21 El agente infiltrado
Pablo lo tenía claro: debía visitar de nuevo al viejo Klauss. Con la información de que disponía, era el principal sospechoso del asesinato de su viejo amigo Valdini. Nadie parecía tener más interés que él en impedir que la verdad saliera a la luz.
Mientras recomponía en su cabeza cómo habían podido sucederse los diversos acontecimientos, sonó el teléfono.
─Sargento Torres, dígame.
─¿Torres? Soy el profesor Faramiñán. Menos mal que le encuentro, es urgente, tenemos que hablar ─dijo en tono exaltado.
─Sí, por supuesto, cuénteme.
─No, ahora no puedo. Voy camino de Huelva, llegaré en aproximadamente una hora. He quedado en la cafetería de la Facultad de Historia con Sofía para vernos. Es sobre las estatuillas, debemos actuar rápido.
─Perfecto, me dirigiré también allí.
─Creo que no es buena idea. Debemos quedar en algún sitio más discreto; después le cuento, sargento Torres. ¿Qué le parece en la sala dedicada a la Prehistoria del Museo Provincial? Está en la planta semisótano, no tendrá problemas en encontrarla. Sobre las siete estaría bien.
─Sí, claro, como prefiera. Allí nos vemos.
Cuando Pablo llegó al vestíbulo del museo, preguntó al vigilante de seguridad por dicha sala, quien le indicó cómo bajar hasta ella. Al llegar pudo ver que Sofía y el profesor ya estaban allí. Observaban una vitrina en la que había varios objetos expuestos. Dirigió sus pasos hacia ellos mientras se preguntaba qué noticia importante tenía el profesor para él.
─Buenas, profesor, me alegro de verle. ¡Hola, Sofía!
─Yo también me alegro de veros a ambos en perfecto estado. Después de vuestro periplo por las inhóspitas arenas del Sáhara, me imagino que habrá sido toda una aventura.
─La verdad es que sí. Supongo que Sofía ya le habrá contado algo ─dijo mientras miraba a la joven.
─Sí, algo me ha contado, y es increíble, y, a la vez, apasionante, todo lo que habéis descubierto. ¡Enhorabuena!
─Bueno, todavía queda mucho por averiguar. Ha sido un pequeño avance en nuestra investigación.
─No, Pablo, es mucho más que eso. Quizá hayáis destapado uno de los episodios más oscuros y sórdidos de la Segunda Guerra Mundial: cómo algunos alemanes conspiraron con los aliados para frenar el avance del nazismo desde dentro. Y lo mejor de todo es que esas mismas personas son las que aparecen vinculadas a la historia de las estatuillas.
─Puede que tenga razón. Ojalá nos conduzca a encontrar las estatuillas y, sobre todo, quién o quiénes están detrás de la muerte del malogrado Valdini.
─Efectivamente. Y de eso os quería hablar. Recientemente ha contactado conmigo una persona de la que no tengo ninguna referencia. Fue tras un simposio de Historia en Madrid. Al final de mi ponencia, que versó sobre la civilización tartésica y la influencia de los fenicios sobre ella, se me acercó un hombre alto, de pelo engominado y apariencia refinada. Llevaba en sus manos un ejemplar de mi último libro publicado, “Dioses de otra época”, y me pidió que se lo firmara. Su acento era francés. Yo acepté complacido y, mientras se lo dedicaba, me preguntó si estaría dispuesto a realizar un trabajo para su jefe, del cual no me dio ningún dato; solo que sería bien recompensado. Le dije que, siempre que fuese legal y estuviera relacionado con mi trabajo, podría estudiar la propuesta. Entonces me entregó una tarjeta de visita con su nombre y un número de teléfono, y me citó unos días después para tratar el asunto en una iglesia de Sevilla, concretamente en el convento de Santa Clara.
─¿Y no le dijo sobre qué trataba el trabajo? ─preguntó impaciente Pablo.
─No me dio tiempo. Mientras observaba la tarjeta que me entregó, desapareció de mi vista, oculto entre los asistentes a la conferencia.
─¿Qué ponía en la tarjeta?
─Aquí la tengo: «Alain Pinaud. Experto en obras de arte». Y un número de teléfono. Puede verla.
─ Y bien, ¿se presentó a la cita?
─Por supuesto. Llegué al convento citado. Para mi sorpresa, estaba en obras, pero junto a la puerta principal me esperaba el susodicho marchante. Agradeció mi presencia y me pidió que le siguiera. Entramos en el convento por una puerta lateral que, curiosamente, se encontraba abierta, y nos introdujimos en el interior a través de un estrecho pasillo hasta llegar a una pequeña sala. Era una antigua capilla apenas iluminada por un gran cirio encendido, donde un hombre alto y espigado, vestido de forma impecable, esperaba de pie. Lo cierto es que, en ese momento, sentí un poco de miedo. Me había dejado conducir hasta allí por un desconocido y ahora estaba dentro de una capilla en obras, junto a dos hombres de aspecto extraño y cuyos propósitos desconocía por completo. Aunque intentaba aparentar fortaleza, mi voz quebrada me delató:
«─Bueno, ¿y qué es lo que desea de mí? ─dije fijando la mirada en el nuevo desconocido, al que supuse que sería el jefe del anterior.
