Tartessos o Nazzis: El misterio de las estatuillas desaparecidas 20 De regreso a Huelva
64%

20 De regreso a Huelva

Si algo tenía claro Pablo, era que de todo lo que había averiguado no podía hablar con su capitán. Estaba seguro de que se encontraba implicado hasta las cejas en todo aquello y que, de una forma u otra, había intentado tapar el asunto. Ya se lo advirtió Sofía en su primer encuentro: todas sus denuncias caían en saco roto y apenas se les daba credibilidad.

Pero ella no se rindió. Siguió insistiendo en la búsqueda de las estatuillas. Sin su persistencia y constancia, seguramente el asunto habría terminado archivado en una carpeta olvidada, con la habitual leyenda de «Caso sin resolver».

Ahora la responsabilidad recaía sobre él. Tenía en sus manos toda la información que, gracias a sus amigos y colaboradores, había conseguido reunir. La madeja empezaba a mostrar sus hilos ocultos, pero el tiempo corría en su contra.

Lo primero que hizo al llegar a la Comandancia de Huelva fue entrevistarse con el teniente coronel, al que puso al corriente de las informaciones obtenidas tanto en el Sáhara como de las facilitadas por su amigo, el anticuario Santacana.

Recibió las felicitaciones de su superior, no solo por la información obtenida, sino también por la discreción con la que había llevado el asunto en un país tan delicado como Marruecos. El teniente coronel decidió mantener al capitán Gil-Vadillo al margen de la investigación y abrir una información reservada sobre sus actividades profesionales. Desde ese mismo instante dejó de ser un colaborador para convertirse en un posible sospechoso.

De camino a su despacho, Pablo se encontró con el brigada Domínguez, jefe del Departamento de Criminalística, que se dirigía precisamente a buscarlo.

─Hola, Torres. Iba precisamente a tu despacho. Acabo de recibir, del Instituto Anatómico Forense de Huelva, el informe de la autopsia del fotógrafo italiano, ese que estás investigando.

─¡Estupendo! No sabes cuánto lo estaba esperando.

─Pues prepárate, que viene con sorpresa ─dijo el brigada, soltando una risa socarrona.

─Pasa y hablamos tranquilamente ─dijo Pablo señalando la puerta de su despacho─. Y dime, ¿cuál es esa sorpresa?

─Ricina.

─¿Cómo dices?

─Ricina. Es el nombre del veneno hallado en el cadáver de Valdini.

─¡¿Ricina?! ¿De dónde se obtiene ese veneno?

─Pues la verdad es que resulta bastante fácil de encontrar. Se elabora a partir de las semillas de la planta del ricino, que crece en casi todas las partes del mundo; también aquí, en Huelva, sobre todo en la parte suroeste de la provincia.

─¿Por la zona del Guadiana?

─Sí, precisamente esa es la zona con mayor densidad de plantas de ricino.

─Y dime, ¿qué más detalles aporta el informe?

─El informe precisa que desde la ingesta hasta la muerte transcurrieron apenas tres o cuatro minutos, aunque he de decirle que no es lo habitual. He estado investigando acerca del veneno y no suele ser tan letal; depende de la dosis utilizada y de la pureza de la sustancia. En este caso, ambas eran extraordinarias. Las concentraciones de ricina son muy elevadas y de una pureza excepcional. El asesino se aseguró de que resultara letal en un intervalo de tiempo muy corto.

Pablo lo escuchaba con el ceño fruncido.

─También se analizó, por parte de Criminalística, el vaso que encontraste húmedo en el platero de la cocina, pero no se hallaron restos del veneno. Solo contuvo whisky. Se obtuvieron dos huellas dactilares positivas, no correspondientes al fallecido, aunque tampoco las tenemos identificadas en la base de datos. Sin embargo, sí encontramos restos de pigmentos y ceras en el borde del vaso.

─¿Pigmentos y ceras? ¿Qué quieres decir?

─Perdona mi jerga técnica. Me refiero a algo conocido vulgarmente como pintalabios.

─¡¿Pintalabios?!

─Así es. La cantidad era mínima. Alguien intentó eliminar los restos visibles a simple vista. Gracias a que te diste cuenta de que el vaso seguía húmedo y ordenaste un análisis exhaustivo, pudimos detectar la presencia de esos pigmentos.

Pablo permaneció unos segundos en silencio.

─¿Una mujer?

─O alguien que quería que creyéramos eso. Aún es pronto para asegurarlo.

─Y de la marca dejada en la mesita, ¿qué me puedes decir?

─Poca cosa. Con toda seguridad la escribió Valdini, pues su dedo índice todavía tenía restos de polvo impregnados. Pero no sabría decirte qué significa. Posiblemente indicara un “ocho” o el símbolo infinito “∞”, como apuntabas en tu solicitud. Sin embargo, no hemos encontrado ninguna relación entre esa cifra y la documentación revisada durante la inspección ocular de la vivienda. No sé… puede ser el número de una caja de seguridad, un número de identificación, una vivienda… o cualquier otra cosa que se nos esté escapando. Lo que está claro es que no le dio tiempo a terminarlo. Los efectos del veneno fueron fulminantes. Y, aún así, intentó dejar un mensaje.

─¿Crees que ambos se conocían? ─preguntó Pablo, aunque él ya conocía la respuesta.

─Es bastante probable. Tenemos dos vasos con whisky, no hay signos de violencia ni de que la puerta fuera forzada. Yo diría que sí, que el desgraciado fotógrafo conocía a su asesino… o a su asesina.

─Gracias, Domínguez. Manténme informado si averiguas algo más.

─Por supuesto, Torres. Dalo por hecho.

Pablo volvió a contemplar la fotografía de Valdini. Ricina. Un vaso de whisky. Restos de pintalabios. Un símbolo inacabado dibujado con los últimos segundos de vida. Demasiadas piezas para una simple casualidad. Alguien había matado para proteger un secreto que llevaba medio siglo enterrado. Y cuanto más se acercaba a él, más incógnitas empezaban a aparecer en el camino.

Y una reflexión acudió a su cabeza: «Los secretos pueden sobrevivir décadas bajo la arena del tiempo; lo verdaderamente peligroso es descubrir que hay personas que siguen dispuestas a matar para que permanezcan allí».