25 Facultad de Humanidades. Universidad Huelva
Una vez dentro del aula n.º 7, correspondiente al Departamento de Arqueología, se acomodó en uno de los últimos bancos de madera y observó cómo Sofía se dirigía a sus alumnos con la misma pasión y entrega que la primera vez que la vio. Llevaba el pelo suelto, a media melena, y sus ojos negros pronto se fijaron en él. Lo había reconocido nada más verlo. Le hizo una pequeña mueca con la boca, a modo de leve sonrisa, y Pablo asintió con la cabeza, que aún llevaba cubierta con la gorra de béisbol. Después de que terminara la clase y de que todos los alumnos hubieran abandonado la sala, Pablo se dirigió hacia ella con vehemencia.
─¿Qué tal, Sofía? ¿Cómo estás?
─Ansiosa por verte y saber de ti ─respondió ella mientras saltaba sobre él, rodeándolo con sus interminables piernas y besándolo con pasión.
Podía sentir el latido acelerado de su corazón contra el suyo y se dejó envolver por aquel perfume inconfundible que ya asociaba inevitablemente a ella. Durante unos instantes, el mundo exterior desapareció. Solo existían Sofía y él, como dos amantes sorprendidos por el destino en el lugar menos oportuno y, quizás, por eso mismo, más irresistible. La estrechó entre sus brazos con una mezcla de deseo y necesidad contenida. Habían pasado apenas unos días separados, pero la ausencia había estirado el tiempo hasta volverlo insoportable. Sofía levantó la mirada y sus ojos buscaron los de Pablo con una intensidad que no necesitaba palabras. Él sintió cómo se derrumbaban una a una todas las barreras que había levantado tras su dolorosa ruptura con Maite. Después se abandonaron al momento. A los besos largamente aplazados, a las caricias que nacían de forma natural, a esa complicidad silenciosa que solo surge cuando dos personas comienzan a comprender que ya forman parte de la vida del otro. Durante unos minutos no hubo asesinatos, ni estatuillas desaparecidas, ni mafiosos rusos, ni viejos secretos de guerra. Solo ellos dos, aferrados a aquel instante como si el tiempo pudiera detenerse.
─Yo también tenía ganas de verte. Tengo buenas noticias.
─Cuéntame, ardo en ascuas por saber.
─Hemos detenido a Klauss y a su hija Beatriz por el asesinato de Valdini.
─¿A su hija también? ¿Qué tiene ella que ver?
─Pues bastante. Creo…mejor dicho, estoy seguro de que fue ella quien envenenó a Valdini. Sabían cuáles eran las intenciones del fotógrafo de contarnos todo acerca de lo que ocurrió con el famoso engaño del cadáver del oficial inglés y no podían permitir que hablara. Habría supuesto la ruina para su familia.
─¡Joder, menuda mujer debe ser!
─Ya ves. No te imaginas las cosas que son capaces de hacer algunos seres humanos por lograr sus objetivos o, como en este caso, para evitar que un secreto de más de cincuenta años viera la luz.
─¿Y sobre las estatuillas? ¿Te contó algo? ¿Las tiene él?
─No, no las tiene. Me lo aseguró. Además, registramos su casa después de detenerlo y no encontramos nada. Pero sí conseguí que me confesara que fue él quien se las compró al pescador Manuel Pastrana, aunque, por motivos que ya te contaré más despacio, tuvo que entregárselas a otro pescador: el mismo que halló el cadáver del oficial inglés en la playa en 1943. ¿Ves ya la conexión entre ambos sucesos?
─Sí, pero no entiendo nada.
─Bueno, como te he dicho, ya te lo explicaré. Lo que nos interesa ahora es encontrar las estatuillas. Están en poder de un mafioso ruso que se hace llamar Igor y que es quien creemos que ha puesto en marcha lo de la subasta clandestina. Así que ya solo nos queda una última carta por jugar.
─¿Y cuál es esa carta, Pablo?
─Evidentemente, nuestro amigo el profesor Faramiñán. Es nuestro agente infiltrado en esa trama y nuestra última esperanza de recuperar las piezas.
─Por supuesto, pero tengo miedo de que le ocurra algo. Es mucho más que mi maestro; es como un padre para mí.
─Lo sé, Sofía, y no voy a permitir que le ocurra nada. Estaremos cubriéndole las espaldas en todo momento y actuaremos en cuanto tengamos localizadas las estatuillas.
─¿Pero y si descubren que trabaja para vosotros?
─Confía en mí. He hecho esto muchas veces; con otra clase de delincuentes, eso sí, pero no te preocupes. Lo importante es la discreción y la coordinación de todos. Todo saldrá bien, ya verás.
─¡Ojalá!
─Necesito que hables con él y le informes sobre el tipo de gente que está detrás de todo esto. Que esté alerta. Seguramente todo se precipite a raíz de la detención de Klauss y quieran subastar las estatuillas cuanto antes para sacarlas del país.
─Así lo haré, descuida. También le diré que no tema, que estaréis cuidando de él en todo momento.
─Por supuesto. No te lo he dicho, pero dos de mis hombres lo vigilan las veinticuatro horas del día. También debes decirle que, en el momento que sepa el lugar y la fecha de la subasta, me lo haga saber de manera discreta. Para ello he reservado una taquilla en la biblioteca municipal. Es la número 58. Aquí tienes una copia de la llave; debes dársela. Cuando disponga de la información, que deje una nota con los detalles dentro. Mis hombres la recogerán posteriormente.
─Está bien, Pablo. Hablaré con él. Ahora necesito que me abraces.
Pablo recorrió con su mano la suave piel aceitunada de su rostro y la rodeó con sus brazos. La situación le reconfortaba enormemente. De alguna forma, anulaba las malas sensaciones que unas horas atrás había acumulado en su interior, cuando la hija de Klauss le apuntaba con un arma a la cabeza.
«Qué extrañas ironías tiene la vida», pensó. Horas antes, la mano de una mujer lo había situado ante las puertas del infierno. Su vida pendía de una leve presión sobre un gatillo; apenas medio kilo de fuerza separaba la vida de la muerte. Eso valía su vida unas horas antes: medio kilo de presión sobre un disparador. Había logrado salir airoso gracias a la sangre fría y a su capacidad para negociar.
Y ahora allí estaba, abrazado a la mujer de su vida, a las puertas del cielo en la tierra. Podía sentir el calor de su cuerpo entre los brazos, el perfume que ascendía lentamente hasta adueñarse de sus sentidos y la suavidad de aquellos labios rojos fundiéndose con los suyos.
La vida se había convertido en una montaña rusa de emociones, y él empezaba a sospechar que los mayores peligros no siempre llevaban una pistola en la mano.