Tartessos o Nazzis: El misterio de las estatuillas desaparecidas 15 Brindis en el puerto
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15 Brindis en el puerto

«Dios… qué hermosa es», pensó Pablo cuando vio aproximarse a Sofía por la pasarela del puerto.

Llevaba un vestido azul oscuro que la brisa marina agitaba suavemente alrededor de sus piernas, y el pelo suelto, ondulado, parecía moverse al ritmo de la brisa de la ría. Era la primera vez que la veía sin sus habituales vaqueros ni la chaqueta de cuero gris, y durante un instante tuvo la sensación de estar contemplando a otra mujer: más luminosa, más cercana… y también más peligrosa para él.

Sin darse cuenta, se estaba enamorando. Algo crecía en su interior y cada encuentro con Sofía lo hacía más fuerte. Por un lado deseaba resolver el enigma y encontrar las estatuillas; pero, por otro, aquel caso era también el hilo invisible que los mantenía unidos.

«¿Qué ocurrirá cuando todo termine?», pensó mientras expulsaba lentamente el humo del cigarrillo. «¿Seguiré formando parte de su vida… o solo habré sido un policía útil en el momento adecuado?»

─Hola, Pablo. Perdona el retraso, me he pasado por casa para cambiarme ─dijo Sofía mientras se acercaba y le besaba suavemente en la mejilla.

Pablo tardó un segundo más de lo normal en responder.

─No importa. Apenas llevo cinco minutos esperando. ¿Nos sentamos? He reservado la mesa del rincón… desde donde se observa toda la ría.

─Me encanta ─respondió ella sonriendo─. Bueno, cuéntame, ¿qué tal la visita a la mansión de Klauss?

─Desconcertante. Klauss es un tipo extraño. Vive prácticamente aislado, junto a su hija. Está en silla de ruedas y tiene la sensación de ser un hombre que lleva medio siglo escondiéndose del mundo.

─¿Y te contó algo importante?

─Reconoció que estuvo aquella noche junto a Valdini y el tercer hombre de la fotografía. Pero no me quiso revelar su identidad. También admitió que escribía artículos sobre arqueología para el Instituto Alemán bajo el seudónimo de Kim Kroos.

─¿Y sobre las estatuillas?

─Nada. O mintió… o realmente no las tiene.

Pablo sacó el sobre del bolsillo interior de la chaqueta.

─Aquí está la fotografía.

Sofía la sostuvo entre las manos y la observó con atención.

─Este es Valdini, seguro… tiene exactamente la misma mirada. Pero ¿cuál de los otros dos es Klauss?

Pablo señaló al hombre del centro.

─Este. Lo que no consigo identificar es el lugar donde se tomó la fotografía.

Sofía frunció ligeramente el ceño mientras observaba el fondo de la imagen.

─Ese edificio… claro, ya sé cual es. Es la fachada de la Casa Colón.

─¿Estás segura?

─Completamente. Allí hacen congresos, exposiciones… incluso actos oficiales. He estado varias veces.

Pablo volvió a mirar la fotografía. Aquello confirmaba la sensación que había tenido al verla en su despacho. El lugar no estaba ahí por casualidad.

─¿Y la carta? ─preguntó Sofía.

─Léela tú misma.

Sofía recorrió lentamente las líneas manuscritas de Valdini. A medida que avanzaba, la expresión de su rostro cambiaba. Había angustia en aquellas palabras. Miedo.

─Parece desesperado ─murmuró finalmente─. Como si hubiera decidido contar algo que lleva demasiado tiempo ocultando.

─Eso mismo pensé yo.

─¿Qué vamos a hacer?

─Mañana iré a verlo a primera hora. Y esta vez pienso sacarle toda la verdad.

─Entonces voy contigo.

─¿Y tus clases?

─Mis compañeros me deben algunos favores. Encontraré a alguien que me sustituya.

Pablo sonrió.

─Te recogeré a las nueve.

─Perfecto.

El camarero apareció junto a la mesa con la carta.

─Y ahora ─dijo Sofía mientras la abría─, ¿qué tal si comemos? Me muero de hambre.

─Claro. Para eso hemos venido.

Pablo levantó lentamente su copa de vino blanco del Condado.

─¿Brindamos?

Sofía imitó el gesto.

─Brindo por haberte conocido… y porque todo salga bien.

Las copas chocaron suavemente. Durante unos segundos permanecieron mirándose en silencio, ajenos al murmullo del restaurante y al sonido de las gaviotas que revoloteaban sobre la ría.

Pablo recordó entonces las palabras del profesor Faramiñán:

«He visto como te mira Sofía».

Y comprendió que el viejo profesor tenía razón.

Por su parte, Sofía tampoco conseguía apartar la mirada de él. Nunca había conocido a un hombre así: fuerte y sereno al mismo tiempo, con ese aire melancólico de los detectives del viejo cine negro, como Bogart en Casablanca, hombres que parecían ocultar más heridas de las que enseñaban. Y quizá era precisamente eso lo que más le atraía. Pero había algo que todavía no se atrevía a preguntarse en voz alta: ¿Qué ocurriría con ellos cuando las estatuillas aparecieran… y el caso se terminara?