Tartessos o Nazzis: El misterio de las estatuillas desaparecidas 18 Viaje al Sáhara
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18 Viaje al Sáhara

Pablo no perdió ni un minuto. Se puso manos a la obra y empezó a idear cómo viajar hasta aquella ciudad colonial española sin levantar sospechas sobre sus verdaderas intenciones: Sidi-Ifni.

Habló con su jefe, el teniente coronel, al que costó convencer dada la delicada situación diplomática con el Reino de Marruecos. No quería que el sargento Torres provocara un incidente haciendo preguntas sobre hechos ocurridos medio siglo atrás. Pero Pablo había preparado una cuartada convincente: viajaría como simple turista, acompañado por su novia, Sofía. La excusa oficial sería conocer los lugares donde, supuestamente, había servido su padre, antiguo militar destinado en el grupo de Tiradores de Sidi-Ifni.

─Está bien, Torres, cuentas con mi aprobación. Tenemos demasiadas incógnitas sobre la mesa… y ahora también un cadáver. Pero escucha bien: si algo sale mal, jamás debes decir que viajas en misión oficial ni que eres Guardia Civil. Estarás solo, y así debe seguir siendo. No quiero un conflicto diplomático con Marruecos por culpa de una investigación sobre fantasmas del pasado. ¿Está claro? ─preguntó el teniente coronel, con tono severo.

─Sí, perfectamente.

─La información que has obtenido es importante, pero no podemos precipitarnos. Averigua cuanto puedas y vuelve rápido.

─Así lo haré. Será usted el primero en conocer cualquier novedad. Gracias por su apoyo, mi teniente coronel.

Ahora tocaba hablar con Sofía. Aunque, en el fondo, sabía perfectamente cual sería su respuesta. Estaba doblemente feliz: por un lado, la investigación avanzaba; por otro, iba a viajar a un lugar remoto y fascinante junto a la mujer de la que empezaba a enamorarse sin remedio. «¿Qué más se puede pedir?», pensó.

─¡Es fantástico, Pablo! ─exclamó Sofía entusiasmada─. Claro que iré contigo. Si descubrimos por qué Klauss y Valdini viajaron hasta allí, quizá podamos entender qué ocurrió realmente con las estatuillas… y también por qué mataron a Valdini justo antes de hablar.

─Puede ser peligroso. No sabemos qué vamos a encontrar allí. Y quien asesinó a Valdini no querrá que ciertos secretos salgan a la luz.

─No importa. A tu lado me siento segura. Más de lo que me he sentido nunca.

Aquellas palabras dejaron a Pablo desarmado. Rozó suavemente la mejilla de Sofía con la yema de los dedos. Hacía demasiado tiempo que no sentía nada parecido. Pero junto a ella todo era distinto. Su corazón latía con la violencia torpe de un adolescente ante su primer beso.

Durante los días previos al viaje recopiló mapas, referencias históricas y rutas sobre las antiguas posesiones españolas en el sudoeste de Marruecos. Cuanto más leía sobre aquellas tierras olvidadas, más fascinación sentía.

─¡Sofía, ya está todo preparado! ─dijo nada más descolgar ella el teléfono.

─¿Cuándo salimos?

─Hoy mismo. A las siete despega desde Sevilla un avión estafeta con destino Casablanca. Ya he reservado dos plazas.

─¿Avión estafeta? ¿Y eso qué demonios es? ─preguntó desconcertada.

─Un avión militar de transporte. Lleva suministros, correo, material, armas y munición, en fin, cosas de militares… y a veces pasajeros autorizados. Tenemos permiso del gobernador militar. Oficialmente vamos por turismo.

─Perfecto… pero debes darme tiempo para hacer la maleta.

─Te recojo a las cuatro. El tren sale media hora después.

Horas más tarde caminaban por la base aérea de Tablada, en Sevilla, hacia un viejo C─130 Hércules del Ejército del Aire. El aparato, verde y amarillo, parecía sacado de una película de guerra antigua.

─¿De verdad esto vuela? ─preguntó Sofía agarrándose al brazo de Pablo.

─Y aterriza también. Que ya es bastante ─respondió Pablo sonriendo.

Ella soltó una carcajada nerviosa.

Subieron a la aeronave y se abrocharon los cinturones. Eran los únicos pasajeros, aparte del comandante, su copiloto, un joven teniente de rostro imberbe, y un sargento auxiliar de vuelo encargado de la mecánica del aparato. El interior del viejo Hércules olía a metal, combustible y aceite caliente; el fuselaje vibraba levemente incluso antes del despegue, como si la nave respirara con dificultad. Minutos antes, el comandante les había explicado con tono rutinario la duración del trayecto y el itinerario previsto hasta Casablanca, aunque Sofía apenas había escuchado nada; no podía apartar la vista de las remachadas paredes del avión ni dejar de preguntarse cuántas veces aquel gigante fatigado habría cruzado el Estrecho rumbo al desierto africano.

Dos horas después pisaban suelo marroquí. Casablanca los recibió con olor a gasóleo, salitre, tabaco negro y especias. Bajo la luz mortecina del aeropuerto, la ciudad parecía suspendida en otra época, como si en cualquier esquina fueran a cruzarse con un viejo oficial francés, un contrabandista o algún fugitivo europeo huyendo de sí mismo. Pasaron la noche en un pequeño hotel cercano a la estación de autobuses, el Siroco, un lugar decadente y melancólico, de ventiladores perezosos y paredes amarillentas por el humo.

