23 La confesión insperada
Pablo presionó el telefonillo de la verja principal. La casa le pareció aún más grande y amenazadora que la primera vez que la visitó. Se levantaba majestuosa sobre una suave loma. Respondió a la llamada una voz masculina.
─¿Sí, quién es?
─Soy el sargento Torres, de la Guardia Civil. Quisiera hablar con el señor Klauss.
─¿Tenía cita con él? –respondió la voz de manera cortés.
─No, pero dígale que es importante.
─Espere un momento, por favor.
─Me dice el señor Klauss que no le puede atender. Está ocupado.
─Dígale que, si no me recibe, vendré con una orden judicial y varios coches patrulla, si así lo prefiere.
Pasaron algunos segundos hasta que, sonó el clic de la puerta, que terminó abriéndose ante la mirada de Pablo. Empezó a caminar por la cuesta jalonada por frondosos cipreses que llevaba hasta la mansión. Junto a la puerta principal se mantenía erguido un hombre de considerable edad y pelo canoso, «vestido al más puro estilo de los mayordomos de antaño», pensó mientras se acercaba a él.
─Buenas tardes, sargento Torres. El señor Klauss le espera dentro, haga el favor de seguirme.
─Gracias.
Atravesaron un par de estancias repletas de cuadros y tapices colgados en las paredes, algunas figuras de mármol y bustos de diferentes tamaños. También había fotos de cacerías de animales de lo más variopinto, desde elefantes hasta antílopes, pasando por tigres y leones, junto a algunas cabezas disecadas de aquellos infaustos animales. Al llegar a lo que parecía el salón principal, el mayordomo abrió la puerta a la vez que presentaba a su visita:
─El sargento Torres, señor.
─Está bien, Mido, déjanos solos.
Klauss se encontraba de espaldas a ellos. Miraba fijamente a través de los amplios ventanales del salón, con la mirada perdida. Se encontraba sentado en su silla de ruedas, pero no hizo ademán de girarse en ningún momento.
─No lo esperaba tan pronto de vuelta de su viaje por el Sáhara, sargento Torres.
─Veo que está al tanto de mis movimientos, señor Klauss.
─Puede que conserve algunos contactos de mis tiempos como espía. No lo tome a mal.
─Posiblemente ─aseguró Pablo, dedicándole una amarga sonrisa─, pero lo que allí he averiguado tal vez no le traiga tan buenos recuerdos.
─No lo creo. Tengo demasiados años para preocuparme por nada, ¿no cree?
─No lo sé. Depende de la coraza que haya ido adquiriendo durante estos años. De lo que sí estoy convencido es de que su amigo Valdini no se suicidó, sino que alguien se adelantó a mí justo cuando pensaba contarme lo que más tarde he podido averiguar en mi viaje.
─¿Y qué piensa usted que le iba a contar ese infeliz?
─Pues, con toda seguridad, que usted conspiró con los ingleses en contra de su país; que era conocedor del engaño que la inteligencia aliada había ideado para despistar a Hitler, haciendo creer que el cadáver aparecido en la playa de Huelva pertenecía a un oficial inglés que portaba entre sus enseres importantes documentos acerca de la invasión aliada de Grecia y Cerdeña, cuando el verdadero objetivo era Sicilia.
─¡Asombroso! La capacidad que tiene usted para fabular ─dijo Klauss mientras aplaudía mansamente con las manos─. Y dígame, ¿de qué pruebas dispone para asegurar semejante acusación?
─Entre otras, tengo la confesión manuscrita del señor Mohamed Khabizi. ¿Lo recuerda, verdad? Todavía vive y no ha tenido inconveniente en contarnos todo lo que usted, Valdini y el sargento legionario Gil-Vadillo urdieron durante aquellos días.
─¡Está usted entrando en un terreno pantanoso, y sus acusaciones pueden salirle muy caras, se lo aseguro!
─¿Tan caras como le salieron a Valdini?
─Yo no tengo nada que ver con eso. O ¿acaso me imagina subiendo a su cutre casa en mi silla de ruedas y obligándolo a beber veneno?
─¿Veneno? ¿Cómo sabe que ha sido envenenado? Nadie sabe la causa de la muerte. Ese dato no ha sido publicado en ningún medio de comunicación.
El rostro de Klauss palideció de golpe. Sus blanquecinas y delgadas manos comenzaron a temblar. Parecía querer coger algo del interior de su chaqueta. Pablo deslizó instintivamente su mano derecha hasta tocar la culata de su pistola, atento a cualquier movimiento. Torpemente, el anciano logró sacar un pequeño pastillero del bolsillo interior, tomó una pastilla de color amarillo y se la llevó a la boca mientras miraba de reojo a Pablo.
─No tema, sargento. Simplemente es una maldita pastilla para la tensión. No pretendo atentar contra un agente de la Guardia Civil.
─No es temor, solo precaución.
─Ya le he dicho que no tengo nada que ver en su muerte. Además, tengo coartada. Ese día estuve en una reunión de amigos del Círculo de Arqueología de Huelva, que se celebró en el hotel Senator, ubicado en la avenida Pablo Rada. Puede usted comprobarlo si quiere.
─Lo haré, no tenga duda. Aunque, como bien sabrá, también está recogido en nuestro Código Penal la figura del autor intelectual de un delito, por lo que no es necesaria su presencia física en la escena del crimen; basta con que dé las oportunas órdenes.
