Tartessos o Nazzis: El misterio de las estatuillas desaparecidas 19 El último guardián #3
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19 El último guardián #3

─Eres un buen hombre ─le susurró al oído─. Lo veo en tus ojos. Espero que logres recuperar esas estatuillas y hacer justicia… aunque para ello yo haya tenido que romper mi juramento. Haz que merezca la pena.

Tras despedirse de Khabizi abandonaron la jaima y caminaron hasta el lugar donde los esperaba Husein con los camellos. No podían perder tiempo. Debían regresar cuanto antes a Sidi-Ifni y emprender el viaje de vuelta a España antes de que fuera demasiado tarde.

Dos días después, agotados por las tormentas de arena y el sol abrasador del desierto, llegaron al hotel. Yamal saltó de alegría al verlos aparecer y dio gracias a Alá porque hubiesen regresado sanos y salvos de aquella travesía.

Nada más entrar, el recepcionista le comunicó a Pablo que un hombre llamado Santacana había telefoneado varias veces dejando un recado urgente: debía llamarlo en cuanto regresara, sin importar la hora.

Pablo pidió utilizar el teléfono de recepción y marcó el número de la librería.

─Librería Santacana, ¿con quién tengo el placer de hablar?

─Don Faustino, soy Pablo. Me dijeron que había llamado varias

veces.

─¡Así es, mon ami! Tengo información muy valiosa que puede arrojar mucha luz sobre este misterio. Pero antes cuéntame tú. ¿Qué has descubierto en tu aventura por el desierto?

─No se lo va a creer. He encontrado algo que lo cambia todo.

─Pues empieza inmediatamente muchacho, porque me tienes intrigado.

─Localicé a Khabizi. Está muy enfermo, así que creo que llegamos justo a tiempo. Nos confesó que en la primavera de 1943 tuvo lugar una reunión secreta, en una jaima a las afueras de Sidi-Ifni, entre mandos aliados y nuestros amigos Klauss, Valdini y el tercer hombre de la fotografía. Y ahí viene lo importante: se habló del famoso engaño del oficial inglés hallado muerto en las costas de Huelva.

─¡Magnífico Pablo! ─exclamó Santacana con entusiasmo─. Esa era la pieza que faltaba en nuestro rompecabezas. Sabía que no podía ser causalidad que coincidieran la reunión aliada en Casablanca y el misterioso viaje de Klauss y Valdini al Sáhara.

─Hay más. Khabizi nos contó que Valdini parecía incómodo con lo que se estaba pactando. Discutió varias veces con Klauss. Y la tercera persona que aparecía en la fotografía… era el padre de mi actual capitán.

─¿Qué dices?

─Por aquel entonces era sargento legionario destinado en el Sáhara. Khabizi asegura que fueron grandes amigos y compañeros de combate. Él actuó como enlace entre ambos bandos porque creía que los aliados ayudarían después a los saharauis frente a Marruecos.

─Esto encaja perfectamente con lo que he descubierto aquí en Madrid ─dijo Santacana bajando el tono de voz─. He seguido investigando en los archivos del Instituto Arqueológico Alemán, compartiendo whisky y confidencias con mi amigo el conserje alemán. No sabes cómo bebe el condenado… He averiguado que, tras la guerra, una de las empresas más beneficiadas para la reconstrucción de Alemania fue una constructora llamada Zieglstein, dirigida por un joven empresario exiliado durante el conflicto. ¿A que no adivinas quién era?

─Empiezo a pensar que cualquier cosa es posible.

─Joseph Wiese. Hijo de nuestro querido Vilhelm Klauss. Utilizó el apellido de su madre, Beatriz Wiese.

─Increíble… Cuando estuve en su mansión sólo me habló de su hija Beatriz. Jamás mencionó a ningún hijo varón.

─Eso explicaría muchas cosas, Pablo. Klauss pudo colaborar con los aliados a cambio de garantizar el futuro económico de su familia tras la caída del Reich. La nueva Alemania se levantó sobre millones de contratos… y sobre no pocas traiciones.

─Y si eso llegara a saberse públicamente, la empresa familiar se hundiría.

─Exacto. La sociedad alemana jamás perdonaría algo así.

─Entonces estoy convencido de que Klauss tuvo algo que ver con la muerte de Valdini ─murmuró Pablo─. Pero seguimos sin saber dónde están las estatuillas.

─Y esa es la verdadera pregunta ─replicó Santacana─. Si las ha mantenido ocultas durante medio siglo… ¿por qué intentar venderlas precisamente ahora? Piénsalo bien, Pablo. Ahí está la clave de todo.

Pablo guardó silencio durante unos segundos.

─Tiene razón. Hay algo que aún no encaja. Pero en cuanto llegue a Huelva volveré a ver a Klauss. Y esta vez pienso desenmascararlo.

─Hazlo con cuidado, mon ami. Los hombres que llevan toda una vida ocultando secretos no suelen rendirse fácilmente.

─Lo tendré presente. Y gracias, don Faustino. Ya forma parte de esto tanto como nosotros.

A la mañana siguiente se despidieron de Yamal, que los llevó subidos en su viejo carro hasta la estación de autobuses de Sidi-Ifni.

─No sabes cuánto nos alegramos de haberte conocido ─dijo Pablo estrechándole la mano─. Nos has ayudado más de lo que imaginas.

─El placer ha sido mío ─respondió el muchacho sonriendo─. Vuelvan cuando quieran. Aquí siempre tendrán un amigo.

─Volveremos, Yamal ─dijo Sofía besándole la mejilla─. Algún día regresaremos a esta tierra maravillosa.

Mientras el autobús se alejaba de Sidi-Ifni, Pablo comprendió que algunas rutas no aparecen en los mapas: son las que conducen a las verdades que otros llevan medio siglo intentando enterrar.