Tartessos o Nazzis: El misterio de las estatuillas desaparecidas 19 El último guardián
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19 El último guardián

Parque Nacional de Khenifiss. Suroeste de Marruecos.

A la mañana siguiente, antes de que el sol se levantase sobre las dunas y alumbrase con sus primeros rayos la decadente fachada del hotel donde se habían alojado, Yamal esperaba paciente, sentado sobre su triciclo frente al edificio.

Pablo fue el primero en despertarse y pudo observar, a través de la ventana que daba a la plaza, cómo el joven permanecía apostado como un centinela junto a la puerta del hotel. Llamó suavemente a la puerta de la habitación de Sofía para despertarla; debían partir pronto, antes de que el desierto comenzara a arder bajo el calor del día.

─¡Buenos días! ─dijo Yamal con una gran sonrisa al verlos aparecer.

─¡Buenos días, Yamal! Veo que has madrugado ─respondió Pablo.

─¡Qué va! Siempre me levanto temprano para ser el primero en llegar a la estación y recoger algún turista del autobús de noche. Mi abuelo me enseñó un refrán español: «A quien madruga, Dios ayuda» ─dijo riendo.

─Tu abuelo es un hombre sabio ─dijo Sofía devolviéndole la sonrisa.

─Bueno, ¿nos ponemos en camino? Hoy puede ser un día duro ─dijo Pablo mientras cargaba las mochilas en la parte trasera del triciclo.

Pronto dejaron atrás la ciudad. El sol comenzaba a encender las piedras del camino y, en el horizonte, sólo se divisaban montañas de arena acariciadas suavemente por el viento, que levantaba pequeñas espirales de polvo antes de desvanecerse en mitad de la nada.

─Ya hemos llegado. Esta es la casa de Husein, el señor de los camellos ─dijo Yamal señalando unas humildes construcciones de adobe y con techos de madera, rodeadas de corrales donde varios camellos descansaban recostados sobre la arena.

─Perfecto ─respondió Pablo mirando a Sofía, en cuyo rostro ya se adivinaba el cansancio.

Al aproximarse a la vivienda los recibió un hombre enjuto, de unos sesenta años, con un turbante anudado al cuello y túnica desgastada. Lo más llamativo de su indumentaria eran unas zapatillas Adidas cubiertas de polvo.

«No es exactamente el calzado que esperaba encontrar en mitad del Sáhara», pensó Sofía.

─¡Buenos días, Husein! ─gritó Yamal desde su triciclo─. Le traigo turistas españoles. Quieren visitar ruinas antiguas.

─Bienvenidos a mi humilde hogar ─respondió el hombre en un castellano sorprendentemente correcto, inclinando levemente la cabeza.

─Buenos días ─saludó Pablo─. Queríamos que nos llevase hasta una tribu nómada cuyo jefe se llama Mohamed Khabizi, al que apodan “El Saharaui”. ¿Lo conoce?

─Por supuesto. Husein conoce a todo el mundo que vive en el desierto. También conozco las ruinas que buscan: una antigua fortaleza española. Quedan pocos restos, pero puedo llevarles directamente.

─Lo agradezco, pero me interesa hablar con Khabizi. Mi padre sirvió junto a él durante el protectorado español y me gustaría conocerlo ─respondió Pablo con cortesía.

─Como quieran. Por estas fechas suelen acampar junto a la laguna “Khenifiss”; hay abundante pesca. Tardaremos algo más de dos días. El precio es por camello y jornada: cuatrocientos dirhams.

─Me parece bien. ¿Cuándo podríamos salir?

La cara de Sofía se ensombreció.

─¿Dos días subidos en esos animales? No sé si voy a sobrevivir… ─murmuró.

─Claro que sí ─sonrió Pablo─. Será una aventura de las que solo ocurren una vez en la vida.

─Eso mismo es lo que me preocupa ─respondió ella, divertida.

─Partiremos al atardecer. Mis camellos están descansados y el desierto se vuelve más amable cuando cae el sol ─dijo Husein.

Se despidieron de Yamal, al cual emplazaron para que los recogiera a su vuelta al cabo de cuatro días, y emprendieron el viaje a lomo de los camellos.

Pronto empezó a anochecer. El sol se apagaba lentamente detrás de las dunas, tiñendo el horizonte de un rojo arcaico, como si el desierto ardiera desde dentro. El viento cálido fue transformándose en una brisa húmeda y fría que arrastraba olor a sal y arena mojada.

Durante el trayecto apenas hablaron. El desierto imponía su propio silencio.

A veces, Pablo observaba a Sofía balancearse sobre el camello bajo la luz naranja del crepúsculo, con el pelo agitado por el viento y el rostro cubierto parcialmente por el pañuelo saharaui. Había algo en aquella imagen, entre aventurera y melancólica, que le recordaba a las viejas películas coloniales que veía de niño junto a su madre.

Tras dos largos días de travesía, llegaron por fin a la laguna Khenifiss. El lugar parecía irreal: un humedal atrapado entre el océano y las dunas del Sáhara, rodeado de vegetación salvaje y aves que descendían sobre las aguas cristalinas como flechas blancas bajo un cielo limpio y abrasador.

─Ya hemos llegado ─anunció Husein señalando un pequeño campamento de jaimas distribuidas en forma de media luna junto a la orilla susurrante de la laguna─. Ahí encontrarán al “Saharaui”. Su tienda es la del centro.

Entraron en el campamento mientras Husein conducía los camellos hacia unos corrales improvisados.