A la mañana siguiente les despertó la llamada a la oración, expandiéndose por la ciudad como un sonido antiguo. El sol salía tímidamente sobre los tejados maltrechos de Casablanca, mientras las calles despertaban poco a poco de su letargo nocturno. Desayunaron café amargo, pan caliente y mantequilla rancia en el pequeño comedor del hotel, y después tomaron un taxi rumbo a la estación de autobuses de Oulad Ziane, donde cogerían el autobús con dirección a Marrakech. Allí tuvieron que pasar la noche, pues ningún transporte continuaba hasta Sidi-Ifni antes del amanecer.

La ciudad roja los atrapó desde el primer instante. Desde la terraza del Café de France contemplaron cómo la plaza Jemaa el Fna hervía bajo el crepúsculo: vendedores ambulantes, humo de especias, músicos, encantadores de serpientes, mercaderes y mendigos mezclados en una especie de liturgia caótica y ancestral.

Sofía observaba fascinada aquel mundo. Pablo, en cambio, apenas apartaba los ojos de ella. Cuando el sol comenzó a esconderse tras los tejados ocres de Marrakech, él habló por fin:

─Tengo que decirte algo… Estas últimas semanas han sido las mejores de mi vida. A tu lado siento que soy otro hombre. He recobrado la ilusión.

Sofía sonrió despacio.

─A mí me pasa igual. Estoy viviendo un sueño del que no quiero despertar.

Y entonces, coincidiendo con el último destello rojizo del atardecer, Pablo la besó. Esta vez sin miedo. Sin dudas. Como si llevase años esperando aquel instante.

Abandonaron Marrakech rumbo a su último destino: Sidi-Ifni. Pero ambos sabían que en aquella ciudad que dejaban atrás había ocurrido algo irrepetible entre los dos. El ambiente exótico y decadente de Marrakech, con sus callejones cargados de humo, música y misterio, había sido el escenario perfecto para sellar, sin palabras, lo que el uno empezaba a sentir por el otro.

El destino, la suerte o alguna vieja divinidad fenicia olvidada había rescatado a Pablo de aquella lenta indiferencia hacia el mundo que lo rodeaba. Sofía había irrumpido en su vida como una luz cálida en mitad de un bar vacío al amanecer; la mujer que lo había despertado de ese largo mal sueño en el que se había convertido su existencia.

Ahora la observaba, reclinada sobre su hombro, mientras el viejo autobús avanzaba traqueteando por carreteras desérticas perdidas en mitad de ninguna parte. Sofía dormía tranquila, ajena al polvo, al ruido del motor y al calor pegajoso del interior, como si estuviera dispuesta a seguirlo hasta el fin de mundo. Pablo encendió un cigarrillo y sonrió levemente mientras miraba el horizonte rojizo del desierto.

«A veces la vida te devuelve un poco de lo que tú le has dado», pensó.

─Por fin hemos llegado ─dijo Pablo suavemente al oído de Sofía que aún dormía.

─¿Ya estamos en Sidi-Ifni?

─Sí, fin del trayecto.

La ciudad los recibió con un aire extraño, melancólico. Niños transportaban equipajes en pequeños carros acoplados a bicicletas. Uno de ellos, un muchacho despierto llamado Yamal, los condujo hasta el hotel Nomad, situado en la antigua plaza de España.

─Muy bonito hotel ─dijo sonriendo─. Perfecto para recién casados.

Pablo y Sofía intercambiaron una mirada divertida.

Yamal hablaba un español sorprendentemente bueno. Les contó que su abuelo había servido junto a los españoles durante la guerra de Ifni. Aquello llamó inmediatamente la atención de Pablo.

─Me gustaría hablar con él. Mi padre también combatió en la guerra ─dijo.

─Sí. Podemos pasar por mi casa. Está un poco lejos pero si usted paga.

─Sí. No te preocupes por el dinero. Te pagaré bien.

─Puedes darnos una vuelta por las calles de Sidi-Ifni.

─Sí claro señor, muy bonita la ciudad, les va a gustar.

Durante el recorrido por la ciudad, Yamal les mostró un lugar suspendido entre dos épocas. Viejos edificios coloniales españoles, fachadas desconchadas, calles amplias castigadas por el abandono, iglesias convertidas en edificios oficiales y nombres de militares españoles aún visibles en algunas plazas.

Sidi-Ifni parecía una ciudad condenada a recordar.

La ciudad se alzaba sobre el borde de una estrecha meseta, suspendida entre Yebel Bu Laalam y una abrupta costa de acantilados castigados por el Atlántico. Un pequeño cauce, el río “Ifni”, que significa laguna en lengua bereber, atravesaba la zona como una cicatriz de arena y piedra, aunque la mayor parte del año apenas llevaba agua. Sidi-Ifni era una ciudad olvidada en el fin del mundo.

─Les llevaré al puerto, es muy bonito ─dijo Yamal mientras descendían por una carretera serpenteante hacia la costa.

La playa resultaba sobrecogedora. Inmensas dunas de arena fina se extendían junto a un océano bravo y oscuro, cuyas olas gigantescas hacían palidecer la tranquila mansedumbre del Mediterráneo. Frente al acantilado aún resistía, oxidado y fantasmal, el viejo funicular metálico que unía la plataforma del puerto, suspendida sobre el mar, con la ciudad situada en lo alto. Aquella estructura herrumbrosa, golpeada sin descanso por el viento y la sal, parecía el esqueleto de un animal prehistórico abandonado frente al Atlántico.