─Lo sé, pero también sé que todo eso ha de demostrarse con pruebas en un juicio.
─Razones no le faltaban. Su amigo y camarada Valdini había decidido colaborar con nosotros y revelar todos sus secretos. Creo que es motivo más que suficiente para matarlo. Usted mejor que nadie sabía lo que eso supondría para su empresa constructora. Todo su imperio económico está sustentado sobre una vil conspiración contra su país. Mucha gente inocente murió por culpa de aquel engaño. ¿Cree que la sociedad lo perdonaría? Usted sabe tan bien como yo que no. Por eso mató, u ordenó matar, a Valdini.
Klauss cada vez parecía hacerse más pequeño en su silla de ruedas. Su mirada se había vuelto sombría y parecía perdida en el horizonte que se divisaba a través del gran ventanal del salón. Pablo sintió en ese momento una sensación contrariada. Por un lado, había puesto contra las cuerdas a su astuto adversario; por otro, veía ante sí a un anciano desvalido que se debatía entre el recuerdo de su infame engaño y las devastadoras consecuencias que tendría para él y su familia que todo aquello saliera a la luz. En ese momento irrumpió de repente la hija de Klauss en la sala. Empuñaba una pistola que apuntaba directamente a la cabeza de Pablo.
─¡Ya está bien, sargento Torres! ─gritó desesperada─. Deje a mi padre en paz. Él no tiene nada que ver.
─¡Beatriz, cállate! ─replicó Klauss.
─No papá. No voy a permitir que este hombre destruya a nuestra familia.
En ese instante, en la cabeza de Pablo bullían una serie de combinaciones al más puro estilo de una computadora. Al pronunciar Klauss el nombre de su hija, Beatriz, recuperó de golpe la imagen de la señal escrita sobre el polvo de la mesita de Valdini: «∞».
«No era un ocho… era una B. Valdini había intentado escribir el nombre de su asesina antes de morir: Beatriz».
Además estaban las marcas de carmín halladas en el otro vaso. Todo encajó de repente.
Se volvió hacia la joven y pudo ver en sus ojos azules una mirada fría y calculadora, nada que ver con la impresión que le produjo la primera vez que la vio: dulce y sensual.
─¡Ahora lo comprendo todo! Fuiste tú quien asesinó a Valdini. Él confiaba en ti y por eso no vio venir el peligro. Te aprovechaste de esa confianza para entrar en su casa y envenenarlo sin el menor remordimiento, ¿no es así, Beatriz?
─Muy bien, señor sargento. Pensé que todos los picoletos eran tontos e inútiles, pero veo que me equivocaba. Y sí, cometí un pequeño fallo al no esperar verlo muerto del todo.
─Hay otra prueba que la delata. Dejó restos de carmín en el vaso de whisky que bebió junto a él. Seguramente coincida con alguno de los pintalabios que hallaremos en su dormitorio.
─¿Supone usted que saldrá con vida de aquí? ¡Qué optimista por su parte!
─Todo mi equipo sabe que estoy aquí. No tardará en aparecer el séptimo de caballería si no regreso.
─Supongo, sargento, que no será demasiado tarde para hacer un trato ─interrumpió Klauss.
─Depende de lo que me proponga.
─Le ofrezco el paradero de esas malditas estatuillas. ¿No es eso lo que buscaba desde el principio con tanto afán?
─Si lo que pretende es que me olvide del asesinato de Valdini, no se moleste en seguir hablando. Ninguna pieza arqueológica vale más que la vida de una persona.
─No es eso. Yo le ofrezco las estatuillas y también le ofrezco en bandeja al autor del asesinato.
─¿Quién?
─Yo mismo. Si algo aprendí en mi época de espía es saber qué puentes hay que cruzar y cuáles hay que quemar.
─¡Pero papá! ─replicó Beatriz.
─Hija, todo esto es culpa mía. Culpa de mi ambición desmedida y de los errores de mi pasado. Tú no eres más que un daño colateral de todo lo que he provocado. Tienes toda la vida por delante y a mí apenas me quedan unos meses de vida, lo sabes. Entonces, ¿qué me dice, sargento? Yo me entrego voluntariamente y además le digo dónde están las estatuillas.
─Solo dígame una cosa: ¿las tiene usted?
─No, por supuesto que no. ¿Usted cree que, si las tuviera, habría permitido organizar una subasta y levantar esta tormenta que ahora mismo está destruyendo todo cuanto he construido?
Los muchos años de servicio de Pablo en el norte le habían ayudado a afinar un cierto conocimiento sobre el prójimo, sobre todo cuando mentía. La capacidad de leer la mirada y los gestos de aquellos que decidían no soltar prenda o, simplemente, no decir ni una maldita verdad, que venía a ser lo mismo. Durante aquellos interminables años de lucha antiterrorista tuvo que lidiar con verdaderos miuras del crimen, gente sin escrúpulos y con el odio inyectado en las venas. Pero hoy, frente a él, se encontraba otro tipo de delincuente: uno de otra época, recubierto por una pátina de antiguo espía, con gabardina y cigarrillo humeante en la comisura de los labios; forjado en la disciplina y la desconfianza, acostumbrado a las intrigas, los chantajes y los pactos sellados bajo la dudosa protección de los Estados; habituado a moverse por las cloacas de las relaciones internacionales, a dar algo siempre a cambio de obtener un beneficio.