22 Las manzanas verdes
Sonó el teléfono de una sala ubicada en la Subdirección General de Personal de la Guardia Civil, en Madrid.
─Departamento de Asuntos Internos, dígame ─respondió una voz femenina.
─Soy el sargento Torres, de la Policía Judicial de la Comandancia de Huelva. Quisiera hablar con el sargento Barreiro, si es posible.
─Sí, mi sargento. Ahora mismo le paso la llamada.
─¡Carallo, Torres! ¡Qué placer saber de ti!
─¡¿Barreiro!?
─Sí, soy yo, el mismo.
─Encantado de saludarte, viejo amigo.
─Cuánto tiempo. Sé que te has marchado de Bilbao a Huelva, ¿no es así?
─Efectivamente. Veo que sigues estando al corriente de todo.
─Sabía que tú tampoco tardarías mucho más. Te lo dije: aquel lugar era un verdadero infierno y, sin darnos cuenta, nos estábamos quemando lentamente o como decimos en Galicia: Estar ata os dores ─dijo Barreiro con voz cansada.
─Así es. El ambiente era irrespirable. Me divorcié de Mayte, no sé si lo sabías.
─La verdad es que no, aunque tampoco me sorprende. Dadas las circunstancias, muy pocos de los que estuvimos allí durante aquellos años hemos salido indemnes.
─He visto en el periódico que han identificado los cadáveres de dos terroristas enterrados en Alicante.
─Sí. No veas la que hay montada aquí. ¿Te acuerdas de Bayo y Dorado?
─Sí, claro.
─Pues van a por ellos. Se cree que están detrás de la muerte de esos cabrones, pero a nosotros nos han dejado al margen de toda la investigación. La llevan los maderos. También dicen que van a por Galindo, pero eso son palabras mayores. Ya veremos qué ocurre.
─Fueron años muy difíciles. Estábamos sometidos a una presión brutal. Y algunos pagamos un alto precio por ello.
─Pero bueno, Torres, no te pongas melancólico. ¿Para qué me has llamado? ¿En qué puedo ayudarte?
─Verás, estoy investigando la desaparición de unas estatuillas antiguas y el asesinato de una persona relacionada con ellas. Necesito que me consultes en las bases de datos todo lo relativo a un capitán del Cuerpo.
─Sí, espera un momento.
Barreiro dejó un dónut sobre una servilleta junto a una taza de café humeante. Se encontraba solo. Se sentó frente a una gran mesa de despacho donde convivían tres enormes ordenadores personales, varias estanterías repletas de carpetas clasificadas por años y otras dedicadas a expedientes disciplinarios. Sobre la mesa se acumulaban informes y documentos pendientes de archivar.
─A ver, dime. ¿Cómo se llama?
─Jesús Gil-Vadillo.
Barreiro tecleó el nombre en uno de los terminales y pulsó Intro.
─Capitán Jesús Gil-Vadillo y Andrade, sesenta años, jefe del Departamento de Policía Judicial de la Comandancia de Huelva. Veo que es tu Jefe inmediato ─apuntó Barreiro.
─Así es. Pero no es trigo limpio ¿Te sale algo?
─La verdad es que no. Tiene un expediente impoluto: varias medallas al mérito militar y policial, la Orden de San Hermenegildo, numerosas felicitaciones… Además, lleva toda la vida en Huelva.
─¿Podrías mirar si es hijo del Cuerpo?
─Claro. Aquí está. Sí, lo es. Su padre se retiró de subteniente: Luis Gil-Vadillo Pérez. Figura como fallecido y procedía del Ejército.
─Eso me interesa. Su etapa militar.
─Estuvo en el Ejército hasta los veintisiete años. Pasó por Cerro Muriano, Melilla y también estuvo destinado en Sidi-Ifni, sirviendo bajo la bandera de la Legión. Fue condecorado varias veces por actos heroicos y sufrimientos por la Patria. Todo un héroe.
─¿Sidi-Ifni, has dicho?
─Sí. Entre 1942 y 1945.
Pablo guardó silencio unos segundos. Sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Aquello ya no podía ser una casualidad. Las piezas comenzaban a encajar, aunque todavía no alcanzaba a ver la imagen completa.
─Bien. Eso era lo que quería saber. Ah, y necesito otra cosa. Hazme una búsqueda de los guardias destinados a Huelva en los dos últimos años.
─Espera, que cambio de sistema. Son bases de datos distintas. ¿Qué buscas exactamente?
─Guardias destinados recientemente que no sean de aquí ni hayan vivido nunca en esta ciudad.
─Vale. Tardaré un poco. Hay que aplicar varios filtros y estos cacharros ya no están para muchos trotes ─dijo Barreiro soltando una carcajada.
─Tómate tu tiempo. No hay prisa.
Pasaron unos minutos.
─Ya está. Solo me salen cinco. El resto estuvieron destinados aquí anteriormente o son hijos del Cuerpo con vínculos familiares en la provincia.
─Perfecto. Pásame los nombres.
Pablo ya tenía sus manzanas verdes, como las llamaba Santacana: personas nuevas, sin raíces en Huelva, sin lealtades heredadas ni viejas amistades que pudieran contaminar la investigación.
Solo faltaba la autorización del teniente coronel para ponerlos a su servicio y comenzar a planificar el operativo destinado a recuperar las estatuillas. Pero antes tenía pendiente una última visita al señor Klauss. El anciano alemán todavía guardaba demasiadas respuestas… y quizá también alguna verdad que llevaba medio siglo escondida.
Porque los secretos envejecen, pero rara vez mueren; simplemente esperan a que alguien formule la pregunta correcta.