─Antes de nada, agradecerle que haya aceptado venir, profesor Faramiñán ─dijo en un perfecto castellano, aunque, al igual que su compañero, con marcado acento francés─. Sabemos que es usted un hombre muy ocupado.
─Está bien, ¿pero qué desean de mí?
─La persona a la que represento está interesada en adquirir unos preciados objetos con los que usted está plenamente familiarizado, pero que nunca ha podido ver ni estudiar. Van a ser subastados de forma, digamos… discreta dentro de pocos días, y quisiéramos que usted, como experto en la materia y afamado historiador, nos acompañara para certificar su autenticidad.
─¿Pero de qué objetos se trata?
─Las estatuillas de dos dioses fenicios de época tartésica halladas en la playa de Huelva hace muchos años.
─¡Anath y Reshef! ─exclamé, incapaz de contener la emoción.
─Efectivamente, profesor. Mi señor desea hacerle una propuesta.
─Pero eso es ilegal. Las estatuillas son buscadas por la policía.
─Lo sabemos, pero, créame, participemos nosotros o no, la subasta va a celebrarse. Las personas que asisten a estos eventos son extraordinariamente poderosas. Mi señor le ofrece un trato: si nos acompaña y certifica la autenticidad de las piezas, además de una importante compensación económica, podrá estudiarlas y analizarlas durante el tiempo que considere necesario, realizar las pruebas oportunas y publicar sus conclusiones.
Hizo una pausa antes de añadir:
─Eso sí, jamás podrá revelar dónde están ni quién es su propietario. Entre otras razones, porque nunca lo sabrá.
Y entonces soltó una sonora carcajada.
─¿Qué le parece la propuesta?
─No sé qué contestar. Es muy fuerte lo que me propone».
Hizo una pausa y respiró profundamente.
─Finalmente acepté. Pensé que era la única oportunidad que íbamos a tener de estar presente en la subasta y, de este modo, contar con una posibilidad real de recuperar las estatuillas.
─¡Fantástico! ─exclamó Pablo─. Estamos infiltrados, gracias a usted, en un círculo al que casi nadie logra acceder. Ni siquiera nuestros servicios de información disponen de fuentes fiables en ese mundo. Es una gran noticia, profesor. ¿Cuándo y dónde tendrá lugar la subasta?
─No me lo dijeron. Solo que durante esta semana estuviera cerca de Sevilla y que ellos vendrían a buscarme. Desde entonces, he de decirle que me siento vigilado. He observado la presencia de un coche de color oscuro en varios sitios a los que he ido y juraría que es siempre el mismo. Por eso le he citado en este lugar.
─Perfecto. Durante estos días será mejor que no lo vean conmigo. Estaremos en contacto a través de Sofía. Mientras tanto, iré preparando un equipo de confianza para intervenir y solicitaré al juez autorización para actuar en cuanto sea necesario.
─De acuerdo, Torres. En cuanto se pongan en contacto conmigo, se lo haré saber.
─Sofía, tú también debes ser cautelosa. Durante este tiempo no debes venir a la Comandancia. Nuestros encuentros deberán ser en sitios discretos y apartados de las miradas. Seguro que estarán vigilando al profesor y, posiblemente, a ti también. Esta gente es muy desconfiada y quieren tenerlo todo bajo control.
─Está bien. Conozco a la conservadora del museo. Si quieres, podemos salir por una puerta trasera para mayor discreción ─dijo Sofía, a la que no le convencía demasiado la idea de no poder verlo tan a menudo, pero todo fuese en pos de recuperar las estatuillas. «Merecerá la pena», pensó.
─Sí. Yo saldré por detrás; vosotros, por la puerta principal. Vuestra presencia aquí es algo normal; la mía, no tanto ─dijo Pablo, despidiéndose de ambos.
Sofía no pudo evitar besarlo antes de separarse. La emoción la embargaba por completo. Estaba temblando y sentía que las estatuillas estaban más cerca que nunca. Pablo se quedó inmóvil. No se lo esperaba, y menos delante del profesor, el cual sonreía cómplice ante la situación, aunque su expresión dejaba entrever cierta melancolía.
Mientras salían por la puerta principal del museo, Pablo atravesó una de las salas y miró el rótulo de la entrada. Pudo leer: “Tartessos: del mito a la realidad”.
«Vaya, qué casualidad», pensó.
Se asomó a una de las ventanas orientadas hacia la avenida Alameda Sundheim. Desde allí observó la salida del profesor y Sofía del museo. Charlaban animadamente mientras ojeaban uno de los trípticos sobre arqueología que se encontraban en la puerta principal. Al otro lado de la avenida pudo comprobar la presencia de un coche negro con los cristales tintados. Más arriba, junto a una parada de autobús, vio a otro individuo vestido de riguroso negro llevarse la muñeca a la boca, justo en el momento en que Sofía y el profesor abandonaban el edificio.
«Tenía razón el profesor», pensó Pablo.
No tuvo dificultades para descubrir el operativo de vigilancia. Él había participado en cientos de seguimientos similares en el norte, y frente a gente mucho más peligrosa y desconfiada. Anotó la matrícula del vehículo y salió por la puerta trasera, tal y como le había recomendado Sofía.
De regreso a su despacho, se topó en el pasillo con el capitán, que parecía bastante alterado.