Tartessos o Nazzis: El misterio de las estatuillas desaparecidas 18 Viaje al Sáhara #2
54%

18 Viaje al Sáhara #2

Continuaron visitando la ciudad. La misma se encontraba en una especie de lento desahucio colectivo; paseando por sus calles podía percibirse un leve hálito de tristeza, como si el tiempo hubiera decidido abandornarla a su suerte. Las calles agrietadas y los edificios castigados por el salitre y el olvido aún dejaban entrever el esplendor que debió tener durante la época del protectorado español: avenidas amplias, construcciones elegantes e infraestructuras levantadas para perdurar. Ahora todo aparecía cubierto por una pátina de decadencia y abandono. Sidi-Ifni daba la impresión de ser una ciudad castigada por la historia, condenada quizá por haber sido una de las últimas plazas en caer en manos del Reino de Marruecos, como si estuviera pagando el precio de aquella obstinada resistencia frente a la invasión marroquí.

Les sorprendió comprobar cómo en algunas calles y plazas aún permanecían los nombres de ilustres militares españoles, en una suerte de reconocimiento tácito o quizá de silencio respetuoso hacia aquellos hombres que defendieron la ciudad hasta el final.

Durante el trayecto conversaron con varios vecinos y lugareños que, movidos por la curiosidad, se acercaban al carrito de Yamal para conocer a los visitantes españoles. Todos los recibían con simpatía, y en sus palabras se adivinaba cierta nostalgia por el pasado colonial. Algunos incluso conservaban apellidos castellanos, como Said Jiménez, un vendedor de fruta que tenía un pequeño puesto frente a la iglesia de Santa Cruz y que aseguraba ser hijo de un soldado español muerto durante los combates contra las tropas de liberación marroquí.

Pese al aspecto ruinoso en el que se hallaba sumida, Sidi-Ifni seguía siendo una ciudad singular y extrañamente hermosa; tranquila, melancólica y acogedora, habitada por gente humilde que aún conservaba una dignidad serena.

Por fin llegaron a la casa de Yamal. El muchacho bajó rápidamente del carrito y comenzó a llamar a su madre a voces. La mujer apareció en la puerta con gesto sobresaltado. Yamal le explicó que eran españoles y que deseaban hablar con su abuelo, pues estaban interesados en conocer historias de la ciudad durante la época del protectorado. A ella no pareció entusiasmarle demasiado la idea, aunque finalmente, tras unos segundos de duda, les hizo un gesto amable para que entraran.

La vivienda era extremadamente humilde, apenas amueblada. Algunos tapices colgaban de las desconchadas paredes y varias alfombras de cachemir cubrían el suelo. Yamal les explicó que su abuelo no podía caminar y pasaba la mayor parte del día sentado en un viejo sillón frente a una ventana orientada al mar. Allí estaba el anciano: un hombre enjuto y arrugado, de más de ochenta años, con la mirada perdida en la inmensidad azul del Atlántico.

Yamal lo besó cariñosamente y le susurró algo al oído. El viejo giró lentamente la cabeza y extendió la mano hacia Pablo, que reaccionó de inmediato para estrechársela.

─Es un honor para mí que entren en mi casa ─dijo el anciano con voz débil y cansada─. Por favor, siéntense. Mi hija nos servirá un té; es prácticamente lo único que puedo tomar ya.

─El honor es nuestro. Su nieto nos ha contado que fue usted soldado durante la época del protectorado español.

─Así es. Fui soldado de la Caballería Indígena en la guarnición de la ciudad, hasta que en 1958 fuimos abandonados a nuestra suerte al Ejército de Liberación marroquí, cuando España capituló y entregó estos territorios ─respondió con un deje de amarga melancolía─. Nos perdonaron la vida, sí, pero nos arrebataron casi todo. Pasamos a ser extranjeros en nuestra propia tierra.

─Debieron de ser momentos muy duros para todos ustedes ─dijo Pablo, casi en tono de disculpa.

─Lo fueron. Nuestra madre patria nos abandonó. Pasaron muchos años hasta que el Gobierno español reconoció nuestra labor y nos concedió una indemnización casi simbólica, pero lo más importante fue recuperar la dignidad. Nunca dejamos de sentirnos orgullosos de haber servido a una causa que creíamos justa.

Sofía lo observaba desde el fondo de la habitación. Las palabras de aquel anciano le habían encogido el corazón, y sintió una incómoda sensación de culpa al pensar que su país había dejado atrás a hombres como él, condenándolos al olvido.

─Quería preguntarle por un antiguo compañero suyo ─dijo Pablo─. Era amigo de mi padre y me gustaría saber qué fue de él.

