Tartessos o Nazzis: El misterio de las estatuillas desaparecidas 16 Asesinato o suicidio
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16 Asesinato o suicidio

No les fue muy difícil encontrar la casa de Valdini. Se hallaba dentro de una zona residencial de bungalows de estilo colonial, construidos por los ingleses a principios del siglo XX, en el paraje conocido como los Enebrales, dentro del término municipal de Punta Umbría, a escasos metros de la playa.

Los bungalows, construidos de madera, se levantaban sobre pilares de cemento, dejando varios metros de aire bajo ellos para evitar que la subida de las mareas alcanzara las viviendas. Se accedía por una escalera que descendía casi hasta la arena.

Se aproximaron lentamente a la casa de Valdini. Parecía la más vieja y descuidada de todas. Comenzaron a subir la escalera de madera, que crujía como si fuese a partirse bajo sus pies. A escasos metros, las olas se batían con fuerza inusitada en la orilla y las gaviotas alborotaban incansables junto a una pequeña embarcación de pescadores que faenaba mar adentro. También se oía música procedente del interior de la vivienda. «Vivaldi… Las cuatro estaciones», pensó Pablo. «Tiene buen gusto nuestro fotógrafo».

Una de las ventanas delanteras estaba abierta y una cortina blanca escapaba hacia el exterior impulsada por la brisa marina. La puerta permanecía entreabierta y la mosquitera golpeaba rítmicamente el marco. Aquello no le gustó nada.

Al llegar a la puerta, Sofía susurró:

─Está abierta…

─Sí. Es un poco extraño.

─¡¿Hola?! ¿Señor Valdini? ¿Está usted en casa? ─preguntó Pablo.

No obtuvo respuesta.

─¿Qué hacemos? ¿Entramos?

─No veo ninguna razón para marcharnos sin saber qué ha pasado aquí.

─¿Pero es legal entrar sin permiso? Lo digo por esas películas donde siempre acaban acusando a alguien de allanamiento de morada…

Pablo la miró de reojo y sonrió apenas un instante. Sofía entendió el gesto. Después sacó de su chaqueta un par de guantes de látex y comenzó a colocárselos.

Sofía lo miró extrañada y le preguntó:

─¿Siempre llevas guantes encima?

─Solo cuando trabajo. Nunca sabes cuándo los vas a necesitar.

Empujó lentamente la puerta con la mano izquierda mientras la derecha descendía instintivamente hacia la culata de su pistola beretta reglamentaria. Aquellos movimientos ya formaban parte de él. Igual que no sentarse jamás de espaldas a una puerta, variar siempre los itinerarios o revisar los bajos del coche antes de arrancar. Costumbres absurdas para cualquiera. Imprescindibles para quien había vivido demasiado tiempo esperando una bomba o un disparo.

Todavía recordaba una frase de un viejo capitán en Bilbao:

«Entre la población son pocos los terroristas, Torres… pero cualquiera puede serlo».

Le pidió a Sofía que esperase junto a la entrada.

Dentro descubrió el origen de la música: un viejo gramófono seguía girando lentamente. El disco aún no había terminado. Eso significaba que quien lo puso había estado allí hacía poco.

Al fondo de la estancia, orientada hacia el mar, una mecedora se balanceaba suavemente. Sobre uno de los brazos asomaba la mano inmóvil de un hombre.

─¿Señor Valdini?

Nada.

Pablo avanzó despacio. Rodeó la mecedora, y vio el cuerpo del viejo fotógrafo italiano desplomado sobre un lado, con la cabeza vencida sobre el hombro izquierdo. Por la comisura de los labios descendía una espuma blanquecina. Le tocó la cara. Estaba fría. Comprobó el aliento. Ninguno. Le examinó los párpados. Aún conservaban cierta elasticidad. Llevaba muerto pocas horas.

Junto a la mecedora había una pequeña mesa de madera con una botella de whisky Jameson y un vaso vacío. La superficie, cubierta por una fina capa de polvo, mostraba algo extraño: un símbolo dibujado con el dedo. Parecía un ocho. O un infinito.

∞

Pablo tomó la mano derecha del cadáver. El índice aún conservaba restos del polvo blanquecino. Sacó una pequeña libreta del bolsillo e intentó reproducir el signo con exactitud. No tenía ni idea qué podría significar aquel símbolo inmortalizado en el fino polvo. Pero Valdini había querido dejarlo antes de morir.

