Tartessos o Nazzis: El misterio de las estatuillas desaparecidas 21 El agente infiltrado #2
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21 El agente infiltrado #2

─Torres, acabo de enterarme de que regresó ayer de su misterioso viaje. ¿Por qué no he sido informado de que iba a pasar unos días de vacaciones o de lo que quiera que haya estado haciendo?

─Eso deberá hablarlo con el teniente coronel. Él fue quien me concedió licencia para resolver unos asuntos propios.

─¡¿Asuntos propios?! ¿De qué mierda me habla?

─Debe tranquilizarse, mi capitán. Ya le he dicho que mi jefe, y también el suyo, me concedió permiso. Es a él a quien debe preguntarle ─respondió Pablo con serenidad.

─Aquí hay algo que no quiere contarme. ¿Dónde está el informe de la autopsia del difunto Valdini? ¿Por qué tampoco he sido informado de esto?

─Le vuelvo a repetir que todo eso debe tratarlo con nuestro jefe. Supongo que él le dará las explicaciones que considere oportunas.

─¡Pero cómo se atreve a hablarme así! ¿Quién se ha creído que es?

La cólera del capitán iba en aumento. En ese momento, un par de guardias civiles uniformados atravesaban el pasillo, por lo que Gil-Vadillo bajó el tono de voz y le susurró al oído:

─Esto no va a quedar así. No sabes con quién te estás metiendo, ni los amigos que tiene esa gente, ¡niñato!

En ese instante, Pablo tuvo la certeza de que su capitán estaba implicado en el asunto hasta el cuello. Ya no era una sospecha. Era una evidencia. De una forma u otra participaba en lo que estaba ocurriendo. Sin embargo, debía actuar con cautela y no descubrir sus cartas. Gil-Vadillo no podía saber lo que estaba preparando, porque, de ser así, toda la operación se vendría abajo.

Durante horas permaneció en su despacho analizando documentación, ordenando cronológicamente los hechos y relacionando todas las personas que podían haber estado involucradas. Todo lo guardaba dentro de una carpeta que procuraba no dejar nunca a la vista y que cada tarde se llevaba a su ático de la plaza de la Merced.

Allí, sobre un mural de corcho instalado en el pequeño salón, había fijado con chinchetas fotografías, notas manuscritas, fechas, lugares y toda la información recopilada durante las dos últimas semanas. A simple vista parecía el delirio de un obsesivo; para Pablo era un mapa de la verdad. Solo Sofía había estado en su casa y había quedado sorprendida al verlo.

─¡Oh! ¡Como en las películas! ─había exclamado la primera vez.

Pablo le contestó que en el norte solían trabajar así para visualizar mejor las conexiones entre terroristas, colaboradores, lugares, viviendas, vehículos y objetivos.

Pero en la oficina la situación era diferente. No se fiaba de nadie. Era un recién llegado y desconocía hasta dónde llegaban los tentáculos de las personas a las que estaba investigando. Aunque, por azar del destino, la implicación de su capitán había quedado al descubierto.

Mientras ordenaba sus pensamientos, decidió llamar a su amigo Santacana para ponerlo al corriente de los últimos avances y escuchar su opinión. Sabía que podía contar con su experiencia y, dada su reputación en el mundo del arte, quizá pudiera orientarlo sobre cómo afrontar la subasta clandestina que estaba a punto de celebrarse.

─Santacana al aparato. ¿Con quién tengo el placer de hablar?

─Don Faustino, soy yo, Pablo.

─¿Qué tal, mon cher ami? ¿Cómo va todo?

─Muy bien. Estamos cerca de nuestro objetivo.

─¿A qué te refieres?

─Alguien importante ha contactado con el profesor Faramiñán. Le han pedido que asesore en un asunto relacionado con la subasta de unas piezas arqueológicas. Creemos que son las que estamos buscando.

─C’est fantastique! Deberías estar más alegre.

─Lo estoy, pero quiero hacerlo bien y que no se nos escape nada. Gil-Vadillo se huele algo y he tenido un breve pero intenso encuentro con él. No sé cómo llevar a cabo el operativo sin que llegue a su conocimiento. Lleva casi treinta años en esta Comandancia y es una institución aquí en Huelva. Conoce a todo el mundo y no sé hasta dónde está pringado en este asunto.

─Te entiendo, muchacho. Debes andar con pies de plomo. Como bien dices, estás cerca de descubrir la verdad y no puedes permitirte perder esta oportunidad.

─Así es, don Faustino.

─¿Quién es la persona que contactó con él?

─Se llama Alain Pinaud. Un marchante de obras de arte.

─Sí, lo conozco. Es uno de esos tiburones cazatesoros. No sé para quién trabaja ahora, pero siempre navega bajo la bandera del mejor postor. Si Alain Pinaud está en el asunto, el comprador será alguien extraordinariamente poderoso.

─Me lo imaginaba.

─¿Cuándo tendrá lugar la subasta?

─No lo sabemos. Solo que será dentro de pocos días y, al parecer, en Sevilla. Estoy preparando el operativo para tenerlo todo listo.

─Bien. ¿Has visto la película Los Intocables de Eliot Ness?

─Sí, pero… ¿por qué me pregunta eso ahora?

─Debes inspirarte en lo que hizo su protagonista al reclutar policías jóvenes y limpios de corrupción. En cualquier árbol hay manzanas podridas; la clave está en encontrar las que aún no han caído.

─Por supuesto. Ya sé por dónde va. Es una gran idea. Por eso me gusta llamarle, siempre me inspira ─dijo Pablo soltando una breve carcajada─. Ah, se me olvidaba. Ya tengo el informe de la autopsia de Valdini. Fue envenenado. Utilizaron ricina.

─¡¿Ricina?!... Recuerdo un caso: el asesinato de Georgi Markov. No sé si te suena.

─La verdad es que no.

─Bueno, da igual. Era un periodista y dramaturgo búlgaro, uno de esos disidentes del régimen comunista de su país. Consiguió huir a Inglaterra, pero fue asesinado en Londres en 1978. Lo mataron con un pequeño proyectil impregnado precisamente con esa sustancia… ricina.

─Vaya… impresionante. ¿Y quienes lo asesinaron?

─Obviamente, nunca los cogieron. Pero se sabe que fueron agentes del KGB ruso. Sus artículos contra el régimen fueron su sentencia de muerte.

─Es usted una enciclopedia andante, don Faustino.

─Ja, ja, ja… Lo que soy es muy viejo, mon cher ami.

─Seguiré informándole de lo que suceda. Gracias de nuevo.

─No, Pablo. Gracias a ti por contar con mi ayuda. Cuídate y suerte. Au revoir!

Pablo colgó el teléfono y contempló el mural cubierto de fotografías, nombres y flechas. Todas las piezas empezaron a encajar. Y eso era precisamente lo más inquietante: cuando la verdad está a punto de revelarse, siempre hay alguien dispuesto a enterrarla para siempre.