─¿Su padre sirvió en estas tierras? ─preguntó el anciano, levantado lentamente la mirada.

Pablo no quería mentirle, pero sabía que necesitaba ganarse su confianza si pretendía obtener información sin despertar sospechas.

─Sí. Hizo aquí el servicio militar, entre los años cincuenta y cincuenta y dos.

─Entonces los hijos de mis hermanos son también hijos míos ─respondió el viejo con una sonrisa fatigada─. Dígame, ¿cómo se llama el hombre al que buscan?

─Mohamed Khabizi, al que apodaban “El Saharaui”.

─Sí… lo recuerdo bien. Gran soldado y mejor persona. Ya no vive aquí. Tras la invasión marroquí abandonó la ciudad y volvió a la vida nómada de sus antepasados. Vive con su familia en algún lugar del desierto, aunque no sabría decirles exactamente donde. Los saharauis van y vienen como el viento, cambian de lugar igual que las dunas cambian con la tormenta. El desierto es su única patria.

─Entonces, ¿no hay forma de localizarlo?

─Tal vez sí. De vez en cuando alguien de su clan baja hasta el pueblo para vender pieles de cabra, leche de camella y comprar harina o víveres. Hablen con los comerciantes de la plaza del mercado. Ellos sabrán algo.

─Gracias por todo. Y permítame decirle que, en mi nombre, le agradezco cuanto hizo por nuestro país.

─Gracias a ustedes por honrarme con su visita y regalarme un poco de conversación a este viejo olvidado.

Cuando abandonaron la vivienda, pidieron a Yamal que los llevara hasta la plaza del mercado de la que había hablado su abuelo. Tal vez alguno de los comerciantes pudiera orientarlos sobre el paradero de Khabizi.

Entraron en un una vieja Tetería de aspecto sombrío. Música árabe inundaba la estancia. Un par de ancianos tomaban té en silencio junto a la pared, mientras detrás de la barra un hombre rechoncho y corpulento secaba vasos con parsimonia.

─Buenos días. Somos turistas españoles. ¿Hablan nuestro idioma? ─preguntó Pablo.

─¡Por supuesto! Bienvenidos ─respondió el camarero con entusiasmo.

─Nos gustaría tomar un buen té con menta, pero antes queríamos preguntarles si conocen a alguien del clan de los Khabizi.

─Claro, señor. Aquí todo el mundo los conoce.

─¿Y saben cómo encontrarlos?

─No exactamente. Ellos son quienes nos encuentran a nosotros cuando necesitan algo. Siempre están movimiéndose. Son nómadas, ya sabe ─dijo el camarero encogiéndose de hombros.

─Yo sí sé dónde encontrarlos ─intervino uno de los ancianos sentados en la mesa.

─¿De verdad? –preguntó Sofía, inclinándose hacia él.

─Ahora están cerca de la laguna del Parque Nacional de Khenifiss. Mohamed Khabizi es el último guardián de las ruinas de la fortaleza española de Santa Cruz de la Mar Pequeña. Rara vez se aleja demasiado de aquel lugar.

─¿Podría alguien llevarnos hasta allí? ─preguntó Sofía.

─Están a dos días de camino. Tendrán que ir en camello; no existen carreteras y las dunas cambian cada día ─respondió el anciano, sin apartar la vista de su taza de té.

─¿Dónde podemos encontrar un guía? ─insistió Sofía.

─Hablen con Husein, al que llaman “el Egipcio”. Yamal sabe dónde encontrarlo. Tiene camellos y conoce bien las arenas…

Salieron de la tetería tras dejar una generosa propina al camarero. Yamal les explicó que conocía a Husein y que vivía en las afueras de la ciudad, aunque bastante lejos de allí.

─Será mejor volver al hotel, dejar el equipaje y comer algo –dijo Pablo─. Tengo la sensación de que mañana será un día duro.

El hotel se encontraba en pleno centro de Sidi-Ifni, en la antigua Plaza de España. Era un edificio viejo, atrapado en el tiempo igual que el resto de la ciudad, con el aire decadente de aquellas películas de cine en blanco y negro. Pese a su evidente desgaste, conservaba un extraño encanto. La decoración, recargada y confusa, mezclaba muebles coloniales, mesas de madera tallada, tapices árabes, cerámicas andalusíes, fotografías de militares españoles posando junto a indígenas y faroles de cobre ennegrecidos por el humo y los años. Todo en aquel lugar parecía invitar a olvidar el presente y regresar a un tiempo que se resistía a desaparecer.