Tartessos o Nazzis: El misterio de las estatuillas desaparecidas 17 Extrañas coincidencias
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17 Extrañas coincidencias

De vuelta en su oficina, Pablo pensó en llamar a Sofía para darle las buenas noticias, pero en ese preciso momento sonó el teléfono.

─Pablo, soy yo, tu amigo Faustino.

─Don Faustino, qué alegría saber de usted, pensé que se había olvidado de mí.

─¿Cómo dices eso, mon ami? Llevo días trabajando en tu encargo y por fin empiezo a recoger los frutos.

─¿De veras? No sabe cuánto me alegro. Han ocurrido cosas importantes aquí y el caso se ha complicado un poco; me vendría bien algo de ayuda.

─¿Sí? Cuéntame qué ha pasado. ─preguntó Santacana, intrigado.

─Valdini ha aparecido muerto en su casa de la playa, justo antes de hacerme una importante revelación, según me explicaba en una carta que me envió a través de uno de sus alumnos del taller de fotografía.

─¡Mon Dieu! ¿Lo mataron?

─Todo parecía indicar un suicidio, o al menos eso pretendía quien lo asesinó. Apareció sentado en un sillón, con restos de una sustancia blanquecina y espumosa asomándole por la boca y un vaso vacío de whisky junto a él; ninguna nota de suicidio, ni nada parecido. Pero encontré algunas evidencias de que no se trataba de una muerte voluntaria; además está lo de la carta que le he comentado pidiéndome un encuentro, por todo eso creo que lo asesinaron.

─Pues sí que se ha complicado el caso… ¿y qué te decía en su carta el pobre difunto? ─dijo Santacana, asombrado por los acontecimientos.

─Era algo extraña. Parecía escrita por alguien asustado y decía que quería hablar conmigo antes de que fuese demasiado tarde para él, que necesitaba quedar en paz con su conciencia. Además me envió una foto antigua en la que aparece él, junto a Klauss y un tercer hombre, que según me decía en la carta es el mismo que les acompañó aquella noche a la barraca del pescador para fotografiar las estatuillas.

─¿Y quién es ese tercer hombre?

─Todavía no lo tengo identificado. Valdini aseguraba no saber su nombre, pero no sé…

─Sería importante averiguar su identidad, pudiera ser quien se quedó con las estatuillas, si no las tiene el viejo Klauss, claro está.

─Bueno, don Faustino, ¿y usted qué ha averiguado?

─Ah, sí… te he organizado un viaje, amigo Pablo.

─¿Cómo dice? ─preguntó Pablo, extrañado.

─Verás, finalmente conseguí que mi viejo amigo del Deutsches Archäologisches Institut de Madrid me dejara ver los archivos secretos que guardan en el sótano, no sin antes aceptar de mi mano un ejemplar único de El Conde de Montecristo de Alejandro Dumas; una primera edición impresa en francés, una joya de la literatura…, pero bueno, espero que haya valido la pena ─dijo Santacana en tono melancólico─. Además de la información que te he conseguido, he encontrado una cantidad ingente de datos y referencias bibliográficas de libros y obras de arte robadas por los nazis y que se creían desaparecidas; material suficiente como para poner a trabajar a la UCO de la Guardia Civil durante años… pero eso tendrá que esperar, ¿verdad, mon ami?

─Estupendo, don Faustino, aunque nunca se sabe; podríamos formar un buen equipo usted y yo.

─Estudiaré la propuesta, pero debes saber una cosa; esos nazis eran unos malditos asesinos, aunque tenían un gusto exquisito por las obras de arte: pinturas, libros, música… cualquier cosa que rezumara valor.

Hizo una breve pausa antes de continuar.

─Como te iba diciendo, me pasé varias noches buceando en los archivos más secretos del instituto. Tenía que hacerlo de madrugada, pues era cuando mi interesado amigo estaba de servicio. Me consiguió un pase especial de investigador arqueológico por si algo salía mal, aunque no tuve que enseñarlo ni una sola vez.

Fue apasionante. Me sentía como uno de esos viejos espías de novela, con gabardina, sombrero y una libreta llena de notas robadas a la Historia.

─Siento haberle puesto en peligro, don Faustino.

─¡¿En peligro?! Jamás podré agradecerte que me llamaras para pedir ayuda; esto ha sido como un chute de vitalidad para este viejo acomodado.

─Sí, pero si lo descubren… ¿qué hubiera pasado?

─Nada. Tengo cerca de ochenta años, vivo rodeado de libros y cosas viejas como yo. ¿De qué iban a acusarme? ¿De espionaje? No te preocupes, muchacho, no pasa nada. Y ahora presta atención a lo que tengo que contarte.

─Soy todo oídos, don Faustino.

─Resulta que en uno de los archivos clasificados como Streng Geheim ─Alto Secreto─ encontré referencias de nuestro amigo Klauss, jefe de la Abwehr en Huelva. Claro está que yo no sé alemán, así que iba buscando palabras clave como: Huelva, Klauss, Valdini, Kim Kroos o Abwehr… y cuando encontraba algo recurría a mi amigo para que me lo tradujera in situ. Pues bien, apareció una solicitud oficial de nuestro amigo Klauss para viajar al suroeste de Marruecos. Pedía autorización directamente al jefe de Abwehr, el conocido almirante Wilhelm Canaris.