Después olfateó el vaso. Whisky. Aunque aquella espuma en la boca no encajaba con una simple borrachera.

─Maldita sea… hemos llegado tarde.

Sofía entró entonces en la vivienda. Desde la puerta solo veía la silueta inmóvil de Pablo frente a la mecedora. La luz del mar inundaba aquella mañana, el salón con un resplandor casi irreal.

Avanzó lentamente.

Pablo levantó la mano indicándole que no se acercara, pero Sofía continuó andando hasta el cadáver. Instintivamente se llevó ambas manos a la boca y comenzó a llorar.

─Sofía, escúchame. Debes tranquilizarte. Quédate aquí. Voy a revisar la casa. Llama al 062. Ellos saben lo que tienen que hacer.

─No… no lo entiendo… ¿por qué?

─Yo tampoco. Y eso es lo peor.

Miró de nuevo el cadáver.

─Todo parece indicar que se trata de un suicidio… pero algo no encaja. Nadie manda una carta pidiendo confesar algo importante y se mata al día siguiente. Empuñando todavía la pistola, comenzó a registrar la vivienda. El gramófono había dejado de sonar. La aguja había llegado al final del disco y empezó a golpear mecánicamente el final del vinilo. Pablo lo apagó.

La casa parecía un museo privado levantado con restos de medio mundo: Máscaras africanas, tapices orientales, cabezas disecadas, lámparas de madera, libros… y recuerdos de países lejanos. Todo en aparente orden.

Inspeccionó cada rincón con sumo cuidado, procurando no alterar nada para la posterior investigación criminalística de lo sucedido. Sin embargo, sobre una gran mesa situada junto a la ventana encontró algo extraño: un post-it amarillo con una lista de la compra: Tomates. Pasta. Queso. Vino.

Pablo frunció el ceño. Un hombre que planea suicidarse no piensa en llenar la nevera para la semana siguiente.

Aquello reforzó todavía más sus sospechas. Fue entonces cuando vio algo en el fregadero de la cocina. Varias gotas marrones. Whisky. Alzó la vista hacia el armario superior y localizó rápidamente el vaso correspondiente. Aún estaba húmedo y olía a alcohol. Alguien había bebido allí poco antes de la muerte de Valdini. Y después había intentado ocultarlo.

«Bingo…» pensó Pablo. «Aquí estuvo el asesino».

Poco antes de que llegaran las patrullas policiales y los servicios sanitarios, Pablo y Sofía salieron del bungalow. Al frente de ellos venía el capitán Gil-Vadillo. Y su expresión anunciaba problemas.

─¿Qué ha pasado, Torres? ─preguntó en tono autoritario.

─Hemos encontrado muerto a Pietro Valdini. Ayer me envió un mensaje diciendo que necesitaba hablar conmigo urgentemente.

─¿Hemos?

─La profesora Benavente y yo.

El capitán miró hacia la ambulancia donde atendían a Sofía.

─¿Está usted loco? ¿Cómo se le ocurre traer a una civil a una investigación policial?

─No es una civil cualquiera. Es quien denunció la desaparición de las estatuillas y probablemente quien más sabe sobre ellas.

─Y aún así no pertenece al cuerpo. Su presencia puede contaminar o desvirtuar algunas pruebas y comprometer toda la investigación.

─No es sospechosa de nada. Está colaborando con nosotros.

─Pues ha terminado de colaborar. Le vuelvo a repetir que está usted infringiendo las normas internas de nuestro cuerpo al hacer partícipe de una investigación a una persona ajena a la Guardia Civil.

─Y yo le repito, que está colaborando activamente con nosotros, no creo que eso sea un delito.

─Veo que no se viene a razones, así que, me veo obligado a apartarlo de la investigación. Desde este momento, queda relegado del caso, mañana, a primera hora pásese por mi despacho para recibir órdenes de su nuevo cometido.

Pablo sintió hervir la sangre.

─Pero… no puede hacerme esto. Sabe que estoy cerca de esclarecerlo, además la sospechosa muerte de Valdini lo precipita todo…

─¿Sospechosa? La primera inspección ocular apunta a un suicidio.

─No lo creo. Encontré otro vaso escondido en la cocina. Y Valdini dejó un mensaje antes de morir porque quería revelar algo importante. Alguien estuvo aquí con él.

Gil-Vadillo lo observó unos segundos.

─Eso lo dirán los forenses. Hasta entonces no haga películas de detectives. Mañana queda oficialmente fuera de la investigación.

De regreso a casa, Sofía permaneció callada durante varios minutos.

─Lo siento mucho, Pablo. Todo esto ha sido culpa mía.

─No digas eso. Tú no tienes la culpa de nada, al contrario, gracias a ti estamos más cerca de resolver este enigma.

─Pero ha muerto una persona… quizá se haya suicidado por nuestra culpa.

─No creo que sea un suicidio.

Sofía lo miró alarmada.

─¿De verdad crees que lo han matado?

─Sí. Y además intentaron que pareciera un suicidio.

Le habló entonces del símbolo dibujado sobre la mesa, de la lista de la compra y del segundo vaso oculto en la cocina.

─Valdini intentó dejar un mensaje antes de morir. Y pienso descubrir cuál era.

─Pero tu jefe te ha apartado del caso…

─Todavía no. Hablaré con el Juez de Instrucción que le corresponde el asunto, solo él puede apartarme del caso. No olvides que somos agentes judiciales.

Sofía lo abrazó con fuerza. Temblaba. Pablo sintió el latido acelerado de su corazón contra el pecho. Durante unos segundos desaparecieron Valdini, las estatuillas y el miedo. Solo quedó el olor suave de su perfume y la sensación de tenerla entres sus brazos.

Sofía levantó lentamente la cabeza. Sus labios rojos estaban a escasos centímetros de los suyos. Pablo acarició despacio su mejilla. Y terminó besándola.

A la mañana siguiente, Pablo discutía con el capitán Gil-Vadillo en su despacho cuando sonó el teléfono.

─Capitán Gil-Vadillo… sí, mi teniente coronel… está conmigo. Enseguida subimos. A sus órdenes.

Colgó con gesto tenso.

─El teniente coronel Moscoso quiere vernos. Ahora mismo.

Subieron juntos a la primera planta del edificio. El teniente coronel los recibió fumando junto a la ventana.

─He hablado con el juez Sánchez de la Serna ─dijo sin rodeos─. Está satisfecho con el trabajo del sargento Torres y quiere que continúe al frente de la investigación… incluida la muerte de Valdini.

Gil-Vadillo apretó la mandíbula.

─Con el debido respeto, mi teniente coronel, el sargento Torres ha cometido demasiadas irregularidades…

Moscoso levantó una mano cortándolo en seco.

─Estoy al corriente de todo, capitán. Y también sé que el sargento ha averiguado más en dos semanas que esta unidad en años.

El silencio en el despacho del jefe se hizo pesado.

─A partir de ahora dejará trabajar al sargento con total libertad. ¿Ha quedado claro?

El rostro de Gil-Vadillo se tensó apenas un instante, como una vieja maroma soportando más peso del que podía resistir.

Demasiados años de servicio blindaban su carrera y apenas le quedaban unos meses para alcanzar la reserva y retirarse con una hoja impecable, limpia de escándalos y sobresaltos.

Por eso le resultaba insoportable que un teniente coronel con la mitad de años de servicio que él, y peor aún, un sargento recién llegado a la Comandancia, pusieran en cuestión su autoridad.

En su cabeza hervían insultos, amenazas y órdenes que jamás se atrevería a pronunciar en voz alta.

Entre lo que realmente deseaba decir y las palabras que finalmente salieron de su boca mediaba el mismo abismo que separa la rabia de la disciplina.

Sabía que aquel no era el momento de presentar batalla. Tocaba retroceder, tragarse el orgullo y esperar una mejor ocasión.

─Sí, mi teniente coronel. Lo que usted ordene.

─Pues eso capitán. Yo lo ordeno. Puede retirarse.

El capitán Gil-Vadillo se puso en pie como un resorte y dando un taconazo propio de un desfile militar se retiró en silencio. Moscoso miró a Pablo.

─Muchas gracias mi teniente coronel ─dijo Pablo tremendamente emocionado.

─No. Gracias a usted, por su trabajo y dedicación. ¿Qué piensa hacer ahora?

─Esperar los resultados toxicológicos. Estoy convencido de que Valdini fue envenenado. Y si tengo razón… alguien está matando para proteger un secreto enterrado desde hace cincuenta años.

─Pues nada, adelante, no pierda más tiempo. Manténgame informado de cualquier avance en la investigación.

─Así lo haré, mi teniente coronel.

Por primera vez desde que comenzó la investigación, Pablo tuvo la certeza de que las estatuillas no ocultaban únicamente un secreto arqueológico. También escondían cadáveres.