Tartessos o Nazzis: El misterio de las estatuillas desaparecidas 24 Comandancia de la Guardia Civil. Huelva.
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24 Comandancia de la Guardia Civil. Huelva.

─¡Enhorabuena, Torres! No sé cómo lo ha conseguido, pero tenemos la confesión de los dos, padre e hija ─dijo con efusividad el teniente coronel Moscoso mientras estrechaba con fuerza la mano de Pablo.

─Gracias, mi teniente coronel, pero solo tenemos resuelta la mitad del trabajo. Nos falta recuperar las estatuillas.

─Sí, claro, pero, joder, ha resuelto un asesinato, y eso por aquí es algo muy importante. Es casi el cien por cien de nuestra exigua estadística de homicidios. Sé que de donde viene había varios casos al mes, pero en esta provincia un asesinato como este puede ocupar portadas durante semanas. Además, está lo del engaño del tal Klauss en conspiración con los ingleses contra su país. ¡Mire cómo tengo la mesa, llena de peticiones de entrevista de los principales informativos y periódicos de la provincia y del país! Vamos a dar una rueda de prensa y quiero que esté usted presente en ella. Es más, quiero que sea usted quien responda a las preguntas de esos buitres de la información. A mí me pueden coger desprevenido y podría cagarla ─dijo, soltando una sonora carcajada.

─Se lo agradezco, mi teniente coronel, pero estoy preparando, junto con los guardias que me asignó, el operativo para actuar en la subasta clandestina de las estatuillas, y eso me absorbe mucho tiempo.

─Está bien, no te preocupes. Por cierto, quiero que sepa que el capitán Gil-Vadillo ha sido apartado provisionalmente del servicio y se le ha abierto un expediente disciplinario para averiguar hasta dónde está implicado en todo esto.

─Me parece lo más prudente.

─Pues lo dicho, Torres. Tráeme esas estatuillas y tendrás asegurada una medalla para ti y para tus hombres.

De vuelta a su despacho, solo pensaba en irse a casa, darse una ducha y relajarse. Pero tenía demasiadas ganas de ver a Sofía y contarle todo lo que había sucedido en las últimas veinticuatro horas. Así que se calzó una gorra de béisbol, una chaqueta deportiva y se marchó hacia la universidad, donde sabía que encontraría a Sofía impartiendo una de sus magistrales clases de arqueología. Necesitaba escuchar su voz dulce y cálida. Bastaban unos minutos junto a ella para olvidar el peso de los últimos días. Aunque debía evitar que los vieran juntos, por si los dóberman de Pinaud andaban husmeando por allí. Pero ya se le ocurriría alguna forma de escapar del control de esos matones.