─Me va a perdonar, pero no sé quién era ese tal Canaris.

─¿No has oído hablar de la Operación Valkiria?

─Sí, fue un intento para matar a Hitler, ¿no es así?

─Exacto. Pues este señor fue uno de los inspiradores y conspiradores para asesinar a Hitler. Himmler lo descubrió y acabó en la horca. Bueno, como te iba contando, el viaje fue, supuestamente, por motivos puramente de investigación arqueológica. Ya sabemos que Klauss escribía artículos para la revista del Instituto bajo el seudónimo de Kim Kroos. Debían desplazarse concretamente a la ciudad de Sidi-Ifni, que como sabrás, fue capital del antiguo territorio español de Ifni.

Hizo una breve pausa.

Y ahora viene lo más interesante… En la solicitud propone como compañero de viaje, no te lo vas a creer, al fotógrafo Pietro Valdini y a una tercera persona, de nacionalidad española, cuyo nombre no aparece, aunque sí se especifica que poseía amplios conocimientos del terreno por haber servido como suboficial en el Grupo de Tiradores destinados en Sidi-Ifni. Según el documento, pretendían localizar los restos de la mítica fortaleza española de “Santa Cruz de la Mar Pequeña”, mandada construir por los Reyes Católicos en 1476 para proteger los intereses de la corona en esos territorios.

─No veo qué relación tiene todo esto con el caso ─dijo Pablo, desconcertado.

─¡Pablo, no olvides que Klauss era, ante todo, un espía alemán! Su pasión por la arqueología era real, sí, pero secundaria. Lo verdaderamente importante del asunto, es que encontré un segundo informe, este con el membrete de la SS ─Schutzstaffel─ que era la policía militar con más poder dentro de la Alemania Nazi. En este informe, Himmler ordenaba vigilar discretamente a Klauss tras su regreso de Marruecos.

─¿Pero por qué? Si solo fue a investigar unas ruinas…

─Ahí está el meollo del asunto. En esas mismas fechas, la SS tuvo conocimiento de que en Casablanca, ciudad situada al norte de Sidi-Ifni, a no más de 180 kilómetros de esta, tuvo lugar una conferencia secreta entre ingleses y estadounidenses para decidir el futuro de la guerra. Allí se estableció como objetivo el ataque sobre Sicilia, la famosa “Operación Husky”. Meses después apareció en Huelva el cadáver del supuesto oficial inglés Sir William Martin, portando documentos falsos sobre una inminente invasión aliada en Grecia y Cerdeña. Y ya sabes quién validó aquella información ante Berlín… Nuestro amigo Klauss.

─¿Qué insinúa, don Faustino?

─No insinúo nada, mon ami. Solo te doy hechos objetivos. Klauss y Valdini siempre aparecen en el lugar exacto y en el momento oportuno. Demasiadas coincidencias para ser simples coincidencias ─dijo Santacana con fina ironía.

─Lo cierto es que sí. Resulta extraño que realizaran ese viaje al Sáhara precisamente coincidiendo con la conferencia de Casablanca, y que después fuese Klauss quien informara a sus superiores de la aparición del cadáver del oficial inglés, portando la documentación de uno de los mayores engaños del espionaje bélico de la historia.

─¿Ves? Por eso debes viajar a Sidi-Ifni. Encontrar a la persona que les sirvió de enlace allí y descubrir qué fueron a buscar realmente. Quizá no fueran unas ruinas… quizá perseguían algo mucho más oscuro.

─Pero, ¿por dónde empiezo? ¿A quién busco? ─preguntó Pablo, completamente desorientado.

─Hay un nombre: Mohamed Khabizi, apodado “El Saharaui”. Era cabo de la Caballería Indígena de la guarnición de la ciudad, durante el protectorado español. Es el único nombre que aparece en los documentos. Si sigue vivo, él sabrá qué ocurrió realmente en aquel viaje y cuáles fueron los verdaderos objetivos de Klauss, Valdini y su tercer acompañante.

─Lo intentaré, pero no será fácil. No sé si mi jefe autorizará un viaje así y Marruecos no suele ver con buenos ojos investigaciones sobre su pasado.

─Entonces no vayas como guardia civil. Ve como turista. Si descubren lo que buscas, podrían cerrarte todas las puertas ─sugirió Santacana.

─Lo sé… pero merece la pena intentarlo. La información que ha conseguido es demasiado importante.

─Perfecto, Pablo. Mantenme informado si consigues viajar. Yo, por mi parte, seguiré visitando a mi amigo alemán, tomando algunas copas con él e intentaré seguir hurgando en sus malditos archivos.

─Gracias por todo don Faustino. Me ha servido de mucha ayuda. Seguimos en contacto… y cuídese.

─Haz tú lo mismo, muchacho. Y ten mucho cuidado… el asunto es más peligroso de lo que imaginábamos.

─Lo tendré.

Pablo colgó el teléfono y permaneció varios segundos pensando en todo lo que su amigo Santacana le había contado. Tenía la extraña sensación de que aquella investigación nunca había sido realmente suya. Que alguien llevaba más de cincuenta años esperando que él desentrañara ese misterio.