Frente a la jaima principal aguardaba un hombre de avanzada edad, piel oscura y barba blanca. Vestía la “darraa”, una túnica ancha, larga y holgada y el turbante tradicional saharaui llamado “tagelmust”. Fumaba lentamente una pipa de marfil; el humo ascendía sobre su cabeza como un espectro fantasmagórico antes de perderse en el aire abrasador del desierto. Los miraba fijamente mientras ellos se aproximaban hasta el lugar donde se encontraba.

─Hola, mi nombre es Pablo y ella es Sofía. Somos españoles y queríamos hablar con usted.

─Bienvenidos a mi campamento. Me halaga su interés por este viejo saharaui ─respondió el hombre con voz grave y cansada─, aunque ignoro qué podría importarles alguien como yo.

─ Más de lo que se imagina ─contestó Pablo casi sin dejarlo terminar.

Sabía que aquel hombre era una pieza clave. El nombre de Mohamed Khabizi aparecía en los documentos hallados por Santacana en los archivos del Instituto Arqueológico Alemán. Quizá estuvieran hablando con el último testigo vivo de todo aquello.

─Pasen dentro. El desierto escucha demasiado.

La frase hizo que Sofía mirara a Pablo de reojo antes de entrar en la tienda.

Dentro de la jaima, acomodados sobre una gran alfombra persa de tonos ocres, Khabizi les sirvió té con hojas de hierbabuena mientras daba lentas caladas a la pipa.

─Ustedes dirán. ¿Qué desean saber de este viejo?

─Sabemos que usted es el último guardián de las ruinas de la mítica fortaleza española conocida como “Santa Cruz de la Mar Pequeña”.

Su rostro pareció relajarse y en su cara se atisbó un esbozo de sonrisa. Tras tomar un sorbo de su té, levantó la mirada y la posó fijamente en Pablo.

─Así es. Sólo yo y unas cuantas piedras recordamos lo que fue aquella fortaleza española. Cada día el desierto intenta enterrarla un pcoo más… y cada día yo vuelvo a desenterrarla. Cuando muera, quizá desaparezca conmigo.

Sus palabras quedaron suspendidas en el interior de la jaima como el humo flotando en el aire.

─Para mí no son simples ruinas ─continuó─. Son algo más que unas simples piedras. Mi padre y mi abuelo sirvieron en la Caballería Indígena. Después seguí sus pasos hasta que España nos abandonó a nuestra suerte.

La tristeza endureció sus facciones.

─Por eso sigo aquí. Por dignidad. Porque alguien debe recordar a los que murieron defendiendo estas tierras. En el Sáhara existe una ley no escrita: “Lo eterno dura un instante; sólo lo transitorio permanece”

Pablo y Sofía guardaron silencio.

─Señor Khabizi ─dijo finalmente Pablo─, también queríamos preguntarle por algo ocurrido hace más de cincuenta años. No hemos sido del todo sinceros con usted. Soy sargento de la Guardia Civil y Sofía es arqueóloga. Investigamos la desaparición de unas estatuillas fenicias… y el asesinato de un hombre al que usted conoció.

Khabizi había dejado de fumar. Vació la ceniza de la pipa sobre un pequeño plato metálico antes de responder.

─¿Quién?

─Pietro Valdini.

Se hizo un silencio espeso dentro de la jaima.

─Lo recuerdo ─dijo al fin─. Buen fotógrafo. Demasiado joven para ciertas cosas.

Pablo sacó entonces la vieja fotografía y se la mostró.

─Queremos saber quién era el tercer hombre de esta imagen.

Khabizi tomó la foto entre sus curtidas manos.

─Juré no hablar jamás de aquellos días ─murmuró─. Hice una promesa. Lamento que hayan hecho este viaje tan largo en vano.

─Pero usted puede ayudarnos a resolver todo esto ─insistió Pablo─. ¿Por qué viajaron aquí Klauss y Valdini? ¿Qué tienen que ver en todo esto las estatuillas fenicias encontradas por un pescador en las playas de Huelva? Y, lo que es más importante, ¿por qué han matado a Valdini justo antes de confesarme algo importante?

En ese momento, Khabizi extendió su mano izquierda y devolvió a Pablo la foto donde aparecían los tres hombres.

─Sí los recuerdo, como si fuese ayer. Fueron días de palabras, gestos y promesas…

─Díganos al menos, quién es el tercer hombre de la foto ─intervino Sofía, casi suplicándole.

─También sabemos que, durante aquellos días, tuvo lugar en Casablanca, a pocos kilómetros de aquí, una reunión secreta de las fuerzas aliadas en la que se decidió la estrategia para combatir a las tropas nazis durante la Segunda Guerra Mundial. ¿Recuerda algo de eso? ─el tono de voz de Pablo se había vuelto más serio y su expresión más rígida─. En aquella reunión se acordó utilizar un señuelo, un engaño cuidadosamente preparado: la aparición del cadáver de un oficial inglés portando documentación falsa sobre un supuesto desembarco aliado en Grecia. Y ¿sabe qué es lo más inquietante de todo? Que ese cadáver apareció en las playas de Huelva, fue fotografiado por Valdini y, lo que es más importante para mí, el jefe de la Abwehr en Huelva, el señor Klauss, fue el primero en certificar la autenticidad de aquellos documentos, pese a las contradicciones existentes en el informe de la autopsia sobre la fecha real de la muerte. Por eso le digo que lo ocurrido aquí durante aquellos días puede ser clave para comprender cómo se desarrollaron realmente los acontecimientos.