19 El último guardián #2
─Le entiendo perfectamente, sargento Torres. No crea que no deseo ayudarle a descifrar lo que ocurrió entonces, pero hice un juramento y sigo atado a él.
Todo parecía perdido. Aquel hombre no estaba dispuesto a colaborar. Sus profundas convicciones morales eran más fuertes que cualquier deseo de revelar la verdad. Khabizi pertenecía a esa clase de hombres para quienes el honor y la lealtad están por encima de todo, y pese a sentirse abandonado por todos, no parecía dispuesto a traicionar su palabra.
Fue entonces cuando a Sofía, observándolo con atención en busca de alguna grieta en su férrea voluntad, decidió apelar a su condición de guardián de la memoria de su pueblo.
─Señor Khabizi, siento una profunda admiración por usted. Como arqueóloga, le aseguro que gracias a personas como usted nuestros hijos podrán conocer el legado de nuestros antepasados, aquello que el tiempo y el olvido intentan borrar. Como bien dice, la arena del desierto cubre cada día las ruinas de Santa Cruz de la Mar Pequeña, pero es usted quién aparta esa arena con sus propias manos para que el mundo recuerde que allí existió una fortaleza española y que su padre y su abuelo, junto a miles de soldados españoles y saharauis, defendieron aquellos muros hasta la muerte. Yo intento hacer lo mismo con las estatuillas fenicias. También trato de retirar la arena que las cubre, aunque en mi caso esa arena sea más oscura y peligrosa: personas sin escrúpulos que desean ocultarlas para siempre, convertirlas en simples objetos de colección y mutilar la historia sin el menor remordimiento. Por eso le pedimos que nos ayude a desentrañar este misterio y a devolver esas piezas a toda la Humanidad.
Sofía parecía haber tocado una fibra sensible en el viejo saharaui. Pablo la observaba sorprendido. La pasión con la que hablaba le recordó el primer día que la vio impartiendo clase en la facultad de Huelva. Él y Khabizi parecían ahora dos alumnos atentos escuchando una lección imposible de olvidar.
─Sabe usted, señorita Sofía, el mundo es cruel y despiadado. Nosotros fuimos abandonados y traicionados por el país que considerábamos nuestra patria. Yo mismo fui engañado por hombres a los que consideraba mis amigos, y aquí me ve… cumpliendo un juramento hecho hace más de cincuenta años. Me prometieron que, si colaboraba con ellos, Inglaterra y Estados Unidos apoyarían nuestra causa y nos protegerían de las hordas marroquíes. Pero nada de eso ocurrió. Fuimos despojados de nuestras tierras y arrojados a la arena ardiente del desierto. Ni siquiera se molestaron en matarnos; sabían que el olvido terminaría haciendo el trabajo por ellos.
─Precisamente por eso debe ayudarnos ─insistió Sofía─. Ayúdenos a desenmascarar a quienes lo traicionaron y a devolver, aunque sea en parte, la dignidad a los que murieron defendiendo su tierra. ¿Por qué seguir guardando ese juramento?
─¿Y por qué no? ─respondió Khabizi con amargura─. ¿De qué habría servido romperlo? ¿A quién le habría importado la historia de un viejo combatiente saharaui? La guerra terminó, los vencedores caminaron erguidos y los vencidos huimos como ratas abandonando un barco que se hundía.
─Pero ahora sí puede ser importante ─dijo Sofía con suavidad─. Al menos para nosotros.
Entonces se hizo un silencio pesado dentro de la jaima. Khabizi dio una larga calada a la pipa y dejó escapar lentamente el humo.
─Me queda poco tiempo de vida. Tengo un tumor en los pulmones y dudo que llegue a la próxima primavera. Ese hombre de la fotografía cuyo nombre desconocen… es el sargento legionario Gil-Vadillo. Combatió junto a mí contra las tropas marroquíes. Éramos grandes amigos y camaradas…
El nombre cayó sobre Pablo como un disparo.
─¿Perdón? ¿Ha dicho el sargento Gil-Vadillo? ─preguntó Pablo, incapaz de ocultar su sorpresa.
─Así es. Pertenecía a la XIII Bandera de la Legión Española.
Debía de ser, sin duda, el padre de su actual capitán Gil-Vadillo. Ahora comprendía muchas cosas. Y, por primera vez desde que comenzó aquella investigación, tuvo la sensación de que alguien llevaba demasiado tiempo moviendo los hilos desde la sombra.
─Siga, por favor, señor Khabizi ─lo animó Pablo.
─Él fue quien me presentó a los otros dos hombres, Klauss y Valdini. Era la primavera de 1943. Me dijeron que estaban interesados en estudiar y fotografiar los restos de la fortaleza de Santa Cruz de la Mar Pequeña; aseguraban ser arqueólogos. Aunque más tarde me confesaron que el verdadero motivo de su visita era político. Debían reunirse con varios altos mandos de las fuerzas aliadas en un lugar discreto, a las afueras de Sidi-Ifni, y pensaron que yo podría facilitarles el encuentro y proporcionarles la tapadera perfecta.
Pablo y Sofía escuchaban atónitos al anciano saharaui.
─Me prometieron que ─continuó con el relato─, si los acuerdos llegaban a buen puerto y la victoria caía del lado aliado, el protectorado español del Sáhara se vería reforzado con ayuda militar británica y estadounidense frente al asedio del ejército de liberación marroquí.
─Pero ¿qué se trató realmente en aquella reunión? Es de vital importancia ─insistió Pablo.
─Hablaron del engaño que usted y la historia ya conocen. De una conspiración para quebrar la moral de los ejércitos de Hitler. De lanzar un señuelo con información falsa sobre las futuras zonas de desembarco de las tropas aliadas. Las conversaciones duraron varios días y no recuerdo detalles concretos. Pero sí recuerdo algo: el señor Valdini salió varias veces de la jaima con el rostro desencajado y lágrimas en los ojos. Klauss iba tras él y ambos discutían acaloradamente en alemán antes de regresar al interior. Fue aquí donde comenzó a gestarse el engaño del oficial muerto aparecido en las costas de Huelva.
─¿Me está diciendo que Klauss conocía la operación organizada por los ingleses para engañar a los nazis?
─Le estoy contando únicamente lo que vi y escuché durante aquellos días.
─Es increíble… Klauss era el jefe de la Abwehr en Huelva, el máximo responsable de la inteligencia nazi en la provincia.
─Lo sé. Pero las cosas ocurrieron exactamente como se las estoy contando.
─¡Pablo! ─interrumpió Sofía─. Acuérdate de lo que nos explicó el
profesor Faramiñán sobre Wilhelm Franz Canaris, el jefe supremo de la Abwehr. Fue ejecutado por conspirar contra Hitler. No sería extraño que Klauss siguiera instrucciones de su superior y colaborara, de algún modo, en la caída del Tercer Reich.
─Tienes razón, ahora lo recuerdo ─admitió Pablo antes de volver
a mirar al anciano─. ¿Sabe quiénes eran esos militares aliados con los que se reunieron?
─No. Llegaron vestidos de paisano. Pero sí recuerdo que Gil-
Vadillo actuaba de enlace; era el puente entre ambos bandos. Él sólo quería conseguir apoyos para nuestra lucha en el Sáhara. Los intereses de los demás los desconozco.
─¿Y sobre las estatuillas? ¿Se habló algo de ellas? ─preguntó
Sofía.
─No, lo siento. Eso es todo lo que sé.
Todo comenzaba a enredarse todavía más. Existía un evidente hilo invisible que unía a todos aquellos personajes: espías, reuniones clandestinas, engaños militares, intrigas, traiciones, promesas incumplidas… y, en medio de todo, unas antiquísimas estatuillas fenicias a punto de desaparecer en el mercado negro y el cadáver de un hombre que estaba dispuesto a colaborar.
─Espero que lo que les he contado pueda ayudarles ─dijo Khabizi mirando fijamente a Sofía─. Y que consigan recuperar esas piezas antes de que caigan en manos de quienes desean ocultarlas para siempre. Personas que, como la arena del desierto, terminan cubriendo las maravillas del mundo hasta hacerlas desaparecer.
─Le aseguro que todo lo que nos ha contado es de enorme importancia ─respondió Pablo ofreciéndole la mano─. Nos ha ayudado a comprender muchas cosas que hasta ahora no encajaban.
Khabizi se levantó lentamente. Después estrechó la mano de Pablo y lo abrazó con fuerza, como un padre abraza a un hijo antes de despedirse.