23 La confesión insperada #2
En ese momento comprendió que había retrocedido en el tiempo. Debía combatir con las armas que Klauss le proponía. Los viejos espías nunca regalaban una verdad; la vendían al mejor postor. Debía bajar a las trincheras si quería sacar algo provechoso de aquella situación. Así que decidió obtener toda la información posible sobre las estatuillas. Después de todo, el crimen ya lo tenía resuelto, salvo por el pequeño detalle de que el cañón frío y desalmado de una pistola Luger P08 seguía apuntándole a la cabeza.
Finalmente volvió en sus pensamientos y dijo:
─Creo que me dice la verdad cuando asegura no tenerlas, pero comprenderá que todo lo que he averiguado apunta hacia usted. La mujer del difunto pescador que encontró las estatuillas nos aseguró que se las vendieron a un hombre corpulento, con acento alemán. Recuerda que llevaba un monóculo idéntico al que usted, supongo que por añoranza, todavía porta sobre su chaleco, y no tuvo problemas en reconocerlo en esta foto junto a Valdini y el sargento Gil-Vadillo, padre de mi actual capitán, al que imagino que conoce bien, ¿verdad?
Mientras decía estas palabras Pablo sacó lentamente de su bolsillo interior de su chaqueta, bajo la mirada amenazante de Beatriz, la fotografía en color sepia que los tres se habían hecho años atrás delante de la Casa Colón.
─Todavía no ha respondido a mi pregunta. ¿Hay trato o no? ─insistió el viejo espía.
─Sé lo importante que es para usted su hija, pero comprenderá que las pruebas son las que son, y eso ni yo ni nadie puede cambiarlo. Sin embargo, como ya le dije antes, existe en nuestro Código Penal la figura del autor intelectual, que induce a otra persona a cometer el delito. Lo que sí puedo hacer es intentar convencer a su señoría de que su hija actuó bajo su implacable influencia paterna; que la obligó a actuar ante la desgracia que se les venía encima si Valdini confesaba toda la verdad. Debía salvaguardar el honor y el patrimonio de la familia. Creo que no es poco lo que le ofrezco.
─No juegue con nosotros, sargento ─rechistó Beatriz, cuya mano cada vez temblaba más.
Aquello no pasó desapercibido para Pablo. El miedo estaba empezando a pesar más que el odio.
─Beatriz, tranquilízate y baja el arma ─dijo Klauss─. El sargento y yo estamos sopesando lo mejor para todos.
─Exactamente. Haz caso a tu padre. No vas a conseguir nada de este modo ─apostilló Pablo.
─Llegado a este punto he de confesarle que tiene razón. Yo le compré las estatuillas a aquel harapiento pescador. Eran fantásticas, maravillosas. Me sentí atraído por ellas nada más contemplarlas. ¡Las tenían guardadas en una lata de Cola-Cao! ¿Se lo puede creer? Algo tan majestuoso e importante para la humanidad dentro de una miserable lata de Cola-Cao. Era inadmisible.
─Y pensó que estarían mejor en su salón, ¿verdad?
─¡No! Yo quería recuperarlas para la historia.
─¿Para la historia… o para el Tercer Reich?
─Pensaba ofrecerlas al Museo Arqueológico Alemán para el disfrute de todo el mundo. Las guardé en mi casa durante algún tiempo, hasta que finalmente tuve que entregarlas por culpa de los ingleses.
─¿Cómo dice? No le entiendo.
─Sí, pronto lo entenderá. La historia oficial ya la conoce a través de Khabizi. También conoce lo que dicen los libros. Ya lo dijo Winston Churchill: «La historia me dará la razón, particularmente si soy yo quien la escribe». Pues bien, yo decidí escribir mi propia historia. Quedé ante el mundo como un incompetente, un inútil. Conocerá los sobrenombres que me dedicaron los cronistas de la época: «el espía tonto” y otras sandeces. Pero todo lo hice por una razón. A veces la única forma de derrotar a un monstruo es dejar que el mundo te confunda con otro.
Había que acabar con Hitler. Era un loco dispuesto a arrastrar a medio mundo al abismo. Mi jefe en Alemania, el almirante Wilhelm Canaris, estaba al tanto de todo. Él ideó un plan para acabar con su vida. Más tarde lo llamaron «Operación Valkiria». El suyó fracasó. El mío no. El mió funcionó. Claro que el precio fue mi honor.
─Tampoco salió tan mal parado. Su empresa de construcción, Ziegelstein, obtubo un suculento contrato para la reconstrucción de Alemania. Hoy es una de las más importantes de Europa, ¿o me equivoco?
─No, no se equivoca. Pero comprenderá que debía asegurar mi futuro y el de mi familia. Hice lo que tenía que hacer. Y lo volvería a repetir si fuera necesario.
─Todavía no me ha contado dónde están las estatuillas.
─A su tiempo, sargento. Como le iba diciendo, por culpa de esos prepotentes y orgullosos ingleses me vi obligado a desprenderme de ellas. Lo habíamos organizado todo en aquella reunión en Casablanca, como recientemente ha podido saber. Todo estaba milimétricamente calculado: los ingleses transportarían el cadáver del supuesto oficial inglés a bordo del submarino Seraph; se habían calculado las mareas y las corrientes marinas con intención de que el cuerpo llegara plácidamente a la orilla. Y aquella madrugada del 30 de abril de 1943, a las 4:15 horas, el submarino emergió lentamente hasta la superficie. Varios oficiales sacaron el cuerpo y lo depositaron sobre la calma lámina de agua. Había un espeso banco de niebla rodeando al submarino; quizás eso pueda explicar, al menos en parte, el error que cometieron esos ineptos.
─¿A qué error se refiere? ─preguntó Pablo, impaciente.
─Justo donde emergió el submarino, a escasos cincuenta o sesenta metros, se encontraba el viejo bote de pesca de Antonio Rey, el pescador que a la postre pasó a la historia por hallar el cuerpo del oficial inglés. Lo que nunca se contó es que ese hombre fue testigo del engaño. Pudo ver emerger sobre el agua el submarino y cómo dejaban en la superficie lo que más tarde comprobó que era el cuerpo sin vida de un hombre.
─Entonces… el pescador fue el verdadero testigo incómodo de toda la operación ─apuntó Pablo.
─Exacto. Así que, de alguna manera, había que convencerlo para que guardara silencio acerca de lo que vio. Fuimos Valdini y yo los primeros en llegar a la playa. El fulano en cuestión me conocía; era vecino de Manuel, al que le compré las estatuillas. Tras negociar un alto precio por su colaboración y silencio, me pidió también las estatuillas de los dioses fenicios. Había escuchado hablar en multitud de ocasiones a sus vecinos de los poderes mágicos de aquellas figuras de bronce, así que no tuve más remedio que acceder a sus pretensiones o la operación Mincemeat, como fue bautizada, se iría al traste. Le obligué a prometer que nunca debía deshacerse de ellas, que jamás intentaría venderlas ni enseñarlas a nadie. Y cumplió… hasta ahora. Hace un mes aproximadamente recibí su visita…
─¿De quién?
─Del pescador que encontró el cadáver, Antonio Rey.
─¿Qué quería?
─Venía a pedirme perdón por lo que iba a suceder.
─¿Cómo que por lo que iba a suceder? ¿A qué se refería?
─Durante todos estos años he estado sufragando, por así decirlo, su maltrecha economía. Gastó rápidamente el dinero que los ingleses le dieron por su colaboración y no tuve más remedio que comprar periódicamente, y de manera puntual, su eterno silencio. Pero, como ya le he dicho, hace unas semanas me visitó para decirme que su hijo mayor andaba metido en asuntos turbios y que debía mucho dinero a prestamistas muy peligrosos. Por ese motivo les había robado a él y a su esposa varios objetos de valor: cadenas y anillos principalmente. Pero lo peor era que también se había llevado las estatuillas y que les dijo que pensaba venderlas y hacerse rico con ellas. Le suplicó que no lo hiciera, pero hace tiempo que su hijo había dejado de escucharlo. Las drogas y las malas compañías lo habían vuelto loco. Me pidió perdón entre lágrimas, pero aseguró que no podía hacer otra cosa que contármelo.
─¿Le contó dónde podría hallarse ahora su hijo?
─Me dijo que las últimas noticias que tenía de él lo situaban en Cádiz, pero que no estaba seguro de su actual paradero.
─¿Qué cree que va a hacer con las estatuillas?
─He movido algunos hilos y pedido algunos favores de antiguos camaradas que aún se mueven por las sombras de esta nueva sociedad, y he podido averiguar que estas han caído en manos de un poderoso mafioso ruso llamado Igor Vasiliev, asentado en la Costa del Sol. Piensa subastarlas entre gente muy poderosa en Sevilla. Siento decirle que ese tipo de personas está fuera de su alcance y me temo que también del mío. Pertenecen a un club muy selecto de millonarios y le resultará casi imposible averiguar dónde y cuándo tendrá lugar la subasta.
─Bueno, eso ya lo veremos. Subestima la capacidad operativa de la Guardia Civil, señor Klauss.
─Touché, sargento. No pretendía ofenderlo.
─Aceptadas sus disculpas. ¿Me permite hacer una llamada a mi unidad?
─Por supuesto. Espero que cumpla con su parte del trato y beneficie en todo lo posible a mi hija ─dijo, casi suplicando.
─Tiene mi palabra ─respondió Pablo mientras descolgaba el teléfono y marcaba el número de la Comandancia de Huelva.
A los pocos minutos, varios vehículos del Puesto Principal de Ayamonte se personaron en la mansión de Klauss. Pablo estuvo hablando con el capitán Carrascosa, jefe de la compañía; lo puso al corriente de todo lo que había averiguado y le pidió que trasladaran a los detenidos a Huelva, pues era allí donde el Juez de Instrucción tenía abierta la investigación del caso.
«Siempre pensé que las guerras las decidían los generales. Hoy descubro que también las cambian los arqueólogos, los fotógrafos… y los pescadores», pensó Pablo mientras observaba cómo introducían al viejo espía alemán en el vehículo oficial.