inteligencia alemana en Huelva: el señor Klauus, jefe local de la Abwehr.

A cambio, los aliados garantizaron a la empresa familiar de Klauss importantes contratos para la reconstrucción de la devastada Alemania.

Durante más de medio siglo aquel secreto permaneció enterrado bajo toneladas de silencio, pero la Historia tiene una curiosa costumbre: tarde o temprano, siempre termina reclamando lo que le pertenece.

Esa traición histórica atormentaba profundamente la conciencia de Valdini, quien había decidido contarlo todo antes de morir, aquejado de una enfermedad terminal. Klauss no podía permitir que la verdad saliera a la luz. Aquella revelación habría supuesto la ruina económica y moral para su familia. Por ese motivo ideó un plan para acabar con la vida del fotógrafo, valiéndose de la cooperación de su hija Beatriz».

Los periodistas asistían atónitos al relato. No paraban de tomar notas, hacer fotografías y cruzar comentarios entre ellos. Cuando el teniente coronel concluyó su intervención, una auténtica selva de brazos se alzó entre la abarrotada sala solicitando la palabra.

La noticia era asombrosa. Abriría portadas e informativos de medio mundo. Los corresponsales acreditados redactaban ya sus crónicas a toda velocidad, conscientes de que estaban asistiendo al nacimiento de una historia capaz de alterar la versión oficial de algunos acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial.

Sin embargo, mientras los periodistas perseguían titulares, Pablo pensaba en otra cosa. En algún lugar de Andalucía, quizá a poca distancia, las estatuillas estaban a punto de cambiar de manos. Y cuando eso ocurriera, recuperarlas podría resultar imposible.

A veces la verdad llega demasiado tarde. Y él empezaba a sospechar que el tiempo corría más deprisa